Opinión

Los retos del PRI

 
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Enrique Ochoa

Para ganar en 2018 se requiere una narrativa y un candidato compatible con ella. López Obrador la tiene desde hace tiempo: acabar con la corrupción y el abuso de la mafia del poder. Su liderazgo personal es compatible: discurso agresivo y polarizante, su frugalidad personal, su historia de lucha que lo ha llevado a recorrer el país entero dos o tres veces. Su narrativa es creíble no por sus logros –que no los tiene porque no ha gobernado desde la Presidencia– sino por los errores de los demás que él usa como prueba de que tiene la razón.

El PAN encontró su narrativa el 5 de junio: meter a la cárcel a los corruptos del PRI, germen de todos los males de México, como decía Vicente Fox cuando fue candidato presidencial en 2000. Ricardo Anaya, presidente del partido, ha tenido la habilidad de plantear una tercera vía para 2018: ni el populismo de López Obrador ni la corrupción del PRI.

Ahora el partido debe definir quién es el candidato que mejor embona con esa narrativa: si el propio Anaya o Margarita Zavala. El saliente gobernador de Puebla no es compatible con esa narrativa.

El PRI carece de narrativa y de candidato. La narrativa debiese ser simple y directa: el éxito de las reformas estructurales y la necesidad de mantenerlas y expandirlas en los siguientes años, pero según una encuesta de El Universal publicada la semana pasada, ellas son lo “peor” que ha realizado el gobierno de Peña Nieto, según el 17 por ciento de la población. Son el rubro peor calificado.

Que las reformas estructurales hayan tenido un impacto limitado en el bolsillo de los mexicanos no significa que hayan sido fallidas; que la población no vislumbre su relevancia no implica que sean desechables.

Salvo la hacendaria y la electoral, todas las demás reformas son pasos –unos de mayor tamaño, otros de menor– en la ruta correcta, notoriamente la energética, la educativa, la de competencia, la financiera y la de telecomunicaciones. No sólo es mérito del gobierno, por supuesto; la educativa, por ejemplo, fue una exigencia de otros partidos que el gobierno aceptó en la negociación del Pacto por México.

Pero la narrativa de las reformas estructurales sólo puede ser creíble y aplaudible si se sustenta en un combate eficaz, sostenido y de fondo en contra de la corrupción, empezando por los de casa. No hay forma de que el PRI pueda alzar la cabeza con cierta dignidad si no sacude los excesos y frivolidades de muchos de sus cuadros gobernantes. Hay mucha tela de donde cortar. La mala noticia es que hasta ahora no ha habido ningún milímetro de avance en la materia. Que la legislación anticorrupción se haya aprobado es una magnífica noticia para México, pero no tendrá ningún impacto significativo en el corto plazo salvo que sea el propio gobierno en funciones el que la tome y la eche a andar, reitero, primero en contra de los de casa.

El nombramiento de Enrique Ochoa como nuevo presidente del PRI ha sido criticado por inexperiencia y falta de arraigo. Sin embargo, es una apuesta que puede dar réditos al gobierno si las cualidades individuales de Ochoa sirven para construir una narrativa de su partido y cuestionar los pecados de los otros.

La tunda verbal que Ricardo Anaya vertió sobre Manlio Fabio Beltrones, el experimentado ex presidente del PRI, la noche del 5 de junio frente a las cámaras de Televisa, refleja la fragilidad de muchos cuadros del partido y es la mejor explicación de que era necesario un cuadro alternativo, con los riesgos que implica. Ni toda la experiencia de alguien como Beltrones, ni todo el respeto que inspira entre sus correligionarios es suficiente cuando eres incapaz de reaccionar con agilidad y soltura emocional y corporal ante las cámaras de TV. De poco sirven arraigo y experiencia si eres incapaz de tener un discurso inteligente y moderno para atraer a los indecisos, que son quienes definirán la elección de 2018.

Quizá sea su capacidad para comunicar con eficacia –eso es, de forma sencilla, directa pero con sustancia–, así como su sólida formación académica, la mejor carta de presentación de Ochoa. Quizá su falta de pasado en el PRI es justamente su gran fortaleza.

Dos desafíos enfrentará el nuevo presidente del PRI. Uno, mantener la cohesión del partido cuando carece del liderazgo interno y de la experiencia para jalar los resortes de la maquinaria; dos, convencer al gobierno de actuar en contra de los corruptos, aquí y ahora. Sin esta segunda condición, su presidencia será efímera e irrelevante. Si el PRI logra sortear estos dos retos, aun tendrá uno mayor: escoger un candidato compatible con la narrativa de la integridad y de la necesidad de continuar las reformas del Pacto por México.

Twitter:@LCUgalde

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