Opinión

Las Humanidades

 
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POBRES SLP

A Rubén Bonifaz Nuño, in memoriam

Uno. Los signos vitales de la nación mexicana son, si supiéramos interpretarlos, los de una enfermedad gravísima, crónica, a ratos letal.

Cuadro persistente a 205 años de su Independencia como país americano no más colonia de metrópoli europea; a 148 años de su restauración como república federal y laica, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; a 105 de una revolución que quiso tocar fondo, singularmente en 1912 y 1914; y a dos escasos del centenario de una Constitución Política, ésta sí, de “calidad mundial” (estribillo oficial que ya atosiga y amostaza) en lo que se refiere a una agenda social (véase versión original salida de Querétaro).

Enfermedad de pronóstico reservado en busca desesperada, angustiosa mejor dicho, de diagnóstico.

Dos. A las dolencias inocultables les está faltando “ojo clínico”. ¿Qué dolencias? Hambre, pobreza, corrupción, impunidad, desigualdad galopante, divorcio si no lucha de clases, pérdida del sentido direccional (hasta la Iglesia repeló de que 100 de los 120 millones de compatriotas padezca algún grado de miseria).

Por el contrario, los análisis hasta ahora practicados, se constriñen a síntomas vistosos pero a fin de cuentas superficiales: el “estilo personal de gobernar”; los excesos de la infame turba parlamentaria; el desarrollo económico exánime, ayuno de masa y tono musculares.

Y, para colmo, los cuadros académicos que, a partir de los sesenta, saltaron briosos a la palestra de la opinión mediática, se constriñen a lamerse las heridas de su fervor inicial. Todo es ahora desilusión, desencanto, agonía, pantano, vertedero democráticos.

¿Cuál alternancia (de la transición ni sus luces)? ¿Cuál Corriente Crítica del PRI? ¿Cuál PRD? ¿Cuáles organismos autónomos? ¿Cuál ciudadanización de la vida pública?

Tres. Digo que a las monótonas jeremiadas les vendría bien la exploración, políticamente incorrecta eso sí, de las zonas oscuras del 68 y las monstruosidades de la reforma política de 1976 (matriz lo mismo del Partido Verde que del Partido Humanista que bien pudo llamarse, con tino, Partido de Autoayuda).

En Italia, por el contrario, ya se asume la expresión de “democracie mafiose”; y, en España surgen, exitosos, no ya candidatos sino partidos independientes. Dos países con enfermedades semejantes a las nuestras. ¿Por qué, en el “círculo rojo” no abundan, y no en plan de mal de muchos, las comparaciones con una Italia a la que casi trituran las pinzas del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana (a Aldo Moro sí); y con una España que del “destape”, la “marcha”, la “europeización” y la abundancia, pasó a un estado catatónico con sectores catalanes poniendo pies en polvorosa?

Cuatro. Nada semejante, reconozcámoslo, a los diagnósticos holísticos, cuerpo y alma, de un José Luis Mora, Lorenzo de Zavala, Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra, Francisco Bulnes (con todo y sus extravagancias), Blas Urrea (Luis Cabrera), Martín Luis Guzmán, Daniel Cosío Villegas, Manuel Moreno Sánchez. Galenos de excepción en lo que toca a la salud del país. Su quebranto mejor dicho.

Cinco. No que carezca de sintomatología el signo de un Ejecutivo federal constreñido a una especie de autismo publirrelacionista (¿qué le faltará por inaugurar, después de hacerlo con la gastronomía en pleno fracaso de la oficial Cruzada contra el Hambre?). Ni el signo de un sistema de partido mediocre, voraz, codicioso, cínico, en el borde de la delincuencia organizada. Ni menos aun el signo de una economía que minuto a minuto corrige a la baja su pronóstico de crecimiento. Síntomas advertibles, también, en la gula de IFE (ya paladea 3 mil mdp sólo para la clientela partidaria), en la esquizofrenia de la Secretaría para la Función Pública en plan de alguacil alguacilado, en la temprana parálisis de numerosas políticas públicas. El problema radica en las vueltas de noria de la opinión política; con raras excepciones instalada en el fenómeno antes que en el noúmeno.

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