Opinión

Lo que la hipérbole se llevó

 
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cine

Hace unos días volví a ver Rain Man, ganadora del Oscar a Mejor Película en 1988, en la que Dustin Hoffman interpreta a un autista y Tom Cruise a su gélido hermano. Me sorprendió todavía hallar motivos para admirarla (es bonito regresar a una película y advertir que el cariño que le teníamos era justo): la sutil actuación de Cruise, la agilidad del guión y esa peculiar fotografía, que registra con igual ingenio el estrecho universo del autismo y los amplios paisajes del midwest. Rain Man, dirán aquellos que lamentan el estado actual del cine estadounidense, es el tipo de drama modesto y bien escrito que un gran estudio ya nunca lanzaría. Sin embargo, y a pesar de haber ganado cuatro Oscars, Rain Man cuenta con 65 puntos en Metacritic, basado en reseñas publicadas en 1988. Para darnos una idea de qué tan bajo es su puntaje, la tercera parte de la mediocre Cars, estrenada este año,
tiene 59.

Rain Man no es, ni por asomo, un caso aislado. Muchas de las que hoy consideramos las películas más notables de su época en su momento recibían críticas tibias o positivas con reservas. Breaking the Waves tiene 76 puntos, Barton Fink 69 y Ed Wood 70. ¿Cómo le va al cine con la crítica en el 2017? Pues Dunkirk, de Christopher Nolan, ostenta 94 puntos, arriba de L.A. Confidential, The Ice Storm y The Silence of the Lambs, tres obras maestras del cine estadounidense de los 90. Una de dos: o los críticos de antaño no sabían apreciar el buen cine o los críticos actuales no tienen empacho en rendirle pleitesía a cualquier película que esté apenas arriba del promedio. Me inclino por la segunda hipótesis.

Esta paulatina domesticación de la crítica empezó con la llegada de las redes sociales, que cambiaron para siempre la relación del escritor con sus lectores. Se sabe que redactar un texto negativo, por más matizado que sea, siempre acarrea la posibilidad de una respuesta encolerizada por Twitter o Facebook. Es más seguro escribirle una carta de amor a un bodrio que destruir una cinta taquillera. El camino más fácil para gustar es que a nosotros los reseñistas nos guste lo que vemos. Por echarle porras a Dunkirk recibí aplausos y retuits. Por burlarme del refrito de Beauty and the Beast casi me linchan.

La cacería de clics explica otra transformación de la crítica, que a su vez ilumina la disparidad entre los puntajes bajos de Metacritic en los 90 y los puntajes altísimos que hoy reciben tantas películas. Cualquier reseñista sabe que lo más fácil para conseguir lecturas es incluir alguna suerte de afirmación hiperbólica en sus textos. Yo, por supuesto, no estoy exento de esa manía: tal es la mejor o la peor película del año, lo mejor o lo más mediocre que ha filmado ese director. El juicio matizado tiende a pasar desapercibido… o por lo menos así se siente desde esta trinchera. Es más llamativo un artículo sobre una cinta magistral que sobre una a la que es difícil etiquetar como buena o mala. El problema de tanta reseña hiperbólica se ve reflejado en las estadísticas de Metacritic. Los piropos sin reparos dan como resultado puntajes como el de Dunkirk, una película en muchos sentidos notable, pero sin
duda imperfecta.

Los críticos que publicaban antes de Facebook y Twitter no se veían obligados a exagerar porque sus textos no cazaban clics. Su trabajo, vaya, no dependía de la popularidad digital. El dilema del crítico hiperbólico es que no escribe en servicio del cine o el público sino de sí mismo. Como reseñistas nuestro trabajo es evitar ese camino. Como lector sería útil entender que el valor de la crítica no está en recomendar o denostar sino en dar herramientas para ver con ojos frescos una película: tanto sus virtudes como sus defectos.

Twitter: @dkrauze156

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