Opinión

Liderazgos que destruyen la paz

 
1
 

 

Donald Trump pidió que se repitan las elecciones en Iowa. (Reuters)

La forma en que se está desarrollando el proceso electoral en Estados Unidos, particularmente por las expresiones de Donald Trump, subraya un hecho: la importancia que tiene el comportamiento de los líderes para acotar violencia de sus seguidores. Hay que recordar que, por naturaleza, los humanos no conviven pacíficamente con otras personas que sean diferentes. Diferencias raciales, religiosas, económicas, culturales y políticas son los que llevan a que sociedades, países y continentes busquen exterminar a aquellos que contrastan.

Mi experiencia con la violencia y guerra civil abarca varios continentes. Estuve trabajando cinco años en Colombia (1990 a 1995), un país que se clasificó en un momento como una nación fallida, y la violencia entre el gobierno y grupos guerrilleros fue literalmente una guerra civil que en un momento dado podía haber resultado en la división de Colombia como país. Un país que sí desapareció por odios religiosos y raciales fue Yugoslavia durante las Guerras Bosnias, y viajé a lo que fue la capital multiétnica y multirreligiosa de Sarajevo en 1996 y presencié cómo, aunque en papel había culminado la guerra, vecinos seguían matándose entre sí. También durante mi viaje a Beirut en 1997, la violencia de la guerra estaba reflejado en una gran parte de la ciudad, que en su momento se le había considerado como uno de los más bellos y sofisticados en su momento –dejando destrucción y muerte por una guerra religiosa que los libaneses perciben que fue promovido por actores externos a su país.

Presenciando y visitando países en guerra es probablemente la única forma de entender la profundidad de los odios y la violencia que surgen por lo que se percibe como diferencias, que después se traducen en que familiares, amigos y vecinos estén dispuestos a asesinarse entre sí. También uno aprecia mucho más lo que significa vivir en un país donde existe relativa paz.

La diferencia entre un país democrático, en donde se abre la puerta para vivir la violencia de una guerra civil de una paz que logra controlar la naturaleza humana que rechaza aquellos que son diferentes, tiene que ver con la capacidad y la responsabilidad de sus líderes. Porque en un sistema autoritario el control se trata de ejercer haciendo uso de la fuerza. En una democracia, es la capacidad política y de sus líderes que permiten esa negociación constante entre estas diferencias.

Por eso el lenguaje de odio y división que promueve Donald Trump en su campaña sorprende y horroriza. Estados Unidos es un país multiétnico y multirreligioso, donde se hablan diferentes idiomas y hay varios niveles económicos. Lo que permite que convivan todas estas diferencias no es un sistema autoritario que exige esta convivencia, sino un sistema político, económico y cultural que permite que convivan todas estas expresiones.

El pegamento de una sociedad con tantas diferencias es el ideal de que, si se trabaja con ahínco, la calidad de vida de los hijos será mejor, de que hay un sistema político moderado que permite estas expresiones de diferencias y un sistema de justicia relativamente funcional en donde las reglas del juego se respetan y todos son 'iguales ante la ley'. Y esta justicia se aplica aun a los más poderosos –botón de ejemplo es Richard Nixon.

Lo terrible del discurso de Donald Trump es que busca romper con este esquema que ha mantenido una relativa paz social en Estados Unidos atacando a todos aquellos que se perciben como diferentes racialmente, alimentando aquellos aspectos de la naturaleza humana que le temen a estas diferencias y que buscan 'justicia' política y económica ante la percepción de aquellos que son diferentes son culpables de sus problemas. Hay diferentes ejemplos históricos donde este lenguaje de odio, en busca de chivos expiatorios, resultó en violencia, guerra y destrucción.

El dilema es que el mismo sistema democrático protege el discurso de odio que promueve Donald Trump, pero también abre la ruta para callar estas voces violentas mediante el voto. Y esto es una lección que la clase política, económica y social mexicana debe de entender, porque el abrir la puerta y promover el odio como instrumento político para llegar al poder puede tener consecuencias graves, inclusive de gobernabilidad para un país como México.

Más allá de que Donald Trump sea el siguiente presidente estadounidense, el tiempo que dure el impacto de su legado de odio dependerá en gran parte del liderazgo que puedan ejercer futuros gobernantes en Estados Unidos para acallar esta naturaleza humana que rechaza el cambio y las diferencias.

Twitter: @Amsalazar

También te puede interesar:
Enfrentando al 'bully'
Sin definir, 'supermartes'
El 'elefante blanco' en la sala