Opinión

'Louis C.K. 2017', la comedia reflexiva

 
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Louis C.K.: 2017.

Como fan de Louis C.K. me preocupaba que su éxito nublara su capacidad de observación. Antes de volverse el referente principal del stand up comedy en Estados Unidos, así como productor, escritor y director de numerosas series, C.K. se distinguía por su habilidad para burlarse de sus propias carencias, relatando anécdotas sobre su tediosa vida matrimonial y su abultado peso, pero también abordando el embrollo que implicaba tener solo veinte dólares en el banco (veinte dólares que el susodicho banco le quería quitar). Ser rico y famoso quizás achataría su comedia. ¿De qué podría quejarse una figura tan celebrada como él?

Louis C.K.: 2017, su último especial de una hora, recientemente estrenado en Netflix, demuestra que C.K. ha logrado llevar a cabo la transición de comediante pobretón a millonario sin que eso merme la fuerza de sus burlas ni su poder perceptivo. Si ha logrado evolucionar es precisamente porque el éxito le ha quitado cualquier brida. Al no tener que probarle nada a nadie, C.K. se puede dar el lujo de hablar de los temas más espinosos con enorme soltura. Es eso lo que le permite, por ejemplo, arrancar este último especial con una reflexión, llena de pausas y dudas, sobre el aborto, asunto que toca sin preámbulo alguno.

Esta misma temeridad recorre las últimas temporadas de su extraordinaria serie.

Louis desafiaba los cotos del típico sitcom estadounidense, tanto en estructura como en tono. A veces tres o hasta seis capítulos seguían una sola trama; un mismo capítulo podía estar conformado por viñetas desvinculadas (muchas de ellas, como la de un violinista en el Metro, memorables). Había escenas que parecían pesadillas lynchianas, unas de cariz auténticamente triste, otras sólo hilarantes. También hubo arrojo en Horace and Pete, la serie que estrenó a través de su sitio de Internet: una tragicomedia sombría sobre dos hermanos, dueños de un decrépito bar. En C.K., sin embargo, la temeridad no parece impulsada por caprichos creativos, sino por un interés genuino en reinventarse. Es por eso que su calidad como director, escritor y comediante sólo ha ido en ascenso.

2017 es la prueba de ello. Aunque el año que vivimos está en el título, C.K. evita la ruta fácil y no menciona a Donald Trump ni una vez en su rutina. No necesita hacerlo: con una referencia de soslayo al apocalipsis basta. Sin embargo, a veces un chiste es sólo un chiste, y las mejores bromas de C.K. (suena despreciativo tildar de bromas a piezas tan bien escritas) darían en el clavo así se hubieran estrenado hace dos años, cuando su país y el mundo eran otros.

Su comedia está cargada de un sano realismo, de preguntas incómodas, sin aires de superioridad. Hasta su afán escatológico resulta necesario. En una cultura cargada de palabras prohibidas, tabús y temas que sólo debemos tocar con pinzas, la comedia de C.K. sigue siendo uno de los pocos remansos para la libre reflexión.

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