Opinión

Las explicaciones
a la corrupción

    
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Corrupción. (Shutterstock)

¿Por qué México padece un problema crónico de corrupción? ¿Estamos condenados a coexistir con ella en los alarmantes grados de los tiempos recientes? ¿Tenemos un consenso sólido sobre sus causas y su fisonomía? Estas preguntas son relevantes, porque de nuestra comprensión sobre el fenómeno dependerá la eficacia de los antídotos.

Advierto, al menos, cinco formas diferentes de explicar la corrupción.

La tesis del rasgo cultural. Según esta tesis, los mexicanos tenemos una propensión conductual hacia la corrupción. Quizá porque nos conquistaron los españoles y no los ingleses, o como resultado del sistema social que se impuso después de La Colonia. Esta perspectiva tiene la tentación de afirmar que la sociedad mexicana ha adquirido, a lo largo del tiempo, 'hábitos' corruptos, dado un contexto generalizado y prolongando de competencia por la apropiación extralegal de rentas y privilegios. La corrupción aparece como una suerte de código evolutivo o de sobrevivencia de los mexicanos.

La tesis del subdesarrollo. Para otros, la mayor o menor corrupción en una sociedad está relacionada con su desarrollo político y/o económico. Así pues, la corrupción endémica es una característica o rasgo específico de los países en desarrollo. Una variante de esta formulación sostiene que la corrupción se alimenta de la precariedad del servicio público: el servidor público se corrompe porque su sueldo es bajo, porque no tiene ninguna garantía de estabilidad en el empleo público o porque el mercado no le ofrece las oportunidades esperadas.

Para la tesis de la dificultad democrática, la corrupción brota del pluralismo competitivo, esto es, de la democracia electoral. La necesidad de financiamiento para las campañas abre la puerta a la influencia del dinero extralegal en la política. Esto a su vez provoca la privatización de los espacios públicos de decisión, es decir, su tendencia a procurar intereses particulares en detrimento del interés público. De ahí el círculo vicioso: el ejercicio de las responsabilidades públicas se orienta a privilegiar los intereses que después financian las campañas y así sucesivamente.

La tesis de la discrecionalidad. Esta aproximación sostiene que la discrecionalidad del agente abre la vía del soborno o de la extorsión. Parte de una intuición: a mayor discrecionalidad en la toma de decisiones públicas, mayor oportunidad para la corrupción. Sus partidarios desconfían de la subjetividad del decisor y proponen sustituirla por mecánicas decisorias que reduzcan al máximo la presencia del arbitrio personal. Esta tesis, por ejemplo, está presente en todos los esfuerzos de hiperregulación que, por cierto, han creado poderosos incentivos para transacciones corruptas más complejas.

La tesis del pacto de complicidad. De reciente cuño. Sus seguidores sostienen una especie de complot de la élite política y económica del país, bajo la forma de un acuerdo explícito para la apropiación de lo público con riesgos bajos y controlados. Una suerte de equilibrio entre jugadores repartiendo un botín: una situación basada en un orden cooperativo que maximiza los beneficios de la violación a la ley, tanto a nivel individual como colectivo.

Las tesis anteriores ofrecen un arsenal insuficiente para atajar el problema. La corrupción es un acto racional que pasa por la ponderación individual de costos y beneficios. Responde, pues, a estructuras dadas de incentivos. Está presente, como tentación o riesgo, cada vez que existe una decisión sujeta a marcos de referencia normativos y a la subjetividad inevitable de las relaciones humanas. Es una conducta participativa: requiere siempre de dos o más personas que enfrentan distintos estímulos, grados de información y cálculos de probabilidad sobre ganancias, pérdidas y consecuencias. No sólo se recrea en el terreno de la política (ahí están los escándalos de la FIFA). Su ecosistema es la clandestinidad y es funcional sólo en la excepcionalidad: si todos fuéramos corruptos, perdería eficacia como mecanismo de aprovechamiento o de apropiación. Es, como diría Garzón Valdés, “una fuente de ventaja discreta y selectiva”, a pesar de que llegue a manifestarse de manera generalizada en una sociedad. La pluralidad y la competencia explican más su visibilidad que su origen: los regímenes autoritarios gozan de apariencia de integridad porque esconden la corrupción, no porque sean estructuralmente menos corruptos que las democracias.

La corrupción se cura con instituciones eficaces para moldear comportamientos. Amenazas creíbles y probables de castigo, pero ante todo una menor disposición de cada uno para obtener una ventaja que no da la ley o el mérito.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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