Opinión

Lucca irá a la escuela

 
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Lucca tiene cuatro años. Lucca es un campeón que todos los días, todos, vence los retos que le impone tener parálisis cerebral. Desde que nació, Lucca ha sobrepasado pronósticos que le condenaban a no crecer, a no aprender, a no convivir. Ahora, Lucca quiere ir a la escuela.

La Constitución le da la razón. Tiene derecho a una educación en igualdad de condiciones a cualquier otro niño. Pero en dos escuelas privadas de la capital, sí, de nuestra engreída ciudad capital, esta semana a Lucca le cerraron la puerta.

A Lucca y a sus papás, Bárbara y Andrés, les negaron un derecho constitucional. Se dice fácil. Una violación constitucional más a quién le importa. Más cuando los cobardes que la perpetraron saben que no pueden ser acusados, pues ni siquiera fueron para hablar de frente, para reconocer su pequeñez, su vocación discriminadora.

Pero Lucca fue rechazado con pretextos igualmente discriminadores: “No somos racistas, hemos tenido hasta niños negritos”, me cuenta Bárbara que les dijeron en una de las escuelas.

En otra, los violadores de la Constitución se atrevieron a esta tontería: “No tenemos suficiente espacio para un niño con sombra”, les dijeron en una escuela que ocupa toda una manzana.

Bárbara traduce lo anterior de esta manera: “sombra en el aula (sombra es la persona que acompaña al niño que no puede valerse por sí mismo) me quita el espacio para meter a otro niño que pague”.

Los papás de Lucca, que trabajan de sol a sol, que pagan impuestos, que adoptaron a México como su patria, apelaron a la Constitución: “La ley dice que todos los mexicanos tienen derecho a estudiar donde quieran”. ¿A que adivinan qué les contestaron? “Usted sabe cómo somos los mexicanos con las leyes”. Además de cobardes, cínicos.

¿Quieren otra respuesta inverosímil? También les dijeron esto: “En primaria no aceptamos, pero en secundaria sí”... Bárbara se pregunta: ¿y cómo hago para que llegue a secundaria si no va a la primaria?

Bárbara y Andrés fueron a esos colegios privados confiando, tontamente me dice Bárbara, “que si uno paga, tiene más oportunidades. Me esperan muchas más escenas de esas”.

No debería ser así. Lucca no debería padecer discriminación. No, si hace 50 años, en esta misma ciudad capital que hoy se presume de derechos, Gaby Brimmer denunció la barbaridad de las 'escuelas para discapacitados', al reclamar que “los normales no tienen nada superior a nosotros intelectualmente, nadie puede poner nuestras mentes en un silla de ruedas”.*

Hay que aplaudir sin reserva las medidas antidiscriminación anunciadas ayer por Enrique Peña Nieto. El presidente ha escrito una página brillante en su sexenio al comprometerse con reformas legales para que no se discrimine en forma alguna a personas homosexuales, lesbianas, bisexuales, transgénero o intersexuales.

Toca trabajar para que esos derechos se hagan efectivos más allá de los documentos oficiales.

Como toca reclamar a la Secretaría de Educación Pública que sancione a las escuelas que discriminan y que capacite a todos los maestros para que pierdan el miedo a trabajar con niños con discapacidad.

Gaby Brimmer iba a la escuela con una máquina de escribir. Lucca tiene un Ipad que toca con el dedo gordo del pie izquierdo.

A Bárbara, a Andrés y a Lucca (familia que se completa con el pequeño Bruno –que en realidad es todo un Batman– no los van a vencer los prejuicios, la mezquindad, la cerrazón; en pocas palabras, la pequeñez de espíritu de algunos.

Lucca crece, aprende, convive. E irá a la escuela, no les quepa la menor duda.

Tomado de la película de Luis Mandoki.

Twitter: @SalCamarena

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