Opinión

Los Dardenne y Tyldum: persuadiendo

I. EL ASCUA SOLIDARIA. En Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, Bélgica-Francia-Italia, 2014), desarmante obra maestra 9 como autores totales de los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne de 63 y 60 años respectivamente (Rosetta 99, El niño 05, El chico de la bicicleta 11), la desaliñada obrera madre de dos humildes críos internetos que está saliendo de una crisis depresiva Sandra (Marion Cotillard) sólo desea reincorporarse a su puesto en una fábrica de paneles solares, pero sufre ahora la amenaza de su despido y, con el fin de evitarlo, debe revertir la votación de los 16 compañeros de su grupo laboral que han resuelto hacer sustitutivamente su trabajo a cambio de un jugoso pago extraordinario de mil euros, pero, aunque bien apoyada por su alentador marido meserito de cadena restaurantera Manu (Fabrizio Rongione) y su insistente colega amiga incondicional Juliette (Catherine Salée), sólo cuenta con un fin de semana para persuadir a los 14 que han votado en su contra de modificar su decisión, por lo que se ve obligada a localizarlos, telefonearles o visitarlos en sus domicilios o en una cancha de futbol llanero y hasta en sus bares por todo Bruselas, sintiéndose miserable y agradecida y mendicante, enfrentando todo tipo de razones y motivos y autojustificaciones (“Yo no voté en contra tuya sino a favor del bono que necesito”) y rechazos dolorosos o violencias, provocando incluso la ruptura conyugal de una camarada con marido golpeador, desmontando las grillas paralelas de un capataz hipócrita que intimidado a los demás (en especial a los trabajadores inmigrantes más urgidos y vulnerables), padeciendo todo tipo de tensiones y dudas y desfallecimientos del ánimo, entrando en incandescencia sin llama como un ascua ávida de solidaridad, retacándose de pastas antidepresivas y llegando incluso a dar al hospital por haberse vaciado encima completo el frasco de Xanax, hasta encarar el lunes por la mañana, ya con plena valerosa calma, una sorprendente hora de la verdad.

El ascua solidaria significa para el decadente cine europeo, tal como ya se presentía en El chico de la bicicleta (y allí directamente con un problemático chavo doliente porque Los niños nos miran según De Sica 43), un redescubrimiento y un reciclaje resurreccional del mejor neorrealismo italiano clásico, pero no un retorno, sino una retoma de sus elementos más esenciales (¿evangélicos?), ya depurados por planos largos con supermóviles acosos de cámara extraligera en una nueva vuelta de su espiral, logrando reformular otra vez a la vieja corriente fílmica por excelencia de la posguerra como un movimiento coral del alma abierto, un acosador y ensimismado estilo desafiantemente sin estilo para recapturar una realidad no estilizada (Panofsky), una crisis fraternalista de la imagen-acción (Deleuze), una posición moral desde la cual se mira el mundo y no deviene sino después en posición estética (Rossellini), una fenomenología de la realidad social (Bazin) ahora reducida a su núcleo más violentamente explotado, abusado, inerme, jodido, al parecer sólo dispuesto a despedazarse entre sí, importándole muy poco que esto devenga una epopeya del paulatino convencimiento interindividual tipo Doce hombres en pugna (Rose-Lumet 57) o que se haya incluido en su interior a una superestrella internacional, en específico Marion Cotillard, tan grisácea cuan estoica, como en su momento lo fue Ingrid Bergman triturada por la insigne tetralogía de San Roberto, transfigurándose hipersensiblemente en cada escena-stanza de su peregrinar, venciendo hazañosamente resistencias, empezando por las propias.

