Opinión

Los peligros

 
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Francia (Reuters)

En un reciente documento elaborado por la Comisión Europea se enuncian cuatro elementos que constituyen un riesgo para la unidad del viejo continente y la estabilidad mundial. Primero se establece que la amenaza rusa de cuestionar la legitimidad territorial de los países bálticos –Estonia, Letonia y Lituania–, así como las ambiciones territoriales de Moscú en Georgia y Ucrania, obligan a la OTAN a mantenerse en alerta ante posibles agresiones provenientes del gigante asiático.

El segundo temor es la presencia, dentro y fuera del territorio europeo, de militantes del llamado Estado Islámico cuya capacidad de acción terrorista y de cooptación de jóvenes dentro del continente constituye una amenaza real a la seguridad de la zona.

Aunado a estos dos elementos, el documento añade como riesgo adicional a todas aquellas agrupaciones que desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda insisten en vaticinar el fin de la Unión Europea, como una necesidad para reivindicar nacionalismos irredentos o proyectos supranacionales que desde la óptica anticapitalista proponen un nuevo orden que reduzca o anule la función del libre mercado. Finalmente y es quizá la parte más sorprendente del pronunciamiento europeo, es la referente al riesgo que representan las políticas proteccionistas y antiglobalizadoras del presidente Trump, y que son consideradas con el mismo nivel de peligrosidad que las otras tres.

Y es que en el fondo, si bien los cuatro peligros enunciados representan incluso opciones políticas antagónicas entre sí, tienen como denominadores comunes: el rechazo al libre mercado, la democracia como sinónimo de pluralidad y tolerancia, y la globalización entendida como el encuentro de oportunidades entre sociedades diferentes poseedoras de ventajas comparativas capaces de integrarse en cadenas productivas con alto contenido de valor. Este intento de regresar la historia a la primera mitad del siglo pasado amenaza con reproducir los mismos conflictos que provocaron la muerte de millones de personas en esa época.

Es por esto que las dolorosas derrotas de los últimos meses en el Brexit y la elección de Trump exigen una resistencia eficiente, capaz de revertir la tendencia de fortalecimiento de las tendencias suicidas que hoy se fortalecen en el mundo entero. Las manifestaciones anti-Trump en Estados Unidos y en el resto del mundo, incluyendo México, los programas de sátira política que en la Unión Americana se han convertido no sólo en un instrumento catártico para enfrentar las aberraciones del gobierno, sino en un órgano impulsor de la organización de la sociedad contra Trump, son parte de ese esfuerzo por evitar que los canallas lleven a la humanidad al precipicio.

La próxima parada en este intento por evitar la catástrofe se llama Francia. Una envalentonada Marine Le Pen, reforzada por el Brexit y Trump, amenaza con salirse de la Unión Europea, expulsar a los migrantes, especialmente a los musulmanes, y cancelar la doble nacionalidad y por lo tanto los pasaportes para todos aquellos ciudadanos franceses cuya segunda nacionalidad no sea de un país de la propia Unión Europea que desea destruir. Evitar a cualquier costo que Le Pen gane la elección, generando una gran coalición para la probable segunda vuelta el 7 de mayo, se convierte en uno de los últimos diques capaces de contener la ola reaccionaria que crece sin cesar.

Para contrarrestar la tendencia regresiva, es fundamental atender no sólo a la población beneficiaria de la globalización, sino precisamente a aquella otra que se percibe a sí misma como abandonada por la apertura, y que requiere ser incorporada de una u otra forma al proceso integrador, antes de que su fuerza sea capaz de descarrilar la vía plural y abierta al progreso, en favor de un proyecto excluyente y nostálgico de un pasado cuyo único denominador común es el autoritarismo y el retorno a una economía cerrada e improductiva.

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