Opinión

Linklater e Hidalgo: formando

I. EL CRECIMIENTO INTEGRAL. En Boyhood: momentos de una vida (Boyhood, EU, 2014), heteróclito filme 17 del texano de 54 años Richard Linklater (de un incipiente Es imposible aprender a arar leyendo libros 88 a la bombástica culminación de su célebre tríptico romántico Antes del amanecer/del anochecer/de medianoche 95/04/13), el carismático pequeño encantador Mason (Ellar Coltrane seductoramente superexpresivo) va a pasar tanto su infancia feliz como su adolescencia dichosa mudándose por todo el Estado de Texas, desarrollando y defendiendo contra viento y marea su gusto por la fotografía en detrimento de intereses más redituables, viviendo al lado de su inteligente madre multicasadera en dura lucha perpetua por abrirse campo como profesora universitaria de psicología cognitiva Liv (Patricia Arquette con ostentosos cambios hormonales), planteando líneas de fuga tensamente armónicas con su hermanita Samantha (Lorelei Linklater), estrenando hermanos postizos en las familias expandidas donde se incrusta mamá, saliendo a pasear sólo esporádicamente con su frustrado padre aspirante eterno a cantante country Oliver (el actor-fetiche linklateriano Ethan Hawke), experimentando tranquilamente sus primeras pulsiones sexuales, enamorándose y separándose sin demasiada agitación de la comprensiva alumna materna con quien se había sentido especialmente bien Sheena (Zoe Graham), hasta hacer culminar su crecimiento integral ingresando a la Universidad de Texas gracias a una beca obtenida con sus sensibles fotografías de tema comunitario.

El crecimiento integral lleva la placentera manía de trabajar con los mismos intérpretes en diferentes épocas de su vida (tipo Ethan Hawke y Julie Delpy en la mencionada trilogía seriada Antes de) a sus últimas consecuencias, consecuencias extremas no muy lejanas a las de los fascinantes documentales shocking de la checa Helena Trestiková que ha podido realizar veinte registros fílmicos a la vez durante décadas (del raterillo patético René 08 o de la drogadicta degradada Katka 10), o consecuencias históricas como las de la aquí desconocida Anna de los 6 a los 18 (94) del ruso soviético Nikita Mijalkov (preguntándole en cada aniversario a su niña a quién quiere más y a qué teme más), fijando Linklater ahora su atención sobre el niño de 6 años a quien durante casi tres horas se le verá crecer hasta los 18, en compañía de conocidos actores profesionales como Mamá y Papá, e incluso a la propia hijita del cineasta como la hermanita Sam, para ilustrar un relato prefijado en sus trazos generales pero no en sus detalles e incidentes específicos, o más bien una docuficción dirigida (con sólo 39 días líquidos de rodaje), un épico periplo de naturaleza intimista, un proyecto de original y apasionante desde su premisa misma para conmover con su sencillez de cien excepcionales maneras distintas, intenso en tono ínfimo e irrepetible, afirmándose como una de las cintas vívidas y viviseccionales más poderosas que se han acometido en la Historia del cine actual acerca del crecimiento humano y la formación de la personalidad, la autonomía e independencia de un individuo en particular, determinado por su época y circunstancia, singular y prototípico e irremplazable en todos sentidos.

