Opinión

Crónica del XVII Bafici: Lo mejor del cine independiente mundial

BUENOS AIRES, Argentina.- Retador y apabullante, el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires sigue irguiéndose, ya en su XVII edición (pero sólo tercera renovada), como el más tenaz y consistente de nuestro continente en su búsqueda de las propuestas más avanzadas del cine mundial de hoy, una especie de FICUNAM a lo bestia (aunque tres de sus triunfadoras ya habían sido presentadas allí), con 412 filmes de los 31 países participantes y 380,000 espectadores que abarrotaron las 13 sedes del certamen, obteniendo un promedio 85 % de entradas vendidas en las 1172 proyecciones totales (entre funciones normales y de prensa, según cifras del periódico local La Nación), dentro de 24 jugosos apartados, como Panorama, Nocturna, Baficito infantil, Focos en Pascale Ferran, Isabelle Huppert, José Val de Omar, Heavenly Films, Luke Fowler, Cine de Weimar, Radiografia del Perú o Mario Monicelli, y cinco secciones competitivas: la oficial argentina, una para el más inclasificable Cine de Vanguardia y Género, la de cortos y la Internacional, muy exigente, incluyendo sólo 18 películas, sobre las que habremos de concentrarnos en esta reseña por fuerza parcial y expeditiva.

América Latina
De Argentina, un par de cintas, como de costumbre atípicas, que vendrían a ser cuatro, si se cuentan dos coproducciones todavía más inusitadas. En la desolada obra deambulatoria conjunta La mujer de los perros de Laura Citarella y la guionista-actriz improvisadora de culto-mujer orquesta Verónica Llinás (hermana mayor del explosivo Mariano de las kilométricas Historias extraordinarias 08) se juntan el jodidismo casi porno miserable y el megashow narcisista para seguirle los pasos de una marginal misteriosa y por supuesto secretamente sublime en sus pequeños hurtos a huertos o cabañas abiertas, pero del todo inconvincente en su falta de relación verbal o corporal con sus perros excluibles. En El incendio de Juan Schnitman, aflora con fuerza minimalista de naturalismo posTrapero e intensos planos largos la crisis de una joven pareja de clase media baja y el nacimiento de su odio cerval, cuando sus miembros deben aplazar un día su mudanza a otro estrato de la crispación social y de la involutiva incapacidad de separarse.

Dentro de un registro análogo, pero sin la energía ni una deseable hondura análogas, en coproducción argentina con la Colombia de las migraciones compulsivas, los Días extraños del debutante medellinense Juan Sebastián Quebrada se dejan constituir mediante las diminutas catástrofes cotidianas de una pareja de chavos inmigrantes locombianos muy inestables, en un Buenos Aires desglamurizado y plomizo, dentro de un b/n que se abandona a su propia destrucción sensual, en espejo con el sentir de sus criaturas, entre la sordidez indistinta, el juego pesado indeciso y el esbozo de visceralidad bisexual, rumbo a los intermezzi de una caída libre hacia la inconsistente autosatisfecha. Por otro lado, en coproducción argentina con la Cuba de las aperturas ayer inimaginables, el hurgamiento petrificado de los inabarcables espacios en b/n y en planos abiertísimos de la ignota ciudad fantasma de La obra del siglo del habanero heteróclito Carlos M. Quintela, fincada alrededor de una magna central de reactores nucleares que quedó ominosamente inconclusa por la caída de la URSS, y la antigua propaganda filmada vuelto archivo autoparódico, para determinar con música de sintetizadores y contemplar en ventanales, túneles y bóvedas de ojivas huecas, las vesánicas relaciones machista-familiares del abuelo ladilla, el hijo rabioso y el nieto castrado de la voluntad, representantes sin saberlo de tres generaciones cubanas, hoy desechables, frustradas, ociosas y finales.
De Brasil, la densidad cotidiana un tanto a la deriva alegre y fresca de otro retrato familiar, el que conforman en Ella regresa el jueves del mineiro André Novais Oliveira el corpulento pero juguetón hermano menor que lidia con una esposa arribista y el director mismo que juega a la irreconstruible pareja disfuncional, mientras los propios padres provectos del realizador dormitan, laboran en casa o en trabajos de acarreo doméstico, bailan de improviso en un conmovedor plano fijo bien sostenido, se ausentan por unos días y mueren de un infarto en plena rúa sin haber conocido jamás el énfasis dramático ni pathos posible alguno. En contraste con esa excelencia docuficcional, la telenovela patética hasta lo delirante Juro que un día me iré de esta ciudad del recifense Daniel Aragao zozobraba entre los predestinados electrochoques sádicos de una fatalidad femenina esquizopsiquiátrica, el determinismo de las amigas drogadictas, la obviedad oportunista de un crimen político y un melodrama estallado contra el autoritarismo paterno digno de mejor revuelta moral.

