Opinión

Liderazgo jurásico 'reboot'

¿Cómo será recordada la administración de Enrique Peña Nieto? ¿Será recordado Peña Nieto como el presidente que encauzó al país a la modernidad, implementando varias de las reformas estructurales que permitirían un crecimiento constante del país, que se traducirían en la reducción de la pobreza extrema y el crecimiento de la clase media, pacificando aquellas regiones del país infestadas por el crimen organizado y cambiando la forma de hacer política en México?

¿O pasará a la historia como un presidente incapaz de controlar a los políticos jurásicos de su partido, que creó muchísimas expectativas, pero que fue incapaz de cambiar el rumbo político y económico del país, dejando como legado un México aún más violento, más desigual y más pobre?

México se encuentra en una encrucijada histórica con posibilidades de despegar hacia el Primer Mundo o continuar en una mediocridad peligrosa. Las reformas estructurales y las políticas macroeconómicas se han traducido en “entusiasmo de los extranjeros y desconfianza de los mexicanos”, señaló la revista The Economist, además de pesimismo, probablemente fundado en la desconfianza histórica que tenemos de la clase política. Todas la mañanas nos despertamos con datos confusos y contradictorios que señalan para algunos que vivimos el mexican moment y para otros que estamos iniciando el camino a las ultratumbas del infierno de Dante.

Cuando uno estudia cómo un país pudo transformarse, la historia nos enseña que mucho tuvo que ver la capacidad de liderazgo de sus gobernantes que pudieron escoger extraordinarios asesores, herramientas para promover consensos para el cambio, capacidad de enfrentar emergencias, tomar decisiones en situaciones de crisis y, sobre todo, tener credibilidad ante el pueblo.

Y lo que más impacta la credibilidad de cualquier gobernante es la corrupción y la impunidad. En el caso del presidente Enrique Peña Nieto, aún si lograse cumplir con todas las promesas y objetivos, si gobierna en un sexenio donde continúe prevaleciendo la corrupción o se perciba como un gobernante frívolo y desordenado, esto claramente le robará la credibilidad que necesita para gobernar, aunque sea eficaz en otros en aspectos.

La impunidad es el otro enemigo de la credibilidad. El no castigar a los corruptos, para la reputación del gobernante, implica lo mismo que ser corrupto. Y esto es especialmente un tema urgente para el presidente Peña Nieto ante la realidad de que la única forma de entender cómo el crimen organizado invadió el país es que fue a través de gobernantes corruptos que no han sido castigados por la muerte y violencia que permitieron, a cambio de ganancias personales.

Claro que esto no sólo aplica al presidente y a su equipo. Hoy más que nunca lo que urge en México son gobernantes con credibilidad. [Pero] con la transparencia en que viven y trabajan [algunos] gobernantes, esto es una cualidad difícil de cumplir porque cada aspecto de su vida debe tener cierta congruencia que además se deberá reflejar en su familia, allegados y asesores.

Todavía sigue sorprendiendo cómo continúan comportándose los gobernantes, su equipo y sus familias, en un mundo donde existen Youtube, Facebook y Twitter. Pero el problema no es sólo que presuman sus frivolidades, bienes mal habidos y actividades poco éticas; lo grave es que en la mayoría de los casos ni les pasa por la cabeza que son corruptos o criminales. Para muchos es un problema cultural y [piensan] que es la forma “normal” de actuar de la clase política y de sus allegados.

Es más fácil encontrar ejemplos históricos de liderazgos catastróficos que hay que evitar, que buenos líderes que hay que imitar. La profesora de Harvard, Barbara Kellerman, nos recuerda en los primeros capítulos de su libro Bad Leadership que la naturaleza humana es portarse mal; por lo tanto, concluye que no podemos asumir que los líderes se portarán bien. Este comentario en sí, aunque simple, tiene que ser uno de los principios básicos de todo líder. Asumir que el instinto de los que lo rodean es portarse mal, muy mal.

La posibilidad de ser recordado como el general Santa Ana "el traidor", o como Richard Nixon "el mentiroso", o como Miguel de la Madrid "el incompetente", o Radovan Karadzic "el genocida", o Boris Yeltsin "el alcohólico", debería de asustar a cualquier líder y buscar evitar ser parte del hit parade de los líderes odiados y señalados en los libros de historia. Pero lo que nos recuerda Bad Leadership es que parece más fácil ser un mal líder; ser líder extraordinario es la excepción.

Twitter: @Amsalazar