Opinión

Lo bueno de 'The Dark Tower' es que acaba rápido

 
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torre oscura

Al mero principio de The Dark Tower, dirigida por Nikolaj Arcel, una leyenda en pantalla advierte que nuestro universo está protegido por la gran torre del título y que sólo la mente de un niño puede derribarla. Ahí empezaron las dudas. ¿No pudieron construir una torre omniprotectora que tuviera una debilidad menos fácil de encontrar? ¿De veras lo único que evita nuestra extinción es un edificio que un niño puede tirar con sólo desearlo? ¿O más bien la leyenda apuesta por un simbolismo estilo Michael Ende: una suerte de elogio del poder imaginativo de la infancia? Desgraciadamente no. El texto en pantalla desaparece y vamos directo a una pirámide/cuartel donde unos malvados hombres rata colocan a varios chamaquitos en una silla para extraer su poder psíquico y así crear un potente rayo de luz que, literalmente, destruye la torre. El susto pasa rápido: todo lo que vimos es una pesadilla (¿o una visión?) de Jake (Tom Taylor), un joven terrícola que en dos minutos cumple todos los clichés del joven cuyos poderes especiales nadie comprende. Habemus padrastro malvado y bully en la escuela. ¿Un psicoanalista que lo atiende pero no cree en lo sobrenatural? Claro. ¿Un padre que murió en un accidente y lo dejó desamparado? Por supuesto. Más temprano que tarde, Jake da con un portal que lo transporta a otro planeta, donde conoce a las dos figuras que protagonizan sus visiones: el pistolero Roland (Idris Elba) y Walter (Matthew McConaughey), el malvado cerebro detrás de aquella pirámide donde exprimen niños para derribar la torre oscura.

Si el párrafo anterior los mareó entonces le hice justicia al abigarrado inicio de The Dark Tower, donde la falta de originalidad es el denominador común de una trama confusa hasta para los estándares de la fantasía hollywoodense. No satisfecha con crear un engrudo que mezcla pistoleros, ninjas, hechiceros, niños telepáticos y un posible apocalipsis, The Dark Tower también incluye a la leyenda del Rey Arturo, demonios que viven en los litorales del universo y criaturas capaces de asumir la forma de nuestros seres queridos. Para no quebrarnos la cabeza, lo mejor es desenchufar la lógica. De preguntas sin respuestas cualquiera en el público podría llenar un libro de Stephen King, autor de la serie en la que se basó la película (sus huellas están por todos lados). 

Perdonaríamos los excesos y la falta de coherencia si al mando tuviéramos a un maestro del espectáculo. Es una lástima, entonces, que detrás de cámaras esté Arcel, un cuate que tiene broncas hasta para emplazar conversaciones. Salvo por la última batalla, que abusa de la cámara lenta, las secuencias moviditas terminan abruptamente, como si una gran canción pop acabara antes del coro. Lo más
rescatable es ver a Roland, un pistolero de otro planeta, interactuando con nosotros los terrícolas. Lo demás tiene una ventaja: acaba rápido.

Si no pedí reembolso fue gracias a la presencia de Elba y McConaughey. Es cierto que, para cancelar este apocalipsis, Elba no se ve obligado a hacer nada distinto a lo que hizo para cancelar el apocalipsis en Pacific Rim. También es verdad que hemos visto mejores villanos interpretados por el propio McConaughey (si quieren ver a uno espeluznante recomiendo Killer Joe). Sin embargo, no cabe duda de que son dos supernovas, al mando de cada escena en la que aparecen, interpretando sus papeles sin que les tiemble la mano. La pena es que su calidad deje en evidencia la mediocridad que los rodea.

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