Opinión

La victoria de Peña Nieto

El triunfo de Gustavo Madero sobre Ernesto Cordero y lograr un periodo más como presidente del PAN, es también una victoria para el presidente Enrique Peña Nieto. En una jornada electoral extraordinaria para el PAN por la participación de 72 por ciento de sus militantes, lo que se votó no fue sólo por un candidato, sino por una visión de partido que durante todo el año pasado pactó con Peña Nieto y contribuyó a la aprobación de las reformas constitucionales que transformarán a México. Los panistas prefirieron a un líder colaboracionista y que inyectara, como dijo una vez, “ADN azul” a las reformas, que a un dirigente que iba directo a la confrontación. En Los Pinos deben estar de plácemes.

Construir acuerdos con Cordero iba a ser una pesadilla para el gobierno. Sabían que a partir de la negación tendrían que comenzar la negociación. Estaban seguros que pasaría a ser la voz más crítica del gobierno –por encima del PRD y sus deslavados líderes, y más creíble que la de Andrés Manuel López Obrador–, con una actitud beligerante y un discurso incendiario. El apodo del “senador No” lo llevaba etiquetado hacía Cordero en la frente, por sus posiciones en el PAN y ante el gobierno. Con tres leyes secundarias vitales para echar a andar las reformas constitucionales más importantes para Peña Nieto con el Senado como cámara de origen, su derrota fue una victoria estratégica para el gobierno.

El triunfo de Madero, en ese mismo sentido, mantuvo el statu quo –que anhelaban tanto el gobierno como los panistas que no querían riesgos–, y la institucionalidad, que abrazaron gobernadores panistas que habían sido corderistas en el pasado: Rafael Moreno Valle, de Puebla, que dio recursos a Cordero cuando buscó la candidatura presidencial, y entre sus principales asesores únicamente estaban corderistas, aliado suyo hasta que comenzó la lucha con Madero por la presidencia del partido; y Guillermo Padrés, de Sonora, a quien como secretario de Hacienda otorgó respaldos presupuestales y políticos importantes, y fue operador político incondicional del entonces presidente Felipe Calderón, que lo dejó sin cargar culpa. Los dos gobernadores, que tienen maquinarias políticas electorales de respeto, fueron piezas importantes en la victoria aplastante de Madero, hasta de tres a uno –75 por ciento contra 25 por ciento del voto– en sus entidades, cuyo golpe fue uno de los inhibidores de la impugnación post electoral.

Los casos de Moreno Valle y Padrés son importantes de observar en la lógica que la lucha de Madero también lo era del presidente Peña Nieto. Sobre Moreno Valle existen dos investigaciones activas en la SEIDO que, sin embargo, duermen sobre los escritorios de los responsables en la PGR. En el caso de Padrés, todas las violaciones a la ley por la construcción del Acueducto Bicentenario, donde afectó el agua de los yaquis, se las han perdonado. La impunidad de Padrés –hay incluso una resolución en su contra de la Suprema Corte de Justicia– iba a ser rota por el subsecretario de Gobernación, Luis Miranda –muy cercano al presidente–, pero las acciones para obligar al gobernador a cumplir con la ley, se frenaron hace varias semanas. No se puede plantear un quid pro quo, pero la coincidencia en tiempos es un factor que no se debe soslayar.

La victoria de Madero no sólo es importante para él y para el gobierno por el simple hecho de haber ganado. La diferencia de dos dígitos es fundamental porque despoja de poder y legitimidad a Cordero en el Senado, que había convertido el Senado en un búnker desde donde presionaba y obligaba al PAN, al PRI, al gobierno y a Peña Nieto, a bailar a su ritmo si querían resultados. La negociación sobre la reforma política fue la última pesadilla en Los Pinos y el priismo en el Senado, cuando se interrumpió la negociación –aquel sábado en que se levantó el PRI de la mesa– porque los panistas se empezaron a pelear entre ellos mismos.

El propio coordinador de los panistas, Jorge Luis Preciado, frustrado e impotente en ocasiones, decía a sus interlocutores que cada avance en las reformas tenía que cabildearlo con prácticamente cada senador. Cordero lo tenía permanentemente acosado y acorralado.

Tras su derrota, el poder se le reduce y es posible que lo excluyan durante los cuatro años que le restan de gestión, de comisiones y presupuestos. Senadores que jugaron todo el tiempo con él, como Roberto Gil, pueden correr la misma suerte. Varios de ellos presionaron al gobierno –lo chantajearon con apoyo en reformas– si profundizaban la investigación en Oceanografía, y llevaron las exigencias a tal extremo que Pemex tuvo que declarar que sólo investigaban casos de 2013, cuando el árbol de corrupción es desde 2010.

La victoria de dos dígitos de Madero sobre Cordero es contundente, y el nuevo líder del PAN podrá seguir la construcción de los acuