Opinión

'La vida de Calabacín', los claroscuros de la niñez

 
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Calabacín.

Para visiones descarnadas de la infancia es mejor no mirar al cine estadounidense, cuyos niños –salvo contadas excepciones– tienden a ceñirse a estereotipos edulcorados que evitan las facetas más oscuras y confusas de la niñez. México ciertamente ha dado gran cine adulto con personajes infantiles: ahí están Los insólitos peces gato, Temporada de patos, Semana Santa y, por supuesto, Los olvidados. Pero los mejores para retratar esa etapa sin tintes color de rosa son los europeos. ¿Qué película sobre el terror y la soledad de la niñez supera a El espíritu de la colmena? ¿El turbulento arribo a la adolescencia ha sido mejor observado que en Los 400 golpes?

Quizás hay un prurito cultural en Estados Unidos que obliga a los cineastas a ver a los niños como angelitos, tan elementales que todo su universo interior está compuesto por cinco sensaciones básicas como postuló Inside Out, reduciendo la intimidad de una niña a una serie de clichés.

A pesar de su chusco título, y sin importar que sus personajes estén hechos de plastilina, La vida de Calabacín entra al rubro de películas que no le temen a los pasajes bruscos de la niñez. No se dejen llevar por su aspecto colorido y juguetón: esta bien podría ser la versión animada de La infancia desnuda, dirigida por Maurice Pialat, obra maestra sobre otro chico que, alejado de sus padres, lucha por encontrar su sitio en el mundo.

El chico en cuestión es el Calabacín del título, un niño que termina en un orfanato después de que un accidente lo despoja de su madre.

Desde el inicio queda claro el tono: los jóvenes personajes viven desamparados, ya sea porque sus padres se dieron a las drogas, porque el estado los deportó o porque una tragedia los alejó de ellos.

Que el director Claude Barras toque estos bretes no impide que La vida de Calabacín contenga instantes de dulzura, donde los huérfanos aprenden a solazarse entre sí.

Barras dibuja a su protagonista y a los compañeritos que lo reciben con matices y excentricidades específicas que enriquecen su mosaico de la infancia: la forma en que a los chicos al mismo tiempo les atrae y les repele el sexo opuesto; la bravuconería que a veces disfraza inseguridad; las manías, los ritos, las filias y las fobias propias de aquella edad. No ocurre gran cosa, pero la agudeza observacional de Barras es suficiente para mantenernos enganchados de una escena a otra. También ayuda que la atmósfera sea coherente con el alma de la cinta: así como los niños viven en claroscuros que van de la alegría a la incertidumbre, los sets oscilan entre los colores más luminosos y cielos tan encapotados que parecen cargar un monzón.

Breve y sutil, La vida de Calabacín es una linda sorpresa que merecidamente se llevó una nominación al Óscar a Mejor Película Animada.

Twitter: @dkrauze156

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