Opinión

Lecciones de un rey a un presidente

El rey Juan Carlos se ganó su lugar en la historia. Fue un factor crucial para la modernización de España.

Cuando Franco lo designó para sucederlo, tal vez el dictador pensó en conservar el statu quo. No fue así.

Luego, cuando las fuerzas conservadoras se levantaron, el rey dio su voto a la democracia y al progreso. Respaldó la vocación europea de España y prestigió por largo tiempo el rol de la monarquía.

Pero, era humano: flaqueó al final.

No pudo mantener la altura de jefe de Estado en una España en crisis. Y vino la debacle. Se fue a cazar elefantes a Botswana mientras la mitad de los jóvenes españoles estaba sin empleo.

Su abdicación es, en realidad, sólo la consecuencia de esa debacle.

Bastaba con volver a los orígenes. Con escuchar las demandas de la dolida sociedad española. Pero no pudo hacerlo. Su tiempo pasó.

¿Qué lecciones puede aprender un país republicano de la suerte del rey de la madre patria?

Muchas. Como en España, en México también estamos en transición.

Por décadas, tuvimos a un presidente que tenía más poder efectivo que el del rey de España.

Pero se acabó.

Sin embargo, persisten tanto las nostalgias como la sensación de culpa.

Hay funcionarios que quieren sentirse como en monarquía: a salvo de los juicios de los plebeyos. Total, los personajes de la calle ni siquiera entendemos bien las pretensiones de quienes manejan los hilos del poder. No comprendemos que hasta lo que parece malo es por nuestro bien.

Pero, en el extremo, también están los impulsos de los que no pueden moverse sin la aprobación de todos. Algo así como el “complejo del Pacto” que trae el riesgo de quedarnos estancados, o limar las reformas al grado de no dejarles nada del filo que deben tener.

Obviamente, en México, el jefe de Estado no puede abdicar. Y, salvo casos verdaderos, ya tampoco puede “renunciar por motivos de salud”, como se estiló por años entre los gobernadores y secretarios.

A diferencia del rey, Peña Nieto tiene en sus genes el instinto de la política. Ese es su gran mérito. Es decir, la capacidad de sacar adelante proyectos y propuestas, y concitar respaldo.

Hoy, lo que tiene que garantizar es que las reformas pendientes no se queden en el aire, que aterricen bien y con fuerza.

Que no corran la suerte de la reforma educativa, que mientras más detalles conocemos, más diablos encontramos.

Ahora, en la de telecomunicaciones, pareciera que hay la tentación de echarse para atrás en algunos términos de lo que quedó en la Constitución, debido al temor que infunde la fuerza de un personaje como Carlos Slim.

En la energética, el error que podría cometerse es no escuchar. Es imaginar que está tan bien hecha y que no requiere cirugía, cuando quizás necesite una remodelación fuerte si de verdad se quiere que sea atractiva para la inversión privada.

Ojalá no haya un “elefante de Botswana” (hablando metafóricamente desde luego) que marque la debacle.

Hoy es la ocasión de aprender.

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