Europa
En Los exiliados románticos de Jonás Trueba (España) dos de Los ilusos de su filme anterior recorren turístico-edénicos lugares del sur de Francia y de París para arrastrar hasta sus últimas consecuencias un ensayo, a modo de road picture grupal de ambos sexos, sobre los residuos y estragos del viejo romanticismo decimonónico vuelto lúdicamente añorante en su pánico al compromiso amoroso y lírico en sus tributos a Natalia Ginzburg acerca de las virtudes y las diferencias eróticas. En contraste, al interior de los indiscriminados ¡6500 planos! recabados durante una década y seguros causantes de infalible migraña instantánea de los Transeúntes del leonés Luis Aller (Cataluña) cabía una miqueta de todo: impresionismo mural, superposiciones archielípticas, microrrelatos de previsible vulgaridad absoluta, brochazos anecdóticos subliminales, briznas de rupturas de cualquier tipo a lo Yannick Bellon (En alguna parte, alguien 72) y la efigie puntillista de una vencida Barcelona en claroscuro.

De la imprevisible Austria dos variaciones inhumanas en viñetas seductoras. Con producción del perverso Ulrich Seidl (cuyo inasible docuficción ultramasoquista sobre placeres clandestinos austriacos En el sótano sobre causó furor en otra sección), Veo, veo/Goodnight Mommy de Veronika Franz y Severin Fiala) glosa el tema del doble diabólico de un niño gemelo en bellísimas imágenes sofisticadas y psicóticas remitiendo de continuo a una multiforme idea plástica del Doble y a la pálida refactura de la obra maestra de Robert Mulligan El otro (72), hasta desembocar en otros Juegos divertidos (Haneke 97), ahora oscuramente filiales, que incluyen desenmascaramiento inquietante de la madre con el rostro quirúrgicamente cambiado, torturas corporales, cosida de labios con kola loka, horror splash, onirismo poeticoso, autoinmolación en el Valhalla privado e inefable reunión en el Más Allá. Por el contrario, el documental quasi turístico con participación foránea Doble felicidad de la videoasta Ella Raidel se empantana en la exotista manía arquitectónica china de duplicar poblados enteros occidentales a modo de maquetas habitables, volcado aquí a cierto pueblito tirolés modelo La novicia rebelde (Wise 65) con auténticas tomas de archivo de la familia Trapp a guisa de prólogo, o sea, un seudoarte de la copia gratuita y de la onerosa miniatura paranoica ya señalado en El mundo de Jia Zhang-ke (04) con el genio y un ingenio aquí ausentes.

Completan el cuadro europeo dos productos extremos. Por un lado, el típico producto cosmopolita del nuevo documental suizo-alemán Arriba y abajo de Nicolas Steiner, rodado con enormes recursos y por entero en los desiertos colindantes a Las Vegas, donde hurañas parejas vagabundas y desesperados hombres-topo miserablemente reacios a cualquier contacto social, así como los habitantes de una pionera colonia de astronautas que se aclimata en lo atroz sideral para el primer vuelo de asentamiento colectivo en Marte, aunque todos sin variación posible, a grandes vuelos cursilíricos sobre paisajes lunares y cielos rojos, entre una antropología de la alcantarilla, contemplativos efluvios cósmicos soñándose de Lubezki-Malik e inundaciones súbitas, que a la exasperante larga, pero muy a la cíclica y larga, resultan indigestos. En las antípodas de tanta autocomplacencia caritativa, la severidad y la inventiva de Una juventud Alemana de Juan-Gabriel Périot (Francia) se revelan ejemplares, pues se trata nada menos que de documental casi resurreccionalmente el caso de los intelectuales terroristas de la llamada Banda Baader-Meinhof de los años sesenta alemanes, en su singular e irrepetible paso del agitado cuestionamiento político mediático a la acción mortal, a través del reordenamiento por montaje sin florituras ni desviaciones de un impresionante acopio de tomas de veintenas de archivos fílmicos, en los que ningún episodio de la actividades preparativas del grupo ni sus acciones o persecuciones posteriores parece quedar sin documentar invocando un godardismo casi inocente, la retórica aplastante de la joven Ulrike, las banderas rojas en carrera de relevos militantes de un cortometraje de un hans estudiante de cine y los feroces cuestionamientos de Fassbinder a los ilusorios maternos (en su segmento de Alemania en otoño 78), con vigor, autenticidad y valerosa contundencia duraderas, por encima de cualquier juicio, prejuicio o perjuicio previos.

Asia
En el opúsculo tribunicio Corte del mumbaiano Chaitanya Tamhane (India), un sexagenario poeta activista político es juzgado por haber presuntamente provocado el suicidio de uno de los espectadores de sus recitales, dando motivo para desmontar los ancestrales mecanismos quasi hilarantes de la justicia india actual y cuestionar su práctica viciada y diferida ad nauseam, mediante una hábil estructura dramática arborescente que penetra en las fehacientes motivaciones profundas y contradictorias del acusado, el abogado defensor (Vivek Gomber), la fiscal y el juez, con la mayor agudeza sutil, sacando además a la luz la prevalecencia de un folclore adocenado que hoy sólo puede ser masificado (Bollywood) o subvertido (por el poeta deshecho en todos sentidos durante el juicio). En la carismática novela de aventuras a lo Kipling o David Lean o el Hollywood clásico Theeb del anglo-árabe Abu Aji Nowar (Jordania-EU-Emiratos Árabes), un niño beduino es obligado por su padre en plena Primera Guerra Mundial a acompañarlo en una travesía a través del desierto escoltando a un hosco técnico inglés al servicio del Imperio Otomano, sin sospechar las escalonadas tragedias a nivel nacional que irá sumando el pequeño en su cumplida educación para las armas, en la orfandad violenta y en la edificante venganza contra el servilismo desde entonces invasor.

