Opinión

M.L. Guzmán: un mal entendido

  
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Palacio de Minería

Uno. En la pasada Feria del Libro de Minería, el domingo 28 de febrero para ser exacto, se presentó Prosa Atenea, antología del Ateneo de la Juventud de mi autoría (Biblioteca del Estudiante Universitario, UNAM, 2015). Margarita González y Emilio Méndez dramatizaron “Tránsito sereno de Porfirio Díaz”, una de las muertes históricas del libro que nos prometiera, pero no alcanzó a terminar, Martín Luis Guzmán. La muerte natural, pensando en su natal Oaxaca, del villano de la Revolución Mexicana. Constructor de México.

Dos. Don Martín se cuenta entre las víctimas de la Guerra Sucia Cultural que siguió a 1968. Junto con otros grandes de las letras como Agustín Yañez, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Luis Spota. “Desaparecidos” de las públicas crítica y lectura.

Tres. Décadas llevo reivindicando la obra y vida de Guzmán y de la generación, guerrilla cultural urbana, de la que formó parte: el Ateneo de la Juventud. Vindicación que incluye al citado Torres Bodet, discípulo de los ateneístas, y a dos verdaderos villanos de la historia oficial (de derecha, centro e izquierda). Nemesio García Naranjo y Rodolfo Reyes, hermano, éste último, de Alfonso; ateneísta que al igual que López Velarde pudo haber sido.

Cuatro. Leo, por tanto, cuánto (poco) se escribe sobre el autor de La sombra del caudillo. Así me ocurrió con el libro Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente, de una colega norteamericana, Tanya Huntington (Tusques, 2015).

Cinco. Aunque mi bibliografía guzmaniana, ocupa parte importante de la suya (páginas 231 a 237); y aparezco y reaparezco a cada rato en su libro; ¡vaya sorpresa que me llevé!

Seis. Resulta que soy “uno de los principales detractores de Guzmán”, autor que me despierta “encono”; mi estatuto es antiguzmaniano; desprecio al “hombre Guzmán”. Y ¡el colmo! Niego su pertenencia al Ateneo de la Juventud. Entre otras calamidades.

Siete. ¡En la puritita torre!

Ocho. Confieso, haberme clavado, desconcertado, en no pocos de los trabajos, libros, ensayos, notas, ediciones de epistolarios, que he dedicado (guzmaniano de hueso colorado) a Guzmán. Frente a la iconoclastia de los setenta, que le tundió con ganas, algo así como quítate tú para que me ponga yo, publiqué La querella de Guzmán.

Nueve. En contra de la tesis irresponsable de que Guzmán se trató de un universitario de clase media, metido de golpe y porrazo en la “Bola”, establecí su aguda crítica política, que lo llevó, tempranamente, a encontrar el mar (mal) de fondo de nuestros infortunios públicos. La inmoralidad de la clase dirigente.

Diez. Guzmán no sólo no fue un improvisado testigo, de la lucha armada y sus campos de batalla (El águila y la serpiente), y de la lucha política facciosa y urbana (la sombra del caudillo), sino el mejor retratista de Porfirio Díaz, de Venustiano Carranza, de Álvaro Obregón, de Adolfo de la Huerta, de Francisco Villa, de Plutarco Elías Calles.

Once. En mis numerosos libros sobre el Ateneo, está Guzmán. Con sus matices desde luego. Su independencia.

Doce. No niego que varios escenarios pasaron por mi cabeza mientras leía el libro de la Huntington, con Santa Prisca y Taxco a la vista. Aducir difamación. O mejor (peor) daltonismo de la colega. O mejor todavía (gravísimo) inepcia lectora. Decidí quedarme con éste último. Que conste.

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¡En la torre!