El crecimiento integral se concentra, como su excelente subtítulo en castellano lo indica, en una colección de Momentos de Vida, nada más cierto ni veraz, ni menos detonante o glamoroso dentro del cine mainstream, ya que se trata de sabios momentos creados con base en la parca edición de Sandra Aidair permitiendo algunos planos inhabitualmente largos y en la sobria fotografía en relevos de Lee Daniel y Shane F. Kelly, sin virtuosismos narcisistas tipo Chivo Lubeski; momentos minimalistas que lanzan una mirada auténtica sobre seres auténticos para dar una impresión de autenticidad y realismo absolutos (“Bienvenido al basurero”, decía el compañerito de banca al nuevo alumno de su escuela primaria); momentos como el simbólico asedio de unas avispas inaugurales al chavito soñador por encima de los aflictivos efluvios cósmico-existenciales de El árbol de la vida (Malick 11), los trayectos por suburbia en bici, las discusiones de los padres atisbadas desde la ventana superior, el hojeo de los revistas sexomotivosas, el repudio democrático a las guerras antiraquís de los Bush, el boliche que se quisiera con topes para no salirse del carril, la almohada-barrera dentro del auto, el apego sedentario al Nintendo y a los videojuegos, las multas a papá por proferir malas palabras, la militancia casa por casa para la campaña emblemática de Obama sin dejar propaganda rival en pie, la visita a los bucólicos virgilianos nuevos suegros fanáticos bíblicos de papito al fin domesticado, los abusivos consejos amansadores de parientes y ancianos y patrones conservadores que se creen liberales, el agradecido progreso del albañil mexicano pese a su jodida condición inicial, los tímidos besuqueos en el auto fajoso, la bravucona competencia jactanciosa de los cuates machistas rompiendo tablas a puñetazos (“Záfate y las chavas harán cola para chupártela”), el obsequio de una escopeta hereditaria al cumplir los 15 años, el crucial descubrimiento de que “Mamá está tan confundida como yo”, las inesperadas vicisitudes irónicas del “No me importa lo que piensen los demás” como firme divisa vital, el reconocimiento de que no debes poner en nadie tu autoestima, y los mil y un abrumadores festejos y brindis y orgullos familiares por conseguir entrar en la UT; momentos que fundamentan y orientan al tiempo que son observados y observan; momentos alimentados con imperceptibles elementos reveladores, séase los tótems-souvenirs traídos de Alaska y un pajarillo muerto, o el cabello femenino teñido de rojo frenesí y las uñas masculinas pintadas de morado, como en la monumental crónica-saga fundacional germana de Edgar Reitz (Heimat 84-14 y los que aún le faltan); momentos que se aprovechan del proverbio latino del Aprovechamiento del Momento, momentos que conducen a la idealización y al goce del Orgasmo del Momento, momentos que conscientemente atrapan la conciencia, haciendo autoconscientemente confluir todos los tiempos ahora mismo.

Y el crecimiento integral genera una ficción de petit auteur, curiosamente postruffautiana, verborrágica, dulcecita, ligera en apariencia, romanticona medio decepcionada medio jubilosa, compleja y contradictoria por la suave, estoicamente lírica y tierna, en torno crecimiento de un joven y a su educación para perennidad de los valores viriles, los nuevos valores viriles estadounidenses tangenciales al feminismo radical y todavía apanicadamente homofóbicos, los valores viriles dizque universales e inamovibles, gringos hasta las cachas, hasta el tope avanzado, hasta el vértigo, la náusea y el alucine, aunque paradójica pero ejemplar y significativamente su personaje de mayor relieve a fin de cuentas será esa patética madre mal situada que se la pasa saltando de un autoritario galán alcohólico a otro, trátese del nómada padre biológico de los hijos esencialmente fallido o del exigente posesivo Tommy (Elijah Smith) o del patriarcal profesor pavloviano vuelto controlador hipócrita Welbrock (Marco Perella) o el exsoldado al rape tiranuelo porque paga las cuentas Jim (Brad Hawkins), para luego quitárselos de encima y salir huyendo de ellos cargando con sus críos a otra ciudad porque en definitiva Alicia ya no vive aquí (Scorsese 74) y acabar azotándose con la temible soledad anunciada por el vislumbrado envejecimiento ya palpable (“Creo que te estás anticipando 40 años”), mientras el privilegiado héroe Mason aterriza en la Universidad de todos tan deseada para salir ipso facto de excursión idílica con sus nuevas amistades y esbozar con la linda aprendiz de coreógrafa Nicole (Jessi Mechler) la melancolía del eterno retorno a la engendrada pareja engendradora.

