Opinión

Libia, ¿la tercera provincia del califato 
de ISIS?

11 febrero 2016 15:22
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Siria

Libia es junto con Iraq otro ejemplo contundente del fracaso de las políticas que buscan imponer desde el exterior la democracia en otros países. Las intervenciones de las potencias occidentales son criticadas por muchos motivos, pero principalmente porque se pone en duda su efectividad. El país norafricano probó su “primavera árabe” cuando en 2011 se levantó la población en contra del general Muamar Gadafi. Después de casi ocho meses, los bombardeos de la OTAN ayudaron a los rebeldes a obtener la victoria final, que concluyó con la ejecución del tirano. Sin embargo, desde hace cinco años no ha habido un gobierno central capaz de imponer el orden y el país vive una guerra civil, agravada por la expansión de ISIS a Libia.

El caos ha hecho prosperar a grupos armados que se apoderaron del arsenal del dictador tras su caída. Primero, los grupos leales a Gadafi que buscan sobrevivir la nueva era. Segundo, los criminales que se dedican al tráfico de armas, de drogas y de personas que tienen en el desierto libio el centro de sus actividades. Tercero, los guerrilleros yihadistas afiliados al Daesh (o Estado Islámico), con un contingente multinacional (entre sudaneses, nigerinos y yemeníes) que se estima en más de 6 mil efectivos. Estas milicias ponen en riesgo la existencia del país y la estabilidad de la región. Los vecinos norafricanos de Libia toman medidas para evitar la expansión de los conflictos que padece Libia: Túnez construye un muro en varios tramos de la frontera, Argelia y Egipto han desplegado sus ejércitos a la frontera y buscan junto con la ONU, promover un gobierno de unidad.

El panorama se volvió aún más complejo hace casi dos años, en julio de 2014, cuando estalló un conflicto entre dos facciones rivales que buscan consolidarse como el gobierno legítimo. El primer grupo, de filiación islámica, tiene sede en la capital del país, Trípoli. El segundo, emanado de las ultimas elecciones, se encuentra en la ciudad de Tobruk. Mientras que el gobierno en Trípoli controla el Banco Central de Libia y la Compañía Nacional de Petróleo, el segundo alberga al Parlamento, dirige el ejercito y cuenta con el reconocimiento internacional. Cada “gobierno” está más preocupados por ganarle al otro que por enfrentar las amenazas de los yihadistas.

ISIS ha perdido control territorial en Iraq y Siria, debido a los ataques aéreos, por lo que busca en otros países petroleros recursos para financiar el “califato”. Aprovechando la falta del gobierno en Libia ha tomado control de la ciudad de Sirte y de aproximadamente 250 km de la costa. Ha atacado instalaciones petroleras y puertos y extendido su zona de influencia en el norte de África. Los principales dirigentes de ISIS se han desplazado a Libia, para operar sus centros de operación, comando y control en relativa tranquilidad.

Europa tiene ahora en la otra costa del mediterráneo la amenaza de un grupo terrorista trasnacional y una nueva crisis de refugiados en puerto. Por eso, el presidente Barack Obama analiza intervenir en el conflicto, a instancias de sus asesores militares, pero mantiene su reticencia tradicional a desplegar más tropas. El desafío que tiene como líder de una coalición internacional es encontrar el justo medio entre embarcarse en otra campaña antiterrorista en su último año en la Presidencia y prevenir la expansión del Daesh al Mediterráneo central.

Los libios tenían la esperanza de que la caída del régimen autoritario traería un mejor futuro. Un ciudadano libio, que vivió el exilio durante el gobierno de Gadafi, me dijo que le daba esperanza que las elecciones parlamentarias hubieran sido democráticas –por primera vez en la historia de su país– y que trajeran aparejadas libertades elementales. Sin embargo, todavía pesan los peligros de la desintegración del país. La vida cotidiana de casi todos los habitantes está completamente suspendida –por ejemplo varias escuelas en las zonas en conflicto han cerrado– y las perspectivas de que mejore en el corto plazo son pocas.

El 2 de febrero de este año, Estados Unidos y una coalición de 22 países acordaron apoyar la formación de un gobierno de unidad nacional, con sede en Trípoli. Al día de hoy está por definirse el tipo de intervención que pueda tener mayores posibilidades de ser exitosa sin causar mayores daños y que permita que los habitantes de ese país tomen las riendas de su futuro. Un destino hoy inexistente para los ciudadanos de Libia.

Twitter: @lourdesaranda

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