Opinión

'Lobby' mexicano en tiempos de Trump

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Luego de su triunfo, Trump dijo que revivirá el poder de su país, tras el fin de la Guerra Fría. (Reuters)

“El Trompas ha logrado lo que el corazón nos impide hacer. Porque tomar la ciudadanía estadounidense es una cosa que duele mucho. Y es algo que hay que superar”: Artemio Arreola, director de la Coalición por los Derechos de los Inmigrantes y Refugiados en Illinois.

Donald Trump ha creado sus propios anticuerpos. Su envestida contra los migrantes mexicanos y México ha sido tan brutal que ha unificado a la diáspora mexicana en Estados Unidos; la ha acicateado para decir: basta de mentiras y embustes.

Desde el más humilde club de oriundos en Chicago hasta los pudientes empresarios mexicanos de San Diego o San Antonio, y desde luego la diplomacia de Claudia Ruiz Massieu, se están movilizando para montar un esfuerzo de cabildeo que no veíamos desde la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Históricamente, el zenit del cabildeo mexicano en Estados Unidos ocurrió durante la negociación del TLCAN a principios de los años 90. El gobierno de Carlos Salinas contrató a un verdadero ejército de cabilderos para lograr la hazaña bilateral más importante de la historia contemporánea: concluir el texto del tratado y eventualmente su aprobación en el Capitolio.

En este esfuerzo de lobby destacó el sector privado mexicano, que a través de la Coordinadora Empresarial para el Comercio Exterior (Coece) mantuvo una importante presencia en Washington. La Coece contrató a una empresa de cabildeo para asistirla en desarrollar una campaña de persuasión a los legisladores estadounidenses para que aprobaran el TLCAN.

El lobby o cabildeo es justamente eso, el arte de la persuasión. Es la actividad a través de la cual un interés privado o bien un gobierno extranjero, como General Motors, México o Israel, trata de influir el proceso de toma de decisiones para favorecer sus intereses.

El lobby es una práctica legal y regulada. Su regla es la transparencia; es decir, las compañías que hacen lobby para un gobierno extranjero tienen que registrarse en el Departamento de Justicia y detallar sus actividades.

Una vez aprobado el TLCAN, la diplomacia mexicana ha utilizado esporádicamente los servicios de cabilderos profesionales. De la misma manera, el sector privado mexicano abandonó su agenda de persuasión y presencia en Washington.

En mi opinión ha habido un cierto descuido de nuestra presencia en la capital del vecino país; ha faltado ambición y se ha cumplido la máxima de que “una pobre política exterior es una pobre diplomacia”.

En el cuarto de siglo que media entre la negociación del TLCAN y los tiempos de Trump, la diáspora mexicana ha crecido de 13.5 millones en 1990 a 34 millones en la actualidad. Evidentemente no es homogénea. Los inmigrantes de primera generación sin documentos (poco menos de seis millones) tienen preocupaciones muy distintas a los mexicoamericanos de tercera o cuarta generación. Pero lo importante es que Trump se ha convertido en una especie de enemigo común, unificando y movilizando a todos hacia un objetivo: desmentirlo.

Miguel Basáñez, el embajador depuesto, tenía claridad sobre el mejor remedio a los ataques de Trump: empoderar a la diáspora, dándole nacionalidad a quienes pueden obtenerla y registrarse para votar a quienes pueden hacerlo. Es en este terreno donde las organizaciones de base, como la de Artemio Muñoz, están desarrollando un esfuerzo sin precedente por ciudadanizar y registrar a mexicanos.

Por su parte, la Asociación de Empresarios Mexicanos (AEM) con 22 capítulos por todo Estados Unidos ha decidido dar un paso importante creando una organización 501 C4. Es decir, para cabildear por México, me explica el presidente saliente Eduardo Bravo.

El nuevo embajador Carlos Sada señaló que México tratará de emular al lobby judío. Y en junio próximo los cincuenta cónsules mexicanos, en un hecho inédito, acudirán a la reunión anual del Comité Judío-Americano (AJC por sus siglas en inglés) en Washington DC. Fundado en 1906, AJC es la organización de lobby con mayor tradición. Trabaja siguiendo dos reglas de oro: primero, buscar coaliciones pues se saben pocos (seis millones de judíos en Estados Unidos), por lo que siempre buscan aliarse y apoyar a otras minorías como los afroamericanos y latinos; y segundo, desarrollar diplomacia pública, es decir, fomentar intercambios y conocimiento judío/americano.

AJC es distinta a otra organización judía en el vecino país, el Comité Americano Judío de Asuntos Públicos (AIPAC por sus siglas en inglés) que ha llegado a cruzar algunas líneas que un lobby extranjero jamás debe hacer. Cabildeó ferozmente en contra de uno de los más importantes esfuerzos del presidente Barack Obama por la paz mundial, el acuerdo con Irán sobre energía atómica.

La reunión de AJC es una espléndida ocasión para que la diplomacia de Ruiz Massieu desarrolle una estrategia de cómo lograr tener una presencia y fuerza en Estados Unidos que impidan el surgimiento de voces como la de Trump, quien sin mayores costos ni consecuencias ha podido ultrajar el nombre de México. Se trata de re-mprender una agenda ambiciosa con nuestro vecino del norte y alinear una diáspora compleja que justamente, gracias a Trump, está empezando a cobrar conciencia de su potencial: transformarse en un instrumento que incida en una mejor y más provechosa relación México-Estados Unidos.

El simple hecho de que la diplomacia mexicana en Estados Unidos en pleno —50 cónsules, embajador y canciller— se reúnan con el influyente AJC manda una señal inconfundible: les va a salir caro meterse con México.

Twitter: @RafaelFdeC

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