II. LA POSESIÓN RABIOSA. En Del amor y otros demonios (Costa Rica-Colombia, 2009), diáfano debut de la documentalista costarricense de 39 años en el cubano San Antonio de los Baños formada Hilda Hidalgo (cortos La niña en los naranjos 91, Sacramento 93 y La pasión de Nuestra Señora 98; documentales Bajo el límpido azul de tu cielo 97, sobre mujeres infanticidas, y Polvo de estrellas 01), con guión suyo basado en la novela homónima del colombiano Gabriel García Márquez que se ambienta en la fortificada ciudad de Cartagena de Indias del siglo XVIII, la doncella treceañera de larga cabellera roja Sierva María (Eliza Triana) tiene por fatalidad como padres al decadente Marqués de Casalduero (Joaquín Climent) y a la deleznada mórbidamente enfermiza Marquesa Bernarda (Margarita Rosa de Francisco), pero ha sido educada por fortuna sensual en la interdicta santería de las esclavas africanas a su servicio y está deseosa de conocer a qué saben los besos, cuando es mordida en el atrio de la catedral por un perro rabioso que la contagia de hidrofobia que en aquel entonces era confundida con la posesión diabólica, por lo que se le impide ser curada por el doctor con tendencias racionalistas Abrenuncio (Damián Alcázar) y mejor se le recluye prácticamente como prisionera en el convento de Santa Clara gobernado en forma autoritaria Abadesa semirrebelde (Alina Lozano), por indicación del blandón dubitativo señor Obispo (Jordi Dauder), quien comisiona a su enciclopédico pupilo favorito aspirante a bibliotecario vaticano Cayetano (Pablo Derqui muy convincente como treintón estoico prematuramente seco) para encargarse de exorcizar a la muchacha, aunque, en vez de ello, la libera de sus grilletes y la atiende con devoción, dejándose obseder por sus cabellos bermellón en húmedos sueños despiertos, a causa de los cuales, pronto confesados, se le releva de su fracasada tarea, más poco importa porque, habrá de visitarla clandestinamente de noche en su celda, enamorado de ella y bien correspondido, hasta ser descubierto por una sigilosa espía delatora Sor Águeda (Martha Lucía Leal) y enviado a pudrirse misericordiosamente en un leprosario, mientras su indefensa amante es puesta en manos del Santo Oficio.

La posesión rabiosa lanza una intempestiva mirada femenina al obsesivo tema narrativo viril de la desvirgación de menores que habría de culminar de manera senecta en Memorias de mis putas tristes (tan decrépitamente filmada por el danés Carlsen 11), ahora sin desligarse de una severa perspectiva histórica-crítica, no por désuète y desalentada menos vigente o intemporal, con un enfoque comprensivo y enternecido a la vez que dulce y vehemente en la conciencia de sus aberraciones, muy bien apoyado por la fotografía tenebrista de Marcelo Camerino, por una edición morosamente sabia de la mexicana Mariana Rodríguez y por una música para flauta o guitarra solistas del compositor tico Fidel Gamboa reducida a tenues filamentos sonoros enormemente tristes, en brutal contraste y comentario con la presunta dureza pasional del sentido.

La posesión rabiosa vale menos por su tema literario o por sus variaciones y nuevas astucias narrativas que por la paciente glosa estrictamente cinematográfica que de ellos ofrece, de igual modo que en un campo musical filosófico-schoenbergiano lo hiciera ópera postserial del húngaro Peter Eötvös casi a simultáneo cronológico, puesto que Hidalgo sustenta su filme en mínimos pero poderosos momentos epifánicos como las humeantes ofrendas lactosas al lado de hamacas y salamandras, la profusión de heridas abiertas y llagas femeninas, las sesudas discusiones circulares sobre la teología de Leibniz frente a la mística condenada del Meister Eckhart con altiva vista panorámica a la inmensidad caribeña, una soledad íntima en imágenes hiperrealistas tan cercanas al Amor de perdición (75) como a la Palabra y utopía (00) del vetusto eterno Manoel de Oliveira, las tremebundas visiones famélicas de la isla de los leprosos, la ignominia infestada de las amenazantes procesiones religiosas y un transformismo amatorio adolescente que ora se cree Romeo y Julieta o se descree Orfeo y Eurídice o se torna a creer Eros y Psique, alternativamente o al unísono.

Y la posesión rabiosa comienza con la regia efigie trenzuda de espaldas de una muchacha y concluye con la feroz muerte en el exorcizador tormento inquisitorial de la misma chica cruelmente tuzada en vivo cual Maria Falconetti en la obra maestra de Dreyer (La pasión de Juana de Arco 29), pues en realidad sólo se estaba narrando aquí la animista vida propia de unas trenzas, pero no las de una doncella que cursilonamente “murió de amor” y cuyo cabello siguió creciendo post mortem dentro de su cripta hasta alcanzar los 22 metros de longitud, como en la novela original, sino las trenzas que desataban la lujuria del monje erudito y el paralésbica contemplación-espionaje voyeurista de una monja ubicua, las trenzas de la manda religiosa y la simbólica mutilación transferida, las trenzas cuya presencia sobre el estanque onírico sustituían al leit motiv de la flama de una vela encendida en el fondo de las aguas por el deseo sumergido, las trenzas ahora visitadas por mariposas cual pretendiendo anidarlas como un rosario magnífico, las trenzas de la melancólico responso nostálgico de lo no vivido, las trenzas de un tenebroso romanticismo por fin sobreexpuestamente solar hasta difuminarse autorremordido.