Opinión

Los herederos del
'Negro' Durazo

 
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Guillermo Padrés Elías, exgobernador de Sonora. (Cuartoscuro)

Guillermo Padrés usó ayer una camioneta Porsche Cayenne para trasladarse al Reclusorio Oriente.

¿Que eso qué? Eso todo.

Primer acto: Te has convertido en un ejemplo de la corrupción.

Segundo acto: ¿Qué auto usas el día que reapareces luego de estar fugado durante meses?

Tercer acto: Uno de lujo, por supuesto.

La obra se llama: Así son los herederos del Negro Durazo.
Volvamos a Padrés.

Dirán que el auto no era del exgobernador, que era de su abogado, un gris exprocurador que devino en caro litigante.

Muy bien. La pregunta es sencilla: ¿hace ocho años, cuando aún no se convertía en gobernador, Padrés podría haber contratado un despacho de abogados como el de Antonio Lozano Gracia?

Hice esa pregunta en Sonora. La respuesta fue un rotundo no.
Entonces, algo le ocurrió a Padrés en su paso por la gubernatura. Era uno antes de ser mandatario estatal; es otro después de dejar el cargo.
¿Magia? No, es el resultado de un modelo de política que está ligado, forzosamente, a los negocios. De un modelo de política que vuelve locos a muchos de quienes se convierten en gobernador, puesto en el que dispondrán de recursos sin límite; modelo de política que posibilita a esos personajes el vivir años y años sin que se les conozca trabajo u ocupación específica cuando dejan el puesto (mucho menos se les conoce agobio alguno para seguir en un ritmo de vida similar a los tiempos de la gubernatura).

Hace tiempo me contaban de un gobernador de uno de los estados del Bajío al que le gustaba presumir, en plena fiesta, cómo había entrenado a los músicos que amenizaban sus pachangas.

El gobernador alzaba la mano y la movía, como quien mueve la llave de la regadera, y en ese instante el trío de músicos dejaba de interpretar la canción que ejecutaba y la cambiaba por otra sin la más mínima interrupción. ¿Que el trío había elegido una pieza musical para la cual el mandatario no estaba de humor en ese momento? Bastaba que la mano volviera a hacer la seña de abrir y cerrar para que los músicos de nueva cuenta cambiaran melodía. Era un trío entrenado para operar como un iPod. Y hasta lo presumía.

La alternancia en diversas gubernaturas nos arroja datos de algunos usos y costumbres que en otras latitudes serían vistos como ejemplos propios de país bananero.

En México, un gobernador lo puede todo. Puede utilizar en sólo dos años 50, sí, 50 veces el helicóptero oficial para ir a su rancho (eso hizo, según reportó Reforma el martes, César Duarte).

O puede hacer que el pueblo pague 400 mil pesos en renta para un helipuerto que no se necesitaba. Según cuentan, la oficina de Jaime Rodríguez El Bronco descubrió que su antecesor, Rodrigo Medina, contrató terrenos para no molestarse en aterrizar gratis en el río Santa Catarina.

De hecho, ¿alguien encuentra alguna razón para que existan las casas de gobierno?

Hoy hay quien se asombra de que Duarte (Javier) contaba en Casa Veracruz con sala de cine, cava, seis cocinas, etcétera.

Lo que verdaderamente debería asombrar es que no se volvieran locos luego de que, cuando llegan al cargo, acceden a un cuerpo de servidumbre y seguridad propio de un paranoico jeque árabe.

Hace 35 años el Negro Durazo y su Partenón marcaban una era de groseros abusos. Hoy sus herederos políticos se construyen un rancho de concurso en Valle de Bravo, o una presa ilegal en el rancho familiar, o depositan fondos públicos en un banco que les pertenece.

Y eso es todo, menos ilógico.

Twitter: @salcamarena

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