Opinión

Las vueltas del tiempo

  
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Fidel Castro

Por muchos años en medios informativos del mundo se preparó y se tuvo lista la semblanza para publicar y transmitir a la 'muerte de Fidel Castro'. Desde mediados de los años 90, televisoras y periódicos tuvieron preparadas piezas biográficas, alcances, logros y revisiones históricas del personaje. Por más de dos décadas, tuvo que ser actualizada con cierta regularidad.

El hombre, el líder, el revolucionario, el estadista cautivador y carismático, el de los discursos eternos y de la energía inagotable, había desaparecido ya desde hace casi ocho años de la escena principal en Cuba, en el mundo, pero ahí estaba, disminuido, como un anciano que se conservaba como referente histórico.

Ese mismo, el tirano, el caudillo, el dictador implacable que no permitió la más mínima oposición, que aplastó todo ejercicio de libertades sociales, políticas, mediáticas y hasta intelectuales. ¡Qué difícil!, el balance equilibrado de Fidel Castro. Para sus millones de nostálgicos seguidores y simpatizantes en el mundo, el ícono emblemático de la izquierda latinoamericana en el siglo XX. Para sus detractores, los millones de cubanos que abandonaron la isla y crearon su propio país en Florida, fue el tirano brutal que arrebató los destinos de su patria e impuso su propia visión del mundo contra viento y marea.

Fidel el ícono, el símbolo, el revolucionario idealista que pretendió convertir en régimen el cambio social que desmontó una dictadura, para instalar trágicamente otra, pero con perfil ideológico distinto.

Su muerte física nos obliga a una reflexión sobre el fin de las izquierdas en América Latina. Especialmente, el término de un ciclo, agotado, desgastado, entreverado con el populismo nacionalista que vende y promueve banderas y premisas de equidad, de igualdad social y económica que después se estrella en un estrepitoso fracaso. Es decepcionante para quienes pensamos que los gobiernos y los regímenes, deben orientarse a la promoción de la igualdad social, del balance económico, del impulso y la nivelación por el Estado de los desequilibrios que produce la economía de libre mercado. Es trágico, porque se convierten en aparatos de propaganda ideológica, que repite premisas de una dialéctica impecable, incluso imbuidos de una moralidad ética incuestionable, pero que son impracticables en la realidad social, política y económica.

Ahí tiene usted el fracaso económico de los Kirchner en Argentina, de las dificultades que la muy respetable y admirable Michelle Bachelet libra en Chile por segunda vez. Los excesos de Chávez, la debacle de Maduro, las vergüenzas de Evo Morales y de Correa y el impresentable Daniel Ortega en Nicaragua. ¿Qué les hace pensar a algunos de estos líderes de una izquierda que pretende impulsar el cambio y el equilibrio social, que se tienen que perpetuar en el poder? ¿Qué les hace creer que su visión del mundo tiene que imponerse por la fuerza, sin el beneplácito de los electores en comicios libres? ¿Fue el ejemplo de Fidel y su descomunal tozudez en un gobierno-régimen que suma 58 años en el poder? ¿Fue esta obsesión de 'reeducar' al pueblo, como han pretendido muchos de estos profetas de la igualdad inalcanzable?

Lula da Silva y Dilma fueron tal vez quienes más se aproximaron a un crecimiento económico igualitario, al extraer de la pobreza extrema y proyectar hacia las clases medias a más de 20 millones de brasileños. Lo hicieron dentro del marco democrático, dentro de la institucionalidad de la ley. En retrospectiva, después de su caída y los escándalos de corrupción, reconocemos a políticos tan frágiles y débiles como a quienes acusaron de lo mismo en el terreno contrario.

Los líderes revolucionarios (Fidel, Chávez, Ortega) acabaron convirtiéndose -¡Oh blasfemia!- en versiones deformadas de aquellos a quienes combatieron, a los dictadores que derrocaron, contra las ideas, premisas y estructuras que arrebataron las libertades previas a sus regímenes impuestos y falsamente liberadores. Fue el trueque idealista de una imposición por otra.

Las vueltas del tiempo lo corroboran. Ya desde finales de los nostálgicos años 70, cuando Fidel en toda su gloria y su potencia era el líder del mundo 'no alineado' –otra falsedad porque estaba más que sometido al poder soviético– se sabía que la Revolución cubana como instrumento de equilibrio e igualdad social había fracasado.

Pero la necedad se impuso, el ejercicio del poder la realpolitik arrolló a todo idealismo ético y moral. El faro de la 'libertad revolucionaria' se construyó desde la isla caribeña como un enorme mito que cautivó a las juventudes de generaciones enteras.

Primero cayó la Unión Soviética, desapareció la 'Troika Pérez' cubanizada, que la desaparición de Fidel o la aceptación de que los modelos quinquenales y los planes especiales fracasaron una y otra y otra vez.

Con Fidel se va una época entera, se va el sueño de reconstrucción social quimérico, una ilusión para la exportación de las revoluciones. Las izquierdas de América Latina traen unos 20 o 25 años de retraso
–algunos dicen que más– en la reformulación de sus propuestas, en el rediseño de modelos económicos que, de forma auténtica, distribuyan equitativamente la riqueza. Las versiones conocidas hasta ahora han fracasado junto al sueño de sus caudillos y el sufrimiento de sociedades reprimidas, censuradas, aplastadas y encarceladas por un aparato ideológico.

Twitter: @LKourchenko

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