Con cariño para Hacienda (¿Por qué Meade?)
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Con cariño para Hacienda (¿Por qué Meade?)

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Opinión

Con cariño para Hacienda (¿Por qué Meade?)

19/01/2018
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José Antonio Meade
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El pasado 15 de enero me despedí de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público después de 21 años de servicio público, tres de ellos al frente de la Unidad de Planeación Económica, donde tuve la oportunidad de formar parte del equipo que logró alcanzar el primer superávit primario en nueve años y que logró que la deuda pública como porcentaje del PIB bajara por primera vez en 10 años.

Planeación era el trabajo de mis sueños cuando era estudiante de Economía, lo era también el día que ingresé a Hacienda y lo es todavía el día de hoy por dos razones. La primera, porque aquí convergen las decisiones de ingreso, gasto y endeudamiento: es el eje de las finanzas públicas.

La segunda razón, quizás la más importante, es por la gente que trabaja en la Unidad y en toda la Secretaría. Es una combinación de veteranos experimentados y jóvenes talentosos, todos ellos llenos de energía y devoción al servicio público. Sin negar que a México le duele profundamente la corrupción y la falta de efectividad en muchas áreas de gobierno, Hacienda es uno de los mejores ejemplos de lo que sí se ha logrado, de la entrega a la excelencia en el servicio público a la que aspira este país. Por cada funcionario decepcionante, aquí te encuentras con cien que te llenan de orgullo.

Si éste es el trabajo de mis sueños, la pregunta es ¿Por qué renuncié? Porque me importa el futuro de México, de mis amigos, de mi familia y de mis tres hijas. Porque me importa el rumbo y la calidad de las políticas públicas que tome el país en esta coyuntura global compleja. Porque creo que la mayor aportación que puedo hacer a mi país en este momento es sumarme a la campaña a la Presidencia de José Antonio Meade.

Mis razones son más pragmáticas que ideológicas: responden a las circunstancias globales e internas que vive el país. Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en un panel internacional sobre el populismo. Ahí, nos preguntaban sobre el impacto del populismo en el mundo, ¿sería una crisis pasajera o un riesgo existencial? Mi respuesta fue que eso dependía de las acciones que tomemos todos. 

La ola de populismo actual es global y por lo tanto más peligrosa. La crisis financiera mundial de 2008-2009 tuvo, durante la última década, un impacto en el bienestar económico de la población más vulnerable de todo el mundo. En resumen, hay razones legítimas para el descontento global pero la pregunta es si debemos de aceptar como legítimas las respuestas fáciles que muchas veces le acompañan.

El populismo es un movimiento político que, en nombre de “la voluntad del pueblo”, busca cambiar de forma radical las cosas para beneficiar a la población que se siente agraviada. El problema es cómo se conoce o manipula “la voluntad del pueblo”. Los más autoritarios simplemente proclaman encarnarla, mientras que los más disimulados señalan que, por el hecho de haber ganado una elección, ellos y solo ellos, la conocen.

Pero para resolver los problemas hay que diagnosticarlos primero. Cuando el nivel de descontento es alto, la tentación de construir una narrativa falsa para encontrar soluciones que intuitivamente parecen fáciles es enorme. Invariablemente la narrativa se basa en encontrar culpables más que en encontrar soluciones que realmente resuelvan los problemas.

En el extremo, el populismo no es más que el fracaso del liderazgo político, consiste en renunciar a hacer diagnóstico y construir propuestas, es entregarse a la respuesta fácil, y es encontrar chivos expiatorios, lo que desencadena una dinámica de encono, confrontación y sectarismo.

El populismo irremediablemente termina en una dinámica de destrucción y no de construcción. Esta es la principal razón por la que apoyo a José Antonio Meade. Nos ha demostrado, con su trayectoria y propuestas, que no sabe hacer otra cosa más que construir.

Construye instituciones, construye ideas, construye consensos: contribuye a construir el país que deseamos y merecemos. José Antonio Meade construye por convicción, para que las siguientes generaciones tengan un peldaño más sobre el cual apoyarse.

Por el contrario, Ricardo Anaya ha demostrado, por su trayectoria y discurso, que su ruta hacia el poder pasa hoy por descalificar todo lo existente, incluyendo lo que construyó su partido. Al entrar en esta dinámica pierde la capacidad de hacer un buen diagnóstico y por lo tanto de hacer propuestas para poder construir. Ricardo Anaya destruye por necesidad, porque no conoce otra ruta para hacerse del poder.

Andrés Manuel López Obrador, por su parte, destruye por diseño. Sus asesores pueden publicar una lista de propuestas, pero su trayectoria consiste en pasar de un partido a otro y abandonarlos, debilitados, cuando ya no se acomodan a sus ambiciones personales. Nos ha dicho lo que piensa de las instituciones, pero, sobre todo, sus acciones lo delatan: nunca ha participado del tedioso pero necesario dialogo político nacional para construir instituciones, que representa el único mecanismo democrático para conocer la auténtica “voluntad del pueblo”, informada por un diagnóstico y acompañada de un plan para lograr sus objetivos.

Hay dos razones adicionales que me llevan a apoyar a Meade. Primero, su honestidad personal, que contrasta con la incapacidad de sus rivales de explicar la procedencia de los ingresos necesarios para financiar su estilo de vida.

Finalmente, su carácter, que tan sólo en el último año y medio ha sido templado en tres ocasiones: con su regreso súbito a Hacienda, con los resultados de la elección en Estados Unidos y con el incremento abrupto en el precio internacional de los petrolíferos. Ha salido airoso tomando siempre decisiones a favor de México, nunca aceptando las respuestas fáciles que hubieran sido más benéficas para su persona. Anaya nunca ha estado en una situación similar. Andrés Manuel sí, en al menos dos ocasiones, cuando fue desaforado por desacato a una orden judicial y cuando perdió la elección presidencial de 2006. En ambas ocasiones actuó mirando a su beneficio personal, poniendo en riesgo la estabilidad del país.

* El autor es extitular de la Unidad de Planeación Económica de SHCP

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.