Opinión

Maíz blanco y amarillo: ¿reconversión?

Desde noviembre de 2013 se anunció un ambicioso programa para reconvertir siembras de maíz blanco a maíz amarillo. Ese propósito se reiteró la semana pasada. Su lógica es evidente: México es excedentario en la producción de maíz blanco, que se destina a consumo humano (tortilla), lo que genera problemas para su comercialización sobre todo en Sinaloa, Jalisco y el Bajío, y altamente deficitario en la producción de maíz amarillo para consumo pecuario. En 2013 se importaron cerca de 6 millones toneladas de ese grano, pero el promedio de los últimos cinco años fue de 8.5 millones de toneladas anuales.

Este año se pretende reconvertir 150 mil hectáreas de maíz blanco a amarillo, para alcanzar un millón de hectáreas en 2018. Con ello, se producirían 1.5 millones de toneladas adicionales de maíz amarillo este año y 10 millones dentro de 5 años, lo que eliminaría las importaciones de ese grano. Ello se estableció en la “Estrategia de Promoción de la Producción de Maíz Amarillo en México 2020” que suscribieron la semana pasada esa Secretaría, la de Economía, la industria semillera y procesadora, los ganaderos y los productores de maíz y que incluye la programación de cosechas, tecnologías de alta productividad para reducir costos e incrementar rendimientos, agricultura por contrato, financiamiento, acciones de logística y desarrollo de proveedores.

Plantearlo como un objetivo de política agrícola no es suficiente; se requiere establecer los incentivos adecuados para que ello ocurra. En 2009-2013 se apoyó la reconversión productiva de casi 2 millones de hectáreas, no sólo de maíz blanco a amarillo, sino de varios productos: trigo cristalino a perennes; frijol a forrajes; trigo y maíz a oleaginosas, entre otros. En ese periodo se destinaron recursos presupuestales por 3 mil 245 millones de pesos (mil 620 pesos por hectárea en promedio). Se estima que más de 30 por ciento de esas hectáreas “reconvertidas” se volvieron a sembrar con los cultivos originales, una vez que se retiraron los apoyos del gobierno a los productores.

Si bien ello respondió a condiciones de mercado y de rentabilidad para los agricultores entre cultivos, también fue consecuencia de incentivos encontrados de los programas públicos de apoyo y de su falta de permanencia y consistencia. En el caso del maíz en México, históricamente el precio de mercado –pagado al productor y el de venta en las centrales de abasto-- del blanco en México ha sido y es superior al del amarillo. En 2013 el diferencial fue de 6.5 por ciento y de 16.4 por ciento, respectivamente, a favor del blanco, lo que implica un elevado incentivo a producir este último.

A ello se suman los cuantiosos apoyos a la comercialización, tanto por la vía de las denominadas “bases de compensación” como a la adquisición de coberturas de precios (cerca de 6 mil millones de pesos por año) y otros apoyos extraordinarios al precio del producto, sobre todo para las cosechas de Sinaloa. Ello se traduce en una mayor rentabilidad para la producción de maíz blanco que para la de amarillo. Los productores saben hacer sus cuentas y permanentemente demandan y presionan por esos apoyos. El caso actual de Jalisco es ilustrativo: el precio “negociado” para el maíz blanco entre autoridades y productores es de 4 mil 100 pesos/tonelada, cuando el precio de mercado se ubica en 2 mil 300 pesos. Así, aún con la coberturas de precios los productores exigen –tomando oficinas y carreteras— un apoyo adicional del gobierno de 400 pesos/tonelada. ¿Cuál es el incentivo para producir maíz amarillo? ¿Las declaraciones de buenos propósitos, cuando se mandan las señales contrarias?

La solución es alinear los programas a los objetivos. Apoyar la producción de maíz amarillo con asistencia técnica, semillas mejoradas, agricultura por contrato, etc., pero es imprescindible mandar la señal a los productores que será más rentable que sembrar maíz blanco, lo que implica un retiro gradual pero consistente de los apoyos a este grano. Aunque Sinaloa, Jalisco y el Bajío padezcan la transición.