Opinión

La vitalidad de la reforma fiscal

 
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Luis Videgaray

Una de las notas que más acaparó la atención de los medios durante el fin de semana pasado fue, sin duda, la referente a la inminente ascensión del ex Director de la CFE, Enrique Ochoa Reza, a la Presidencia del CEN del PRI.

Múltiples han sido las opiniones que se han pronunciado al respecto. Hay quienes se ocupan de lo rancio del mecanismo elegido para la designación del nuevo dirigente del partido, subrayando el burdo dedazo del que fue objeto y los anacrónicos pronunciamientos, principalmente, de organizaciones como la CNC, la CTM y la CNOP; así como otros que centran sus comentarios en la supuesta falta de militancia partidista del citado ex funcionario, o de su escasa experiencia en el ámbito político.

En una perspectiva menos pesimista, también han surgido voces que reconocen los méritos académicos de Enrique Ochoa, así como el éxito desplegado en las diversas instancias del sector público en donde se ha desempeñado. Hay quienes aluden a su relativa juventud como una bocanada de aire fresco para un partido que parece distanciarse crecidamente de las generaciones más jóvenes de nuestro país a las que cada vez con más presencia deberán representar.

Entre tan variopintas expresiones, están aquellas menos viscerales, más reflexivas, que pretenden desentrañar el significado del relevo de la directiva priísta, particularmente a la luz de las elecciones federales que rápidamente se precipitan. Es a este coro de voces al cual me refiero en esta ocasión y al cual adiciono las siguientes ideas.

Enrique Ochoa ha sido vinculado, inclusive desde el momento en que se integró a la Administración Pública Federal encabezada por Enrique Peña Nieto, como Subsecretario de Hidrocarburos en la Secretaría de Energía y tras su paso por la Comisión Federal de Electricidad, con el grupo encabezado por el poderosísimo Secretario de Hacienda, Luis Videgaray.

El movimiento de piezas en el gabinete del Presidente, en donde por ahora se deja acéfala la segunda empresa productiva más grande del Estado y se coloca a un fiel seguidor del Secretario de Hacienda en la posición que administrará la sucesión presidencial, no debe dejar mucho lugar a dudas en el espectador sobre el nombre de la persona que se proyecta para la candidatura del 2018.

Resulta interesante, entonces, leer que una de las propuestas de Enrique Ochoa que más eco ha recibido en los medios es la necesidad de magnificar, publicitar de mejor manera, los alcances de las reformas que durante la presente administración federal fueron aprobadas e implementadas, tales como la educativa, la de telecomunicaciones, la energética y la fiscal, entre muchas otras, varias de las cuales no han podido rendir los frutos deseados dado el complicadísimo contexto económico mundial por el que ya desde hace varios años transitamos.

Si el diagnóstico es correcto y si lo que en realidad se pretende con la nueva dirigencia del PRI es proyectar a Luis Videgaray, la única reforma que merece ser acentuada y que ciertamente ha sido objeto de denuesto desde su entrada en vigor y que, además, recae directamente en el ámbito de atribuciones del Secretario de Hacienda, es sin lugar a dudas la compleja reforma fiscal. Obviamente que las otras reformas inciden de un modo u otro en el despacho del Secretario de Hacienda, más aún cuando se habla de uno tan poderoso como lo es el actual, pero su implementación corresponde a otras dependencias. Sin embargo, la reforma fiscal se identifica directamente con él. La recaudación que de la misma deriva y el destino eficiente de los recursos que dicha recaudación producen son responsabilidad directa del Secretario de Hacienda y, desde luego, los méritos que la misma implica también se le deben de reconocer.

Y si bien es cierto que la recaudación impositiva –objeto de toda reforma fiscal— por su propia naturaleza es impopular, desde su nueva trinchera Enrique Ochoa tiene munición suficiente para proyectar a Luis Videgaray.

Todos y cada uno de los programas sociales, virtud de los cuales los sectores más pobres de nuestra población, ante la falta de crecimiento económico a nivel mundial, no se han hundido en los niveles más bajos de la miseria, no son gratuitos, tienen su génesis en la reforma fiscal que amén de permitir cumplir con tan encarecido compromiso social ha permitido una estabilidad económica de la cual ningún otro país de nuestro contexto puede presumir.

Hacer frente con los recursos fiscales a las necesidades más básicas de la población que requiere de apoyo para su subsistencia, también obstaculiza que aviesos intereses encuentren en esos sectores el caldo de cultivo para movilizaciones sociales de propósitos poco claros, como recientemente se han visto en Oaxaca y Chiapas fundamentalmente.

Por sí mismas, ninguna de las reformas legales aprobadas durante el presente sexenio son la panacea. Deben funcionar en su conjunto y requieren mejorías cuya implementación recae en el ámbito de Poder Legislativo, al margen de necesitar un entorno económico más propicio al crecimiento. La reforma fiscal no es la excepción a dicha regla. Sin embargo, los méritos de ésta última están a la vista y corresponderá al nuevo presidente del PRI saberlos diagnosticar y en su caso comunicarlos. La buena labor que haga al respecto, seguramente le será agradecida por el actual titular de la Secretaría de Hacienda.

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