Opinión

'Mad Max', la gran película del verano

    
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Mad Max

No he visto la nueva de Avengers pero siento que ya la vi. He comprado boleto para quién sabe cuántas películas de superhéroes, no tanto por gusto sino porque no hay otra cosa en el bufet. Ya vi al Capitán América, a Thor y a Hulk salvar al mundo. Ya padecí esas secuencias de acción, enredos de explosiones, puñetazos y efectos especiales. Y ya conozco los mundos donde ocurren: violentos pero extrañamente asépticos, hiperactivos pero mansos, pulidos de contradicciones morales, limpios de significados ulteriores, donde los buenos son santos y los malos caligulescos.

Por eso, y por otros muchos motivos, me uno al coro que recomienda Mad Max: Fury Road, una película multimillonaria que no parece concebida por un comité de ejecutivos trajeados sino por un solo artista; un espectáculo visual abierto a interpretaciones y lecturas (de género, tema e influencias) y una experiencia muy entretenida.

Al igual que The Road Warrior, la secuela de la original Mad Max, protagonizada por Mel Gibson y estrenada en 1979, Fury Road da inicio con un brochazo que explica el Apocalipsis antes de arrancar en quinta velocidad. Un grupo de salvajes sobre ruedas captura a Max Rockatansky (Tom Hardy) y lo mete en un calabozo. Esta cárcel, en apariencia subterránea, forma parte de la Ciudadela, un bastión postapocalíptico administrado por el tirano Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne), uno de muchos hombres deformes que aparecerán en la película. George Miller, el director de esta entrega y de la anterior trilogía, abandona a Max y pone su atención en Furiosa (Charlize Theron), una amazona del desierto, quien escapa de la Ciudadela con las cinco divinas mujeres de Joe escondidas en un tráiler. Escoltado por un pelotón de automóviles, Joe persigue a Furiosa a través del desierto. Por culpa de Nux (Nicholas Hoult), una suerte de eunuco mutante, Max termina involucrado en la cacería.

En el mundo de Miller nada es caprichoso. El diseño de Fury Road es de una pieza: un sitio hipermasculinizado, donde las mujeres son esclavas reproductoras y nutrientes, y los hombres han recreado la tierra a partir de sus grotescas fantasías. ¿Ha habido una estampa más fiel de nuestros idiotas deseos infantiles que ese tanque de guerra, con un guitarrista radioactivo colgado de la carrocería, requinteando mientras su instrumento escupe fuego? Balas, gasolina, radiación y heavy metal. Arriba el macho.

Las heroínas son ellas, Furiosa y sus ninfas embarazadas, a bordo del tráiler, en busca de una tierra verde (fértil, por supuesto) donde puedan vivir lejos de esa pléyade de orates motorizados. A diferencia de Avengers y sus semejantes, donde todas las heroínas parecen modelos de Victoria’s Secret, la sublime belleza femenina en Fury Road no es gratuita: al igual que Immortan Joe, los capos de la mafia escogen como subordinadas a las mujeres más despampanantes. La batalla entre ambos géneros se da a lo largo y ancho de un desierto pesadillesco, un espacio al mismo tiempo inclemente y asombroso, en persecuciones llenas de ingenio, coreografiadas con un entusiasmo circense. Da la impresión de que la misma mano trabajó cada objeto, pieza de vestuario y personaje hasta el último componente. ¿Qué otra película de verano puede presumir esa coherencia y ese esmero puntillista?
Con referencias al éxodo por el desierto, la búsqueda del Edén y la reconstrucción del mundo después de la catástrofe, Miller ha logrado darle un aura bíblica a una historia que, en manos de otro director, quizás habría sido otro enredo de explosiones, efectos especiales y patadas. Mad Max: Fury Road se siente como la génesis de una civilización: algo que allá, en ese desierto imaginado, recordarán por siglos. No sé si lo mismo ocurra aquí, en este desierto en ciernes, pero pongo mi granito de arena. Larga vida a Max Rockatansky.

Twitter: @dkrauze156

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