Opinión

Libertarios en fuga

  
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trump

Donald Trump consiguió la candidatura en circunstancias únicas. El partido estaba sumido en el derrotismo; dividido en bandos irreconciliables; confundido en sus propuestas; incapaz de convencer a un electorado desengañado de los políticos. Ninguno de los otros dieciséis aspirantes a la nominación logró despertar el interés de los que tradicionalmente votan por los Republicanos y difícilmente hubiera derrotado a Hillary Clinton.

El magnate, despreciado por todos al principio, se fue convirtiendo en una opción creíble. Una salida desesperada, un mal menor frente a la posibilidad de ocho años más de gobierno Demócrata. A regañadientes y con reservas, las corrientes lo fueron aceptando al ver que conectaba con la gente y mejoraba los niveles de participación en las elecciones internas.

Sin embargo, casi todos pintaron su línea respecto a sus posiciones más radicales y no pocos se deslindaron de sus malos modos y de sus excesos racistas y misóginos. Incluso en la Convención de Cleveland fue patente que los oradores que con mayor entusiasmo lo respaldaron fueron personas ajenas a la política. No obstante ser el gobernador anfitrión, John Kasich ni siquiera se apareció. Marco Rubio lo hizo a través de un video y Ted Cruz, que si fue, nunca lo mencionó por su nombre y dijo a los asistentes que votaran en conciencia. En las primarias Trump sólo recogió el apoyo del 45% de los votantes y en la Convención apenas sumó al 70% de los delegados.

Las tendencias más escépticas fueron las del Tea Party y la de los Libertarios, ideológica y políticamente muy cercanas entre ellas, al grado de que varios de sus miembros se identifican con ambas. Fueron quienes menos se involucraron en la campaña y, por ello, son los que menos posiciones están obteniendo en el gobierno. Es previsible que la coalición que respalda las iniciativas presidenciales en el Capitolio empiece a desmoronarse por ese lado.

HACIA EL ROMPIMIENTO 

Tarde o temprano, los Libertarios se distanciarán del Presidente. Para entenderlo, basta recordar que el ideólogo más importante de esa doctrina, Ludwin Von Mises, fue toda su vida enemigo del nacionalismo y partidario del libre comercio y la libre migración. Fue el mismo un migrante que tuvo que abandonar su natal Austria cuando Hitler acabó allá con la democracia.

En su libro “Gobierno omnipotente”, escrito en 1944, cuando ya eran evidentes los horrores del nazismo y el estalinismo, Mises describe el mundo ideal de los Libertarios (subrayados míos): “Los medios de producción son de propiedad privada y el gobierno no interfiere en los mercados. No hay barreras comerciales. La gente vive y trabaja donde quiere. Las fronteras están en los mapas pero no estorban el movimiento de las personas o las mercancías. Los nativos y los extranjeros gozan de los mismos derechos. El Estado no es una entidad metafísica sino simple proveedor de seguridad y paz, que se limita a proteger la vida, la salud y la propiedad. Los funcionarios son mortales como todos, no seres superiores o figuras paternales con derecho a tutelar a las personas. Los tribunales son independientes y efectivamente protegen a todos contra la intrusión de los burócratas”.

En ese marco, hay muchas decisiones de Trump con las que los Libertarios están plenamente de acuerdo: reducir los impuestos y el gasto público, eliminar regulaciones, sobre todo las ambientales; mantener el derecho a poseer y portar armas. Hay otras que les molestan pero más o menos las podrían tolerar, como conservar algunos programas sociales y promover la modernización de la infraestructura.

Sin embargo, el núcleo fuerte de su filosofía, la libertad irrestricta, se está viendo cada día más comprometida por las políticas de esta administración.

Creen firmemente que debe importarse o exportarse sin impedimentos y rechazan cualquier forma de proteccionismo. Para ellos no es aceptable que el gobierno le dicte a las empresas que hacer con su capital, donde poner sus plantas o a quien contratar; o que le diga a los consumidores que sí y que no comprar (“hire american, buy american”). Tampoco que se impida la entrada de extranjeros al país, se violen sus derechos civiles o se les expulse. Y mucho menos, que se gobierne con decretos, dándole la vuelta al Congreso y desafiando a los jueces.

La ruptura es cosa de tiempo… y la podríamos aprovechar.

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