Obsesión
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Obsesión

10/05/2018
Actualización 10/05/2018 - 12:17

Hace doce años, más o menos en estas fechas, los seguidores de López Obrador estaban exultantes. A pesar de que las encuestas mostraban una competencia cerrada con Felipe Calderón, los más de seis meses de ventaja amplia los habían convencido de que ganarían. Se popularizó una calcomanía que decía “Sonríe, vamos a ganar”, con una caricatura de AMLO. Su sorpresa el día de la elección se transformó rápidamente en enojo, y en gritos de fraude. Es normal, se llama disonancia cognitiva: cuando la realidad no coincide con lo que se cree, se cambia la actitud frente a la realidad. La zorra decía que las uvas estaban verdes, los seguidores de AMLO, que la elección había sido fraudulenta.

Desde entonces, e incluso durante esa campaña, cada vez que uno escribía acerca de AMLO, sus seguidores acusaban de odio, de obsesión con el líder, de clasismo. Les parecía imposible que alguien honesto e inteligente pudiera estar en contra de López Obrador. También esto es normal: a los humanos nos cuesta mucho trabajo entender el punto de vista de otras personas. Si alguien piensa diferente de mí, creen, tiene que deberse a maldad, estupidez o ignorancia.

Las severas limitaciones que tenemos los seres humanos nos hacen simplificar la realidad para poderla comprender. Por eso creemos que lo que nosotros conocemos es lo único que existe, y con ese rasero medimos las opiniones de los demás. Nos cuesta mucho ponernos en los zapatos de otros, intentar entender puntos de vista diferentes a los nuestros. En una competencia, esas diferencias crecen hasta convertirse en agravios.

Como ya lo dijimos alguna vez, quienes opinamos acerca de López Obrador lo hacemos porque él es un personaje público que lleva 15 años buscando la presidencia. Si fuese un líder social en Tabasco, seguramente la prensa local hablaría de él. Si estuviese en su rancho cuidando vacas, nadie lo tomaría en cuenta. Pero alguien que busca la presidencia estará en evaluación constante, por personas que piensan diferente. Dicho más claro: será blanco de la crítica.

Las dificultades de López Obrador con la crítica son de sobra conocidas. Simplemente le es insoportable. Sus críticos son pirrurris, fifís, vendidos, sirvientes de la mafia del poder. No hemos tenido otro candidato en México con ese encono y desprecio por la crítica. Nunca. Quienes lo siguen, especialmente quienes están en posiciones importantes en su movimiento, comparten con él esa postura. Nuevamente, es algo normal: las personas se agrupan porque coinciden en su visión del mundo. Lo que acabo de describir es la razón principal de mi oposición a un triunfo de AMLO: su autoritarismo, el de quienes lo rodean, y la intención declarada de reconstruir el viejo régimen.

Desde 2006, los críticos de López Obrador hemos recibido desde insultos hasta amenazas de parte de sus seguidores. Puesto que no han tenido poder, no ha pasado de unos meses de tensión, que cada quien maneja a su manera. La pregunta importante es: ¿cómo se comportará AMLO, cómo lo harán sus seguidores, si llega a ganar?

Hay quien afirma que las instituciones lo detendrán, pero no recuerdan su gobierno en la Ciudad de México, a golpe de decretos y subordinando la Asamblea Legislativa de entonces. Olvidan el desacato a una orden de la Suprema Corte de Justicia, o lo evalúan como un acto de rebeldía frente a instituciones que deberían irse al diablo, como él ha dicho. Olvidan una larga historia de desprecio por la ley, empezando por los requisitos para ser candidato al gobierno del Distrito Federal, que no cumplía.

Andrés Manuel López Obrador está obsesionado con la presidencia. Sus seguidores, con obtener el poder. Los críticos nada más lo ponemos en evidencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.