Opinión

"Los muertos", el 'mirrey' es una caricatura

 
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Los Muertos.

Culpen al infame Yorsh de Polanco, al junior de Nosotros los Nobles o al sitio Mirrreybook: en algún momento, el burgués mexicano quedó congelado en un estereotipo de la cultura popular, convertido en una parodia de sí mismo, como el mafioso italiano o el yuppie gringo.

Conocemos sus camisas abiertas hasta el ombligo, su afición por el gel, su romance con el billete y hasta sus apelativos afectuosos (¿Qué pasó, papaw?). Si bien en el mundo real no son un chiste –ahí están Los Porkys–, la representación del mirrey ya es casi una caricatura. Y el arte no debería abordar a las caricaturas con solemnidad, sino a través de la sátira, la metaficción o, en todo caso, con plena conciencia de su carácter ridículo. Además de sus otras virtudes, The Sopranos volteó de cabeza el cliché del mafioso al incorporar a The Godfather y Goodfellas –Silvio entretiene a Tony con su imitación de Don Corleone–, mientras que American Psycho se convirtió en la crítica definitiva a la era de Reagan al narrar los hobbies de un yuppie desde la sátira sangrienta. Contada con completa seriedad, la obra maestra de Bret Easton Ellis sería aburridísima y, peor aún, moralista. Ojo, chavos, esto pasa cuando sólo te importan las apariencias y el dinero.

Los muertos, de Santiago Mohar, comete el error de tomarse muy en serio las tribulaciones de sus burgueses chilangos. Y de ese tropiezo no se levanta.

Los Muertos
Año: 2012
Director: Santiago Mohar
País: México
Productores: Regina Galaz, Germán
García y Alejandro López Portillo
Cines: Cinépolis y Cineteca Nacional

Ya se la saben. Un grupo de adolescentes borrachos y yonquis van de fiesta en fiesta. Cogen, chupan y la pasan muy mal. Se quejan del país, “los morenos” y “las movilizaciones”. Hacen idioteces y hablan de atracos y tragedias como si todo fuera parte de un episodio de Friends. Mohar tiene el tino de colocar a sus zombis en una mansión medio vacía, con muebles cubiertos por sábanas, donde los inquilinos acaban de morir. La atmósfera me remitió a la casa de los Leatherface, y me dio esperanza. ¿Quizás Mohar sería capaz de observar al mirrey con sorna, como un monstruo o un muerto viviente? Los diálogos filosos, conscientes del absurdo, así lo sugerían. El Casanova del equipo, un tipo hirsuto y malnutrido, explica cómo se hizo rico su abuelo. Trajo el pan ciabatta a México, dice. Frente a las miradas perplejas de sus interlocutores, añade, como una coda que sólo él considera de menor importancia: “Ah, también fue gobernador de Guanajuato”. Mohar conoce al burgués, su libertad becada, su indiferencia crónica y su alcoholatría sedante. Es un acierto, por ejemplo, que en apariencia todos sean distintos entre sí, pero que hablen y reaccionen idéntico en cualquier circunstancia.

El alma anémica es igual y sólo el disfraz cambia.

Los chicos se topan con la violencia, se traicionan entre sí, se agreden y poco o nada cambia. Con esta decisión no tengo reparos: los zombis están incapacitados para la reflexión o el asombro. El final, sin embargo, tira por la borda el tono e incluso la tesis que Mohar había hilvanado por una hora y media, cuando un accidente obliga a los mirreyes a abrir los ojos. The Sopranos se fue a negros en medio de la incertidumbre; en su última oración, Ellis literalmente advirtió que las salidas no existen. Los muertos abandona la veta del cinismo y se estaciona en la más palurda moraleja. Mohar, que debería ver River’s Edge, aún cree que la tragedia puede redimir a los muertos vivientes. Se equivoca, por supuesto, pero al menos nos deja esta lección. Ojo, chavos, esto pasa cuando le entras a las drogas.

Twitter:@dkrauze156

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