Del cine israelita formalmente más propositivo, dos relatos muy estilizados e internamente socavados. En Ben Zaken de la debutante Efrat Corem, una niña incontrolable hace las veces del chavito singapuriano de Ilo ilo (Chen 13) y del chavo psicótico de Mommy (Dolan 14) al fungir como delicado revelador amargo del hundimiento de una familia proletaria entera en el autoabandono y la ausencia volitiva, al padece el desempleo y el subempleo eventual, cual lisiados morales y madre escarnecida, en planos estáticos e imágenes desnudas, aunque sin demasiada capacidad de impacto imaginativo ni pulsional.

Cualidades que desborda una reveladora sorpresa como La maestra de kinder del filósofo israelita en Paris formado Nadav Lapid, girando ahora sobre la amenazada y a fin de cuentas devastadora fascinación política que ejerce sobre una profesora bienintencionada el descubrimiento de un niñito de seis años con enorme talento para sacar en apariencia de la nada hermosos poemas maduros o comparables con los clásicos, apenas caminando en trance, una insólita capacidad sin lugar posible en el mundo actual, un genio innato que sólo sirve para ser saqueado vilmente o exterminado por la propia familia del pequeño, hasta que la buena mujer conozca un inédito gusto por la libertad total, secuestre al infante y merezca ser delatada por él mismo, luego de haber sido imitado por una narración de repente indirecta y superelíptica, heterodoxa por irremediable.

En Canciones del norte (Corea del Sur-EU-Portugal) se rinde imposible testimonio vivencial de la cotidianidad superficial aunque hipersensible en el país más hermético, misterioso y calumniado del mundo, esa Corea del Norte donde realiza una brillante incursión la joven cineasta neoyorquina Soon-Mi Yoo tomando como hilo de Ariadna las ubicuas canciones patrióticas rosadamente floridas tanto como los crueles dictum que lanza su padre inmigrante político de hace mucho, esa nación inasible en contrapunto con materiales de archivo de beatitud alucinante, ese extraño país tan elemental en apariencia cual frágil en acto, esa dictadura comunista que devino asiento todocontrolador de la dinastía de Kim Jong-Il ahora develada en un filme nada especulativo ni generalizador, pero estrellándose siempre con la evidencia de nunca poder dilucidar por qué lloran de emoción ante ti los niños norcoreanos.
Y por último, la cereza del pastel fílmico en la figura del multidimensional relato deambulatorio Corazón atómico de Ali Ahmadzadeh parecen darse cita los hallazgos de numerosos relatos prestigiosos iraníes contemporáneos para consumar el prodigio de transformar una desatada comedia pop en satírico fábula con revestimiento fantástico, girando literalmente en torno a una pareja de incallables chavas omnisospechosas de lesbianismo encubierto que durante una noche de parranda y canciones de People a grito pelado con un amigo presumiblemente gay, se niegan a ser bocabajeables cual niñita inerme de El círculo (Panahi 97), poniendo en irrisión a un discriminador policía temeroso de la naturaleza satánica de la música occidental e incluso a cierto intempestivo doble de Saddam Hussein, tornándose tododesafiantes en la impaciencia de un elevador exasperante al que no le es permitido cerrar y en el maniático encierro dentro de taxis a lo 10 de Kiarostami (02), para acabar derrotando al mismísimo diablo, en la persona de un George Clooney persa con calva de Mickey Rourke y orillarlo a su exultante suicidio desde una azotea, al amanecer de la conciencia femenina.

Premios
Integrado además por el exdirector del Bafici y crítico porteño con cinemateca propia en todos formatos antiguos (35mm, 16, 8, 9 1/2) acaso única en el mundo Fernando Martín Peña, el curador en jefe del Museo de la Imagen en Movimiento neoyorquino David Schwarz, el programador suizo-italiano del festival de Locarno aparte de escritor Carlo Chatrian y la joven realizadora-revelación neofelliniana del actual cine italiano Alice Rohwacher, el jurado internacional del que gozosamente hemos formado parte coincidió de manera abrumadora, o discrepó con diplomática vehemencia trasalpina, al conceder sus premios principales. Mejor película: la india Corte, involuntariamente secundado por el galardón de la prensa internacional Fipresci y el del jurado católico Signis. Mejor director: el israelita Nadav lapid por La maestra de kinder. Premio especial del jurado: ex aequo a la brasileña Ella regresa el jueves y a la sudcoreana-estadounidense-portuguesa Canciones del norte. Mejor actor: Vivek Gomber por Corte. Mejor actriz: Verónica Llinás por La mujer de los perros. Más una Mención especial al documental francés Una juventud alemana.