Opinión

Los nuevos “iluminados”

 
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[Cuartoscuro] Ingesta de refresco está por debajo del consumo de tortillas de maíz.  

En noviembre, me llamó la atención una nota sobre las recomendaciones de algunos “expertos” de la Federación Internacional contra la Diabetes. Ellos proponen a los líderes del G20 establecer impuestos al consumo de azúcar para “salvar vidas”.

No podemos negar que la diabetes es una enfermedad terrible y sumamente costosa, que requiere especial atención de las autoridades de salud en todo el mundo. No obstante, es absurdo pensar que establecer impuestos a todo lo que un burócrata considera como “malo” nos lleve a resolver los problemas cada vez más complejos que enfrenta nuestra sociedad.

A fin de cuentas, un impuesto es una forma de expropiación de un recurso ajeno para depositarse en las arcas “públicas”, donde el dinero se gasta en miles de proyectos “sociales” que en muchos casos ofrecen resultados muy pobres —sin hablar del alto grado de corrupción que padecemos en América Latina.

En nuestro país la tendencia a incrementar y establecer cada vez más impuestos genera más informalidad, impago, fricciones e ineficiencias en un sistema económico que se vuelve cada vez más esclerótico e incapaz de competir en una economía globalizada.

Sólo por dar un ejemplo, vi en una portada reciente del periódico El Economista una gráfica elaborada con datos de PWC y el Banco Mundial donde se muestra que la tasa de impuestos totales en México (51.7 por ciento) es más alta que el promedio de los países de la OCDE (41.5 por ciento), el G20 (50.2 por ciento), la APEC (36.5 por ciento) y América del Norte (38.9 por ciento).

Por otro lado, los recursos obtenidos por los impuestos como los que aplican hoy a las bebidas azucaradas, el tabaco o el alcohol en nuestro país, rara vez se utilizan para atenuar los daños causados por el consumo gravado. El dinero obtenido simplemente se gasta sin ninguna consideración sobre el comportamiento que en teoría justificó el impuesto.

Finalmente, el llamado “Estado nana”, al cual dedicaré una entrada en este espacio, ve en cada ciudadano un niño incapaz de tomar sus propias decisiones.

Esta creencia peligrosa y absurda llevada al extremo sólo conduce a la dictadura.

En contraste, una política que realmente vea por el bien público sería brindarle al ciudadano información oportuna de calidad para que tome sus propias decisiones de manera responsable. De otra forma, ¿cuál es el beneficio de la sociedad de la información en la que vivimos actualmente? No me parece muy democrático que los “representantes” le impongan conductas a los “representados” cuando son perfectamente capaces de tomar sus propias decisiones si tienen la información adecuada.

En pleno siglo XXI, los desafíos a la libertad provienen de lugares insospechados: hoy la tecnocracia, que puede llegar a ser una forma de dictadura, en muchos casos ha llegado muy lejos con sus llamadas “políticas públicas”. Éstas se han convertido en una especie de religión que pretende controlar el comportamiento de millones de personas en sociedades que supuestamente valoran su libertad.

De hecho, muchas veces estas “políticas públicas” son en realidad la forma de hacer política de unos cuantos tecnócratas “iluminados”, muchos de ellos fanáticos, que en el fondo sólo buscan un beneficio personal. Estos nuevos “sacerdotes del templo”, que se asumen como poseedores únicos de la verdad, son eventualmente los mayores beneficiarios de las políticas que propusieron previamente, al convertirse en asesores o funcionarios de los organismos gubernamentales encargados de implementarlas.

Finalmente me pregunto: si en esta visión burocrática del mundo se debe gravar lo que es “malo”, ¿por qué se cobran impuestos a la nómina, a la inversión y a las ganancias que se obtienen de actividades económicas que generan riqueza para todos? En el templo de la tecnocracia algún “iluminado” nos revelará este misterio.

Twitter: @RicardoBSalinas

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