Opinión

Las lecciones olvidadas de Japón en la década de 1990

Una admisión: a veces me parece que los economistas y legisladores han estado tropezando lentamente durante gran parte de los últimos seis años para comprender cosas que ya debían haber sabido si hubieran leído el documento que escribí para Brookings en 1998 (disponible aquí: bit.ly/1uDT2jO) sobre la trampa de liquidez de Japón.

Por ejemplo, ha habido una enorme confusión sobre si el equivalente ricardiano hace ineficaz la política fiscal y vasto asombro de que los incrementos en la base monetaria no hayan llevado a inflación o a grandes aumentos en la oferta monetaria más amplia. No obstante, eso estaba completamente claro hace 16 años, una vez que se pensaba detenidamente en la trampa japonesa.

Y ahora, aquí vamos con otro ejemplo: el papel de los bancos en problemas. Europa ha hecho sus pruebas de estrés, que no han resultado muy malas, pero ahora estamos viendo comentarios preocupados sobre cómo quizás, y solo quizás, un buen estado de salud bancaria no frene una caída en deflación.

Amigos, ya hemos estado en este punto antes. En la década de 1990 era conocimiento popular que los bancos zombis japoneses eran el problema, y que una vez que fueran atendidos todo estaría bien. Pero analicé detenidamente la lógica y evidencia de esa propuesta en mi documento de investigación (páginas 174-177) y simplemente no se verificaba.

Ya sé, ya sé; estoy alabándome a mí mismo y todo eso. Pero si no me defiendo yo solo, ¿quién lo hará? En cualquiera de los casos, ha sido verdaderamente frustrante ver a tanta gente reinventar falacias que fueron completamente refutadas hace mucho.

Y si la gente hubiera leído mis viejas investigaciones posiblemente hubiera podido evitar avergonzarse tanto en cartas abiertas a Ben Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal, y así por el estilo.

El déficit de Estados Unidos ha caído


Y nadie lo sabe; o a nadie le importa.

A principios de este mes, la Oficina Presupuestaria del Congreso nos informó que el déficit federal en Estados Unidos había bajado mucho; menos de 3 por ciento del Producto Interno Bruto. El economista Jared Bernstein señaló en The Washington Post que el Presidente Obama no parecía recibir ningún crédito por esta reducción.

Podría preguntarse: ¿qué esperaba? Pero la verdad es que hace pocos años muchos eruditos afirmaban que el Sr. Obama cosecharía grandes beneficios políticos siendo el adulto, el tipo responsable que Hizo lo que Había que Hacerse. Peor, algunos informes dijeron que el personal político de la Casa Blanca lo creía.

Por supuesto, era un disparate en múltiples niveles. Mientras que a los eruditos pudiera gustarles redactar complicados psicodramas sobre las percepciones de los votantes, las verdaderas percepciones no tienen relación alguna con sus guiones: la mayoría de los votantes piensa que el déficit ha crecido durante el gobierno de Obama, mientras que apenas una pequeña minoría sabe que ha bajado.

Y los propios vigilantes del déficit son implacables; nada que no conlleve dañar severamente al Seguro Social o al Medicare, o ambos, los satisface. Pues sí, es casi como si desgarrar la red de seguridad social fuera su verdadero objetivo, y no reducir el déficit.

La obsesión con el déficit ha sido inmensamente destructiva como cuestión económica. Pero también ha involucrado importante negligencia política.