Opinión

Lánthimos y Holofcener: alivianando


 
I. EL SIMULACRO BALSÁMICO. En Alps, los suplantadores (Álpeis, Grecia, 2011), opus 3 del innovador ateniense en imparable ascenso posAngelópoulos de 38 años Giórgos Lánthimos (Kinetta 05, Diente de perro 09), con guión suyo y de Efthemis Filippou, una delgadísima gimnasta rítmica (aquella descubridora tardía del sexo Ariane Labed de La vida según Attenberg) con el tiránico entrenador que exasperantemente le impide trabajar con música pop en vez de la desconcentradora Carmina Burana (Johnny Vekris), un manipulador paramédico chofer de ambulancia (Aris Servetalis) que se asume como líder natural y una solitaria enfermera llena de frustraciones eróticas (Aggeliki Papoutia) han integrado un insólito grupo de cuatro miembros divergentes que aviesamente observa e interroga a los moribundos de un hospital, los estudia al detalle y luego, una vez fallecidos, ofrece monetarios servicios posmórbidos a los desconsolados deudos que acaban de perder a sus seres queridos, para suplantar a éstos en el hogar, convirtiéndose en sustitutos por hora y por día de los difuntos, hasta que la pérdida haya cumplido su proceso de duelo, denominándose a sí mismos los Alpes, como la cordillera suizogermana (por inalcanzables e imbatibles) y teniendo como estricta regla inapelable jamás involucrarse en lo emocional con los clientes, pero la incontrolable enfermera violará la prohibición, por lo que será excluida del clan con lujo de violencia física y repudiada por sus beneficiados.
 
 
El simulacro balsámico hace que se borre y pierda la frontera entre el fingimiento y la realidad en ese baudrillardiano simulacro-ronda más que macabra de la hija llegando después del trabajo a ponerle sus gotas oculares al padre (quien en realidad inconfesablemente la desea), o la que simula una asexualidad absoluta de tenista pero admirando a Johnny Depp y acostándose a escondidas con sus amigos en el cuarto de arriba, o la esposa colérica que sigue estrellando los costosos objetos del negocio de cristalería familiar, o el alegre marido bailador en el fondo indiferente e infiel, y así, pero siempre muy serios y profesionales, situados entre los patéticos viejillos comunitarios que optaban por su segunda oportunidad gracias a una rejuvenecedora cirugía maldita en Seconds-el otro señor Hamilton (Frankenheimer 66) y la troupe teatral-doméstica de Familia (del hoy desinflado León de Aronoa 97) que escenificaba bajo pedido sainetes entrañables que incluían a los contratantes.
 
 
El simulacro balsámico coloca con loca fruición a su extraño y demente relato perturbador/perturbado, a semejanza de las anteriores regias e inasibles fábulas tragicómicas del director (Diente de perro era El castillo de la pureza de Rip 72, filmado con auténtico genio) o por él producidas (como el arriba mencionado Attenberg de Tsangari 10), bajo el signo del absurdo rebuscado más inclemente, de una ejecución de actos casi teratológica (esa raqueta recibepelotitas en mano de la moribunda chava entubada) y de una crueldad muy cerebral ("Su hija perdió el juego"), en frío, de translúcida y delicada comedia negrísima, apoyándose incluso en una severa foto de Christos Voudouris con el archimasoquista 90 por ciento desenfocado en cada cuadro importante, deliberada y crucialmente, para crear una red de brutales desasosiegos sádicos, desoladores, desalmados, que jode tanto óptica cuan afectivamente a la conciencia del espectador. Y el simulacro balsámico permite así, renovándose sin cesar, episodio prácticamente autónomo por episodio desprendible (como los de Diente de perro), fluctuando fluctuando, el tratamiento directo si bien colateral de temas mayores tipo la delación concertada ("No puedo no decírselo"), el atrapamiento en el juego propio (esa metida de mano a los genitales del falso padre de inmediato rechazante, esa irrupción por fractura de cristales blindados a la casona ahora vedada), el padecimiento de una implacable "muta de caza" (Canetti) y ese sometimiento doloroso de la gimnasta rendida al tutelaje abusivo de su odiado manager ("Haz conmigo lo que quieras") ahora teocrático ("Eres el mejor entrenador del mundo"), como única posible conclusión (anti)edificante en la descompuesta sociedad griega actual.
 
 
 
II. EL ENVENENAMIENTO RELACIONAL. En Una segunda oportunidad (Enough Said, EU, 2013), sagaz opus 5 como autora total de la cumplida promesa de la comedia estadounidense de 53 años Nicole Holofcener (Compartiendo la vida 96, Saber dar 10), la cálida divorciada pronto cincuentona con pesada mesa para masajes a domicilio Eva (Julia Louis-Dreyfus dizque frivolaza) y su homólogo el bromista TVbibliotecario panzón Albert (el autoirrisorio exSoprano James Gandolfini q.e.p.d.) tienen aún, sin atraerse demasiado, el ánimo suficiente para salir juntos, divertirse, hacer el amor y tratar de rehacer sentimentalmente sus vidas, pese a cargar con una hija adolescente cada uno, la desapegada Ellen (Tracey Faraway) y la ultrasofisticada mamonaza Tess (Eve Hewson) respectivamente, a punto de mudarse a alguna lejana universidad, pero la humilde masajista tan atenta cuan omnicomprensiva se autosabotea al cometer el craso error de envenenar su relación amorosa escuchando y haciendo suyas las agrias quejas de la culta poetisa Marianne (Catherine Keene), la archielegante ex esposa de su nuevo novio a la que ha conocido por azar y hecho su amiga, en contra del pobre hombre, al grado de que, cuando la situación se descubre, la buena mujer truena con su antigalán y, ya en desgarrador trance de la partida de sus hijas, hunde a los dos en la negra noche del alma.
 
 
El envenenamiento relacional deshace la autoexcitada e indispensable magia ilusoria que exige cualquier nexo amoroso para subsistir y perdurar, al jamás poder asumir los defectos propios, pero destacando con dureza los ajenos, como los de ese gordazo incapaz de hablar en voz baja o de cocinar otra cosa que siempre el mismo platillo, capaz de separar la cebolla del guacamole y por añadidura culpable de ser un perdedor nato, desordenado y mediocre, aunque sin por ello dejar de ser buena onda y encantador.
 
 
El envenenamiento relacional renueva y magnifica la comedia ligera screwball intimista y familiar, a un tiempo desidealizadora hollywoodense y posmasoquismo woodyallenesco del siglo pasado (que allá se quedaron por fortuna), basándose en un agudo retrato social muy actualizado y a la vez severo, malicioso, travieso, que introduce el rol fundamental de la conquista del humor, de la madurez y la tolerancia en la vida cotidiana y en ese nuevo solitario mundo cruel de las muchas fiestas y las escasísimas amistades, de las cada vez más aplastantes diferencias de cultura y de clase, aunque todavía en torno a una Muchacha Confiada como la del Griffith de 1912. Y el envenenamiento relacional se abre finalmente, con sabiduría, a una reconciliación afectiva de los amantes otra vez juntos, sentados en el quicio de la entrada sin perdones melodramáticos ni sentimientos de culpa ni telarañas mentales, botadazos de risa.