Opinión

Llámenle por su nombre: es una crisis

  
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PRI CUARTOSCURO

Nombrar es definir. El gobierno de la República se ha negado a nombrar la delicada situación que atraviesa el país. Lo mismo Gobernación que Hacienda recurren al eufemismo: para la administración peñista ni la renovada violencia ni los aumentos a las tarifas merecen ser nombradas en toda su dimensión, mucho menos explicadas. Como si las evasivas o el silencio hicieran menos lesivas esas circunstancias, como si transitaran de mejor manera si se les ve como asuntos incidentales. No hay tal.

No hace falta ser viejo para reconocer una crisis típica del PRI. Lo novedoso, quizá, es que en comparación con los actuales, los priistas de otros tiempos parecían menos reacios a encarar lo inevitable y formular soluciones, algunas veces –es cierto–, no necesariamente democráticas o de plano, autoritarias; pero el régimen echaba mano de política y fuerza para definir salidas, para trazar rutas.

Quizá sea que la administración Peña Nieto carece de la habilidad de la negociación. Surgidos de un modelo donde lo más sencillo era corromper a la oposición, el PRI mexiquense cooptó a panistas y perredistas. Así plancharon su camino las administraciones estatales de Arturo Montiel y del hoy presidente, desfondando a la oposición.

Al llegar a Los Pinos, Peña Nieto supo atender las ganas de matrimonio que le propusieron el PRD y el PAN. La agenda de reformas salió de los congresos pero su instrumentación quedó al garete. El Pacto por México fue un acuerdo de redacción de leyes, no un compromiso para el largo proceso que se requeriría para instalar nuevas reglas.

El éxito legislativo del Pacto por México hizo que el gobierno se creyera dueño de capacidades que sólo existen en su imaginario. La detención de la maestra no espantó a la CNTE, lo mismo que la rudeza en contra del doctor Mireles no genera gobernabilidad en Michoacán.

Para más inri de este gobierno, el inestable panorama internacional ha hecho del peso un trapeador y del barril de petróleo un negocio poco atractivo en tierras donde apenas se están licitando los campos a explotar.

De ahí que resulten lógicos los gasolinazos y las alzas en las tarifas eléctricas. Lo que no resulta lógico es que se hagan sin una explicación y sin dar muestras de que hay un plan que va más allá de sortear cada coyuntura.

Quizá el gobierno podría empezar por reconocer que fue un error hacer creer que tras llegar a Los Pinos podría desempolvar mecanismos que –suponían algunos ilusos– los panistas nunca supieron utilizar.

Sobre lo que sí podían y lo que no podían los gobiernos priistas, conviene revisar la lectura que Jesús Silva Herzog Márquez hizo del sexenio de Miguel de la Madrid. A los pocos días de la muerte de ese mandatario, en abril de 2012, Silva Herzog expuso que De la Madrid entendió que al recibir una presidencia luego de la estatización de la banca “tendría que preservar todos los pactos vigentes y restablecer los pactos rotos. Aquel sistema carecía, a todas luces, de límites formales pero estaba colmado de restricciones, contrapesos y adversarios”.

Luego de sus reformas –que rompieron pactos–, Peña Nieto apostó a que su guión era perfecto y no se preocupó por hacer nuevas alianzas.
Nombrar es definir. Y definir es indicativo de entender.

A tres semanas del Cuarto Informe de Gobierno, cualquiera que haya vivido en los ochenta reconoce lo que vivimos hoy: estamos ante una crisis típicamente priista. Salvo que esta vez el gobierno priista se niega ya no digamos a reconocerla, sino siquiera a nombrarla. Para mal de todos.

Twitter: @SalCamarena

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