El ascua solidaria se convierte en un calvario y un festín jubilar al mismo tiempo, con esa inolvidable protagonista de inminencia omnipresente, incapaz de espabilarse por completo del sopor de su siesta incluso bajo el efecto de una noticia-descontón, que siente balancearse en la cuerda floja del desempleo inclemente de todos tan temido, que arrastra consigo a la cámara o se hace preceder por ella en concordancia con sus impulsos más profundos, que se hace ilusiones y las pierde en cada episodio, que crea un suspenso intimista por todos detectable y para todos emotivo, que se esconde tras una mampara callejera para llorar su rabia y su impotencia y su desaliento y su desencanto amistoso, que se niega a denigrarse y degradarse y convertirse en el rival más débil por entero prescindible y eliminable, que se rehúsa a continuar sin contacto carnal con ese esposo modelo que no obstante ello la fortalece y la apuntala compartiendo barquillos de helado, que envidia la libertad del pájaro que canta en la rama por encima de ella, que se desintegra o vuelve a reintegrarse alternativamente, a ojos vista, sin cesar.

Y el ascua solidaria desemboca en un empate dramático, una resolución empresarial y una decisión de la heroína igualmente salomónicos, o sea, puesto que Sandra ha logrado lo imposible, que en sólo Dos Días y Una Noche agenciarse y cosechar 8 votos en favor suyo contra otros tantos adversos, el jefe Dumont de la planta (Baptiste Sornin) propondrá tanto seguir sosteniendo el sobresueldo de los operarios, como reinstalarla en su puesto dentro de dos meses, pero ella rechaza el ofrecimiento porque eso implicaría el despido virtual, la eventual no-recontratación de alguno de sus compañeros temporales, y eso jamás, pues a fuer de invocar los valores de la solidaridad, ha acabado por aprenderlos también ella, haciendo culminar la nueva comedia dramática cotidiana de los Dardenne como un cuento moral, pero no con la imposición de una gigantesca paradoja a la estadounidense individualista (Eastwood, Ferrara, De Palma) ni metafísica espiritual estilo Rohmer, sino como la más púdica, explícita, conmovedora y límpida fábula ética y axiológica contemporánea, supraideológicamente, sin ornamentos ni calificativos.

II. EL DESCIFRAMIENTO PROCELOSO. En El código Enigma (The Imitation Game, RU, 2014), apasionante cuarto largometraje del sensible miniserialista noruego de 47 años Morten Tydum (Buddy 03, Ángeles caídos 08, Cazatalentos 11), con tajante guión clásico del primerizo Graham Moore basado en el libro de divulgación histórica Alan Turing: el Enigma de Andrew Hodges, el irrebatible matemático inglés de 24 años Alan Turing (Benedict Comberbatch carismáticamente anticarismático) exhibe un incomprensible comportamiento, individualista a rabiar, vagamente despótico y afectivamente inaccesible, al ser reclutado por los Servicios Secretos Británicos durante los feroces bombardeos sobre Londres de la Segunda Guerra Mundial e integrarse apenas a un equipo de criaturas superdotadas a quienes se les encarga el desciframiento de un inextricable código Enigma utilizado por la inteligencia hitleriana en sus estratégicas operaciones bélicas más cruciales, pero pronto el excéntrico criptogramático se verá enfrascado en el costosísimo diseño y el desarrollo a modo de capricho personal de una computadora maestra pionera, bautizada como Christopher en recuerdo de un antiguo condiscípulo en Bletchley, para lo cual deberá efectuar varias conquistas fundamentales: encontrar su única posibilidad de comunicación igualitaria en la guapa con genial capacidad para resolver crucigramas Joan Clarke (Keira Knightley resplandeciendo en otro Método peligroso) con quien deberá simular un compromiso romántico para retenerla y explotarla, hacerse proteger por sus jefes escépticos (vía primer ministro Churchill en persona), contar con un equipo de incondicionales ganados aunque sea repartiéndoles manzanas, enfrentarse a su propia gente, develar en el seno de ésta la existencia del espía ruso (Allen Leech) infiltrado por los propios ingleses para neutralizar la paranoia de sus temporales aliados soviéticos, y por todo ello recibir como premio no sólo el poder de interceptar y decodificar, sino de duplicar el funcionamiento de la máquina enemiga y, en la imposibilidad de anticiparse demasiado a ella sin delatarse, prever los movimientos de las tropas que gobernaba, acelerando desde la sombra el final de la hecatombe de otra forma incontrolable, aunque sin embargo, al término de la guerra, a ese buen Alan se le investigará por una sospecha de espionaje, poniendo de manifiesto su vida homosexual encubierta y tratándosele como un pervertido criminal y sometiéndosele a una asesina terapia hormonal con serios efectos aversivos que provocará su destrucción física y mental, orillándolo finalmente al suicidio.

