Opinión

"Las elegidas", ganadora del Ariel

 
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Las elegidas.

Dos adolescentes, Ulises (Óscar Torres) y Sofía (Nancy Talamantes), se miran de frente, antes de desnudarse. Los enmarca un muro verde y escarapelado, más opresivo que primaveral. Ulises la recuesta sobre la cama y ella reacciona a sus besos con risas. Desde el inicio advertimos un abismo entre ambos. Ella parece feliz de perder la virginidad con este chico taciturno, mientras él la ve con una mirada extrañamente triste, como si aquello fuera una despedida. La primera escena de Las elegidas, de David Pablos, remite al arranque de Kids, de Larry Clark, no sólo en el encuadre inicial, sino en el destino terrible que les espera a las dos jóvenes. En Kids, ella terminará contagiada de sida. Por su parte, Sofía es la primera chica a la que Ulises deberá seducir y engatusar hasta orillarla a la prostitución.

El proceso incluye llevarla a una fiesta de cumpleaños de Marcos (Edward Coward), su padre, y comprarle regalos. Adecuadamente, la fiesta tiene un sospechoso tono color de rosa. Las interacciones y los chistoretes entre Marcos y Héctor (José Santillán Cabuto), el hermano de Ulises, parecen clichés ensayados porque lo son: todo es parte de un teatro para mostrarle a Sofía, quien vive en una casita humilde y desaseada, que existe una mejor vida. Ulises, sin embargo, se arrepiente y escapa de la ciudad con ella. Los interceptan y, al poco tiempo, Sofía ya está encerrada en un burdel, sin posibilidad de huir, a menos de que Ulises seduzca a otra chica, pronto, para reemplazarla.

Ulises finalmente halla a otro prospecto, mientras Sofía aprende el oficio que ahora se ve obligada a ejercer. Es aquí donde se manifiesta el talento de Pablos.

"Las elegidas"
Año: 2015
Director: David Pablos
País: México-Francia
Productor: Pablo Cruz
Duración: 105 mins.
Cines: Cineteca Nacional y Cinépolis

Consciente del universo atroz que retrata, pero también de que mostrar desnuda a una actriz tan joven como Talamantes sería un despropósito, el director se las ingenia para ser al mismo tiempo descarnado y sutil, sin caer en la impudicia o en el excesivo recato. La prueba está en un par de montajes durante los cuales escuchamos a Sofía trabajar, mientras ella observa a los hombres que contrataron sus servicios (una galería de vejetes, calvos y tatuados). Imaginar lo que está ocurriendo resulta una experiencia insoportable, más efectiva que observarlo.

Pablos registra la vida en el burdel con admirable frialdad. Como si su trabajo fuera ser cajera de un banco, las nuevas colegas de Sofía le enseñan cómo poner un condón, obtener los 6 mil pesos que necesita conseguir diariamente y detener una menstruación.

La empresa de Ulises resulta menos convincente, en parte porque su segunda conquista parece cortada con la misma tijera que Sofía. El cortejo encuentra tan pocas trabas que cualquiera pensaría que Ulises es un casanova de la frontera, más que un tipo circunspecto y árido. La reacción de ambas al enterarse del motivo detrás de tantas atenciones tiene el mismo ingenuo desconcierto. ¿No hay lugar para la ira?

Conforme Las elegidas avanza, ese primer encuadre, en el que vimos a Ulises y a Sofía juntos, se siente cada vez más como un recuerdo amargo; un breve respiro de ternura en una atmósfera siniestra. Pablos no tarda en aislar a sus personajes, colocándolos solos frente a la cámara o al margen del cuadro, casi engullidos entre sombras. Las elegidas aborda uno de los rincones más tenebrosos de México, un rincón impenetrable a la luz. El contraste entre el acertado desenlace y las primeras escenas lo dice todo. La oscuridad gana.

Twitter: @dkrauze156

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