Opinión

Los personajes de carne y hueso están en peligro de extinción

    
1
   

    

Jurassic World

Han pasado 20 años desde la catástrofe de Isla Nublar. El sueño de John Hammond se ha cristalizado en un parque temático hipermoderno donde primero se beben margaritas y se ven dinosaurios después. Una explanada llena de tiendas de helados, peluches, bebidas y dulces lleva al centro de visitas (patrocinado por Samsung), donde los turistas interactúan con animales a través de un holograma. Los niños acarician y montan crías de brontosaurios en el petting zoo y, en el show acuático, un cocodrilo jurásico devora cadáveres de tiburón como las orcas de SeaWorld engullen pescaditos. El proyecto analógico e ingenuo de Hammond se ha convertido en un mall al aire libre, donde cada criatura tiene un patrocinador. Las amenazas de las películas anteriores están domesticadas: Owen Grady (Chris Pratt), el César Millán del zoológico, ha logrado domar a los velociraptors. Hasta les puso nombre: Delta, Blue, Echo y otro, que quizás se llama Fifí. Lo único que falta es verlos brincar por aros de fuego. En suma, todo ha seguido el curso natural de cualquier empresa fincada en animales vivos: mayores ofertas, más dinero, todo a costa del alma de las atracciones. No es coincidencia que Colin Trevorrow, el director de esta secuela, cite al documental Blackfish como una de sus influencias.

En Jurassic Park, Steven Spielberg abordó un tema tan viejo como la mitología griega. Ícaro, Prometeo: la delgada línea entre jugar a ser Dios y perder el control de aquello que creamos. Jurassic World dobla la apuesta: cuando jugamos a inventar, es difícil pararnos de la mesa y recoger las fichas. ¿Quién se conformaría con hacer a un tiranosaurio cuando es posible fabricar a un animal inédito, más grande y letal?
Si InGen es Víctor Frankenstein, el Indominus Rex es su monstruo: una aberración de 15 metros de largo, capaz de aniquilar a una manada de diplodocus en una hora, solo para divertirse. Tras escapar (claro) de su cerco, el malévolo bicho se dirige hacia el centro de la isla, arrasando con todo a su paso. No tarda en toparse con Gray y Zach (Ty Simpkins y Nick Robinson), los sobrinos de Claire (Bryce Dallas Howard), la desalmada gerente del lugar. Perdidos en la selva, los chicos encuentran el derruido centro de visitas de Jurassic Park. Minutos después, el Indominus irrumpe en el edificio y pisa y destruye el cráneo del tiranosaurio que adornaba el lobby en la primera película. Y eso sí me puso de malas: una cosa es meterse con dos adolescentes que me importan un bledo y otra, muy distinta, es pisotear los recuerdos de mi infancia. Que el Indominus atente contra la fauna de Jurassic Park es una decisión inspirada: después de cuatro películas, hasta el horroroso T-Rex es como un viejo amigo. Jurassic World es más una defensa (literal) que un homenaje a la obra de Spielberg, hecha para nosotros, los que fuimos al cine en 1993. Hollywood rara vez recuerda que hay espectadores mayores de 15 años. En ese sentido, Trevorrow ha dirigido una anomalía.

Aunque supervisó aspectos de la producción y dio piezas claves para su desarrollo (la idea del parque de diversiones reinaugurado es suya, por ejemplo), Spielberg escogió a un fanático de Jurassic Park como director de la nueva entrega, y eso se agradece. Jurassic World, sin embargo, funciona mejor cuando reinventa que cuando repite las fórmulas de Spielberg, en gran medida porque Trevorrow no cuenta con un guionista tan preciso como David Koepp, el escritor de la original (y su mediocre secuela). Los dos chicos ocupan muchísimo tiempo en pantalla –conocemos a sus padres, inferimos su dinámica familiar, los escuchamos hablar de su vida–, pero nunca tienen el peso de Lex y Tim, los niños de Jurassic Park, de quienes no sabíamos absolutamente nada más que sus hobbies. Gray y Zach no son personajes redondos, sino males necesarios, incluidos con el único propósito de tener a alguien amenazado por el carnívoro en turno. Quizás Trevorrow quería prescindir de seres humanos y rodar una batalla entre animales prehistóricos, donde no hubiera diálogos, sino rugidos. Hasta el momento más conmovedor lo da un diplodocus (el único dinosaurio que no parece generado por computadora).

¿Se dirigirá Hollywood hacia un futuro donde los personajes de carne y hueso estarán extintos? Como le dice Grady a Hoskins (Vincent D’Onofrio), una sabandija que pretende usar a los dinosaurios como armas biológicas: “a veces el progreso no debería ganar”. Palabras sabias para una industria obsesionada con la creación digital.

Twitter: @dkrauze156


TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
Lo que el cine comercial puede aprender de 'Game of Thrones'
'Tomorrowland': Damon Lindelof ataca de nuevo
"Maps to the Stars", la pesadilla hollywoodense