Opinión

Las grietas del porvenir; tres escenarios para 2015

Diciembre cerró con una creciente preocupación por la deprimente situación política y económica mundial. Pero sobre todo alarma la situación nacional: la caída del volumen y los precios del petróleo, pronósticos aún más reducidos sobre la evolución del PIB, la producción, la inversión y la generación de empleos formales y salarios reales en México. El problema no es sólo 2014, sino la evolución adversa acumulada de tantos indicadores claves, tras 30 años de relativo estancamiento económico y social con una desigualdad mayor del ingreso y del capital y tras las promesas frustradas de que el Pacto de 2012 y las tan cacareadas reformas estructurales aseguraban una próxima mejora para todos los mexicanos.

Pero, tal como lo identificamos 40 ciudadanos, reunidos en dos sesiones prospectivas decembrinas organizadas por la Fundación Barros Sierra y organizaciones de la sociedad civil, la desafiante situación económica mundial y nacional pasa a segundo término frente a la crisis política, social y de confianza nacional que azota a los mexicanos.

La credibilidad de las instituciones federales, estatales y municipales, de los tres poderes y de los partidos políticos fue considerada totalmente deteriorada y para algunos agotada sin remedio. El Estado de derecho por los suelos. La corrupción, la inseguridad, el crimen organizado y la impunidad insertos en todos los niveles y esferas de la vida pública fueron considerados el principal cáncer a erradicar, pero con carácter muy pesimista. No se observa disposición, ni capacidad de autorreforma. 

Pocos fueron los que pronosticaron posibles mejoras y siempre a condición de que ocurrieran cambios significativos difíciles de concretar: 1) surgimiento de un efectivo liderazgo moral; 2) disposición del gobierno a escuchar a los ciudadanos organizados y llegar a acuerdos con nuevos mecanismos de diálogo, solución de conflictos y negociación de compromisos; 3) movilización de la sociedad civil y establecimiento de puentes de comunicación y participación civil con los jóvenes y sectores marginados, superando los tradicionales acuerdos entre poderes fácticos que tienen cada vez más secuestrado al gobierno; 4) cambios radicales en factores externos (EU) que estimulen un desarrollo virtuoso.

Las expectativas sobre las elecciones de julio fueron negativas, pasando por bajísima participación ciudadana, altas probabilidades de anulación de votos y riesgo fuerte de que el crimen organizado siga financiando y contaminando los procesos electorales.

Frente a las grietas del porvenir se identificaron tres eventuales escenarios en el futuro inmediato:

1) Continuismo con cambios mínimos. Existe en el PRI y en los otros partidos políticos una aspiración por mantener el curso tras del Pacto, ya sea por nostalgia mágica o por conveniencia propia: recuperar el pasado “glorioso” del desarrollo estabilizador, orientado y conducido desde arriba, cuando el presente y el futuro ya no son iguales; los retos que plantean la globalización y la sociedad mexicana democratizada exigen mayor participación y no presidencialismo ilustrado -y menos desilustrado-; una gran apertura al cambio y la innovación social; y nuevos mecanismos de participación y decisión ciudadana.

La esperanza del grupo gobernante es que, con algunos cambios políticos y económicos, incluyendo ciertas reformas a las policías y medidas que aseguren el respeto al Estado de derecho, en particular los derechos de propiedad y la seguridad de las clases medias y altas, podría modernizarse el modelo actual y reiniciarse con orden y estabilidad el crecimiento económico. El problema es que ese camino ya dio desde hace años todo de sí y que el modelo exportador no ha generado el crecimiento esperado, ni un mayor contenido nacional, ni el desarrollo del mercado interno, que hoy sería la mejor opción y estímulo a la inversión ante la crisis internacional.

2) Tentación autoritaria y represora. En este escenario, el modelo político, económico y social se mantendría pero, ante las mayores presiones del crimen organizado , de la sociedad y de la élite económica, se reforzaría la centralización del poder en el Ejecutivo federal , dando mayor injerencia al ejército y a las policías federales, buscando algún entendimiento con el crimen organizado, mientras no exceda de ciertos límites. No creemos que este modelo de “ajuste con anestesia” sería factible hoy frente a la resistencia de grupos más combativos de la sociedad y a la vecindad con EU, que puede tolerar ciertas prácticas autoritarias frente al temor del desorden al sur de su frontera, pero que sabe que cualquier contención podría presentar mayores riesgos tarde o temprano. El reto también es que de continuar con un estancamiento estabilizador vía TLCAN (favorable a las importaciones de EU), la inversión, la producción, el empleo y el salario se mantengan rezagados y el descontento social conduzca a un colapso y al abismo. (Eso habría que argumentarlo a Obama).

3) Reformas efectivas para el crecimiento, la paz social y un Estado de derecho, con combate decidido a la corrupción y la impunidad. Estamos en plena puja distributiva de poder y riqueza, a nivel nacional, regional y local entre distintos grupos fácticos que puede terminar mal si no llegamos a ciertos acuerdos básicos estratégicos con legitimidad y aceptación social, que incluyan a las clases medias y amplios sectores emergentes y no sólo a los partidos políticos, que son vistos más como parte del problema que de la solución. Se requiere más Estado y sociedad para franquear el abismo; que el gobierno consulte y escuche a los diversos grupos de la sociedad y no sólo a los fácticos en un gran dialogo nacional. Ello exigiría también una mínima autocrítica y autocorrección del camino: cambios en el gobierno (instituciones y personas), castigo ejemplar a violadores de la legalidad y una alianza estratégica nacional con visión y acciones efectivas de corto, mediano y largo plazos para recuperar el crecimiento y avanzar hacia la justicia y la mayor equidad e inclusión social, contando con mecanismos creíbles de transparencia y rendición de cuentas.

La mayor parte de los grupos de discusión en que he participado prefiere la tercera opción y no desea formulas represivas o el colapso social. Tampoco vemos viable un cambio brusco, aunque algunos demanden la refundación del Estado mexicano. La pregunta es si estamos dispuestos como individuos, como sociedad, gobierno y Estado, a hacer lo necesario para emprender el difícil camino de las reformas constructivas o si ya es demasiado tarde.

Investigador asociado del Colegio de México y presidente del Centro Tepoztlán AC.