El desciframiento proceloso se estructura como relato fílmico en tres dimensiones que se iluminan entre sí, al tiempo que inevitablemente interactúan entre ellas, pues en el presente (1939-40) Alan construye esa utópica máquina Christopher anticipadísima a su época poniendo de manifiesto sus titánicos y geniales esfuerzos para vencer pavorosos obstáculos técnicos y personales como un nuevo legendario arquitecto maldito Gary Cooper/Frank Lloyd Wright arremetiendo de a Uno contra todos (Vidor 49), en el futuro (1951) el detective abominable de frialdad y prejuicios Nock (Rory Kinnear) interroga y hunde en un separo policial al acorralado Alan como en gris novela de Simenon filmada al claustrofóbico estilo del malogrado francés Claude Miller (Bajo custodia 81), y en el pasado (1928) el joven Alan (Alex Lawther) acostumbra comunicarse a excitada distancia en clave hipercodificada con su adorado condiscípulo pronto perdido para siempre Christopher (Jack Bannon), de igual manera cómplice que luego habrá de transferir de manera emocional, sucedánea y definitiva a la desatada computadora en proceso homónima, como en premonitoria relación erótica de Joaquin Phoenix con el vanguardista sistema operativo de Ella/Her (Jonze 13), al interior de un relato eficaz, brillantemente actuado e ilustrado sin mayor inventiva fílmica, pero con un espléndido uso de los snack-shots de época (edición de William Goldemberg en reveladoras secuencias-grumos de Stalingrad o Normandie) y depositando todo su esmero e inventiva en el propósito logrado de hacerle creer al espectador que es tan sagaz y rutilante como el héroe obsesivo y los subterfugios de la inteligencia británica.

El desciframiento proceloso multiplica a conciencia y lleva el juego de la imitación hasta sus últimas consecuencias y con varias metas distintas: la paulatina imitación de una máquina a otra (y por encima de ella) que permitió desmontar las peligrosas operaciones transcontinentales cifradas en el código Enigma nazi, la difícil imitación de un cerebro electrónico que emulará el funcionamiento del pensamiento humano (aunque conservando sus propias exclusivas y muy respetables características diferenciales), la deliciosa imitación de una conducta marciana insondable para todos los que lo rodeaban (ese Alan transformado a su vez en Enigma), y por último la imitación juguetona de esa extraña, subversiva y subvertida historia de amor sucedáneo, vuelta delirio mecánico, deseo de intensidad y exaltación ¡de lo neutro y lo impersonal!

Y el desciframiento proceloso consuma paramusicalmente su biopic con sus Variaciones Enigma como una ficción reivindicadora casi hagiográfica en torno a un mártir homosexual, una insólita e insólita víctima de la homofobia establecida y oficial, un cruel caso ignorado incluso por el mundo gay actual, para cuyo descubrimiento y revelación ha debido develar de manera shocking y frívola o descarada top secrets bélicos celosamente guardados por exImperio Británico durante más de medio siglo, cambiar de sentido numerosas acciones ocurridas durante las hostilidades, convertir a las acciones heroicas en simples ecos o subproductos o daños colaterales de una guerra subrepticia entre códigos titiriteros, homenajear al desconocido inventor de la primera computadora del mundo y de paso reescribir, reenfocar y releer en su totalidad la Historia de la Segunda Guerra Mundial, ahora desde el punto de vista del desciframiento visionario de sus códigos ocultos, esas formas otras de una defensa, ilustración global, elogio a la locura y encomio de la Diferencia.