Opinión

Los punteros


1
 

 

Bandera

En unos cuantos días se inicia formalmente el proceso electoral rumbo a 2018, donde la gran apuesta se ubica en quién se quedará con la silla presidencial. Y mientras López Obrador juega con las encuestas a su favor y elige anticipadamente candidatos, los panistas se debaten en un conflicto interno derivado de dos liderazgos en pugna. El de Ricardo Anaya, que posee el control del aparato partidario, y el de Margarita Zavala, quien trata de repetir la experiencia de su esposo, al ir en contracorriente de la línea del partido y ganar así la candidatura presidencial.

Mientras esto sucede en esos partidos, la estrategia priista se sitúa claramente en dos círculos alrededor del presidente Peña Nieto. El primero es el liderado por el canciller Videgaray, quien aunque no compite abiertamente por la candidatura, sí lo hace a través de dos poderosos alfiles que hoy están al frente de las preferencias del primer mandatario. Tanto José Antonio Meade, en Hacienda, como Aurelio Nuño, en Educación, cierran con el propio Videgaray ese círculo cercano al presidente que le puede brindar esas tres opciones dependiendo el escenario existente a partir del próximo noviembre.

El segundo círculo, más ideado como una alternativa emergente, lo configuran el secretario de Gobernación, Osorio Chong; el de Salud, José Narro; el de Turismo, Enrique de la Madrid, y el todavía gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila. Todas estas opciones que compiten en una dinámica interna que es casi siempre oculta a la sociedad, están condicionadas por lo que suceda en el frente externo.

Si el Frente Amplio se consolida o no, quienes lo integran y quienes abandonan a sus partidos a consecuencia de esta decisión, son factores determinantes para que Peña y la jerarquía priista tomen la decisión sobre cuál será el abanderado más efectivo para enfrentar esta situación.

Si la pelea es entre tres, el priista, el del Frente y AMLO, esto obliga a buscar un candidato tricolor que pueda obtener más de 30 por ciento de la votación para ganar la elección. Si por el contrario estamos ante una elección fragmentada con cuatro o cinco candidatos, entonces la selección del abanderado priista se facilita, y el tema de la operación del aparato electoral partidario se vuelve primordial para el triunfo en las urnas. Por supuesto que esta segunda opción es lo que el PRI desearía como escenario ideal para reproducir la misma experiencia del Estado de México, con todos los riesgos que esto implica.

Lo que queda claro es que en esta ocasión el bloque de los punteros, Videgaray-Nuño-Meade, juega a una apuesta unitaria destinada día con día a cerrar el espacio de decisión del presidente dentro de este selecto grupo de funcionarios. Con Frente o sin él, la decisión tendría que circunscribirse a estos personajes que darían continuidad a un proyecto económico de décadas, intentando modificar lo que el priismo tradicional no ha podido superar: su tradición de abuso de poder y corrupción que los persigue como fantasma recurrente en cada gobernador o funcionario dispuesto a enriquecerse a costa del erario público.

Porque lo que queda claro es que la campaña presidencial de 2018 se centrará en los temas de seguridad, corrupción y abuso de autoridad, y donde el tema económico será un elemento secundario a pesar de los avances en el crecimiento, limitado pero sostenido, y el aumento del empleo formal.

Los punteros en el PRI tendrán que hacer valer su imagen y figura personal por encima de la del partido, para poder conseguir el apoyo de ese segmento de la población que no está dispuesto a validar seis años más de gobierno tricolor. Ser priista sin serlo es el objetivo de cualquier candidato de ese partido que aspire a ganar la Presidencia en 2018.

Twitter: @ezshabot

También te puede interesar:
Poder y odio
Las cartas de Peña
La apuesta priista