Opinión

Los restos de Miguel de Cervantes

 
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El autor reúne ensayos en los que plantea preguntas como qué aportaciones hicieron Cervantes y Shakespeare a la literatura. (Erick Retana)

El escritor Miguel de Cervantes murió en Madrid el 23 de abril de 1616. Su deceso se produjo cuando le faltaban poco más de cinco meses para cumplir 69 años. Una edad muy por arriba del promedio de vida que la gente alcanzaba entonces. ¿Cómo fueron su funeral y su sepultura hace cuatro siglos?

En 1780, es decir, más de 150 años después de su muerte, apareció una aceptable biografía del genial escritor español. Fue elaborada por el teniente coronel y académico Vicente de los Ríos y se incluyó en una espléndida edición de El Quijote publicada en dicho año por la Real Academia Española. En esa Vida de Miguel de Cervantes se informa que el insigne autor “mandó que le sepultasen con las Monjas Trinitarias” y a continuación se lee:

“Su funeral fue tan obscuro y pobre como lo había sido su persona. Los epitafios que compusieron en alabanza suya no merecían haberse conservado. En su entierro no quedó lápida, inscripción ni memoria alguna que le distinguiese, y parece (si es lícito decirlo) que el hado siniestro, que le había perseguido mientras vivo, le acompañó hasta el sepulcro para impedir que le honrasen sus amigos y protectores”.

Algunos años después, en 1797, el académico Juan Antonio Pellicer preparó una nueva y más extensa biografía de Cervantes, incluida en otra edición del Quijote publicada ese año, en la que aquél comenta:

“Cervantes permanece olvidado todavía en el sepulcro, que también se ignora, sin saberse cuándo alguna mano benéfica y patriótica le redimirá de aquellas tinieblas, sacándole a la luz de un magnífico cenotafio (monumento funerario), donde quedase inmortalizada la memoria del bienhechor con la del autor de la incomparable Historia de Don Quijote”.

El primer gran biógrafo moderno de Cervantes, Martín Fernández de Navarrete, escribió en 1819 lo siguiente: “Con serenidad de ánimo otorgó su testamento…. Mandóse enterrar en las monjas trinitarias, que se habían fundado cuatro años antes en la (calle) del Humilladero, por su predilección que siempre tuvo por esta sagrada orden”.

Posteriormente, en 1633, las monjas trinitarias establecieron su convento en la calle de Cantarranas, al que trasladaron los huesos de las personas que estaban sepultadas en su primitiva residencia. “Es natural que los restos de Cervantes tuviesen igual suerte y paradero”, conjeturó Fernández de Navarrete hace casi doscientos años.

En otro pasaje, el mencionado biógrafo, académico, anotó: “Su funeral fue pobre y absurdo: ninguna lápida ni inscripción ha conservado la memoria del lugar en que yace; ni en los tiempos posteriores…ha habido quien intente honrar las cenizas de aquel varón insigne con un sencillo y decoroso mausoleo”.

Recordará el lector que hace un par de años fueron objeto de mucha publicidad los trabajos realizados en Madrid para identificar y rescatar los restos de Cervantes. Todo parece indicar que se trató de otra falta más de respeto a su memoria. Pero ésta, es otra historia.
 
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