Opinión

Las odiosas comparaciones

 
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Cada renovación del ejercicio de la función pública, desde la perspectiva presidencial, constituye una invitación a la reflexión, al análisis comparativo y a la disertación en torno de los distintos escenarios en que el país podría encontrarse según los caminos elegidos y andados, siempre en función de las alternativas que la historia fue develando ante nosotros.

El estudio serio y profundo de los antecedentes y consecuencias de la alternancia republicana, constituyen un elemento primordial de la ciencia de la historia, cuya metodología y fines conforman un pilar esencial sobre el cual se apoya el conocimiento democrático de nuestro pasado y la identificación de los pasos que deberemos seguir para encontrar un mejor futuro.

No pretendería en modo alguno que este ejercicio empírico de recopilación de antecedentes y vivencias nacionales contemporáneas, que hoy ocupa este espacio y su tiempo, se calificara como una comparación histórica; más bien se trata de una remembranza cuyo objetivo consiste en hacer alusión a curiosas coincidencias, que bien pueden tomarse en consideración para predecir, anticipar o evitar posibles contratiempos.

El secretario Videgaray empeñosamente se refería la semana pasada a diversas similitudes curriculares que él encontró entre el Presidente Elías Calles y el hoy precandidato José Antonio Meade, reflexión discursiva que fue vista por algunos como un rompimiento de los protocolos partidistas, que seguramente dio lugar a esa visible llamada de atención que lo llevó a acotar su elocuencia el día siguiente.

Un ejercicio similar nos ha venido a la mente con relación a dos figuras presidenciales de mucho mayor vigencia, en un proceso de alternancia en el que encuentro grandes similitudes con relación a este que podríamos estar por presenciar, si el abanderado del PRI fuera efectivamente nuestro recién salido Secretario de Hacienda y, además, ganara las elecciones del año entrante.

Después de un ejercicio de apariencia democrática que perseguía terminar con la añeja práctica del destape, el presidente de la Madrid presentó al Licenciado Salinas de Gortari como un candidato joven, formado en la cuna del más arraigado priismo, con preparación en el extranjero, que conduciría a México en la senda del progreso económico y social.

Sin lugar a dudas, la Presidencia del licenciado Carlos Salinas implicó una gran transformación del país, al haber sido el auténtico diseñador de un nuevo modelo económico que proyectó a México hacia el extranjero, no sólo mediante múltiples reformas al texto constitucional que sobreviven hasta la fecha, sino también, por sobre todas las cosas, por haber tenido la visión de negociar un Tratado comercial del que ha dependido un crecimiento vertiginoso de nuestras exportaciones y la formación de una nueva clase empresarial.

Al presidente Salinas sobrevino, por trágicas y deshonrosas experiencias de la historia que no se pueden olvidar, la administración del doctor Zedillo, un experimentado economista creado en el ejercicio puro de la administración pública, cuyo prestigio profesional se anteponía a su trayectoria política, a quien tocó enfrentar los grandes retos que pusieron ante sí un desequilibrio desmedido de los niveles de endeudamiento del país, que provocaron una de las más grandes crisis económicas de las que se tengan memoria.

El doctor Zedillo fue un presidente tecnócrata que hizo muy bien su trabajo, que de no haber incurrido en el tropiezo económico de finales del 94 y comienzos del 95, podría haber logrado mucho más por México con relación a la gran estabilidad que logró imponer al final de su administración.

No serán pocos los militantes partidistas que podrían recriminar al presidente Zedillo su intervención apresurada en el proceso electoral de 1999, al dar a conocer oficiosamente el resultado de la votación electoral que dio paso a la alternancia y a la llegada del PAN a los Pinos, lo que podría constituir una evidencia de la desatención de la que adoleció ese período, no en el campo de los proyectos y acciones económicas propias del Poder, sino del desaseo en el terreno del quehacer político.

El Presidente Peña Nieto proviene de una cuna partidista, y fue cobijado desde la gubernatura en el Estado de México para recuperar la silla presidencial a favor del revolucionario institucional.

Como el Presidente Salinas, ha sido un impulsor de reformas trascendentes al régimen constitucional, que permiten vislumbrar un nuevo horizonte económico en el que México podría llegar a ser absolutamente más competitivo y, por ello, mucho más próspero.

Después de varias semanas de exposición de los aspirantes afines a su proyecto nacional, hoy se ha venido a presentar a quien podría llegar a sucederlo en el más alto y honroso puesto de representación política, el Doctor Meade Kuribreña.

Como en 1994, Meade se presenta como un pulcro y honrado servidor público, escrupulosamente técnico y sabedor del quehacer burocrático en el ámbito financiero nacional, a quien se reconoce una enorme preparación académica y profesional y, al mismo tiempo, una lejanía con los partidos.

Esta última “cualidad”, comparable a la del Presidente Zedillo, en el México del siglo XXI, constituye una preocupación que hoy ha llamado nuestra atención:

Los procesos electorales no los ganan los mejores estudiantes, los más aptos profesionistas, ni los servidores públicos más patriotas. Una muestra la acabamos de presenciar en la elección presidencial de los EEUU. Gana la elección quien más simpatía y reconocimiento encuentra entre el electorado; quien mejor transmite sus ideas y goza de mejor percepción ciudadana. José Antonio Meade necesitará obligadamente acompañarse de auténticos políticos en el camino, si quiere llegar a ocupar la silla presidencial. Enfrentará a un contendiente que ha ocupado los últimos dieciocho años en buscar eco entre los electores.

El presidente Salinas entregó al país con grandes deudas, pero con el acierto de haber negociado y concretado un acuerdo comercial que permitió el impulso de una política de exportaciones que, en una etapa de crecimiento económico de nuestro mayor comprador, le permitió al Presidente Zedillo adelantar el pago de un adeudo contraído en ese momento por más de 50 mil millones de dólares.

El doctor Meade podría iniciar su administración con circunstancias inversamente coincidentes a las de 1994. El Presidente Peña Nieto estará entregando una administración con una deuda externa sana y perfectamente manejable, pero ante la perspectiva indeseada de una terminación y consecuente inexistencia del acuerdo comercial que le ha permitido a México conservar una tasa de crecimiento moderado, pero siempre constante.

De esta forma, como en 1995, dos amenazas se ciernen sobre México, que en la marea del populismo electoral naufrague el candidato, y que por la cortedad de miras de nuestro interlocutor comercial, se termine un acuerdo que le permite al país contar con un espacio de seguridad en su proyección internacional.

Ojalá que impere la cordura, que el acierto en la elección del candidato se arrope con la experiencia política de quien lo postula, y que los caminos trazados a través de las reformas que catapultan al país encuentren tierra fértil para que rindan sus frutos.

Twitter: @Cuellar_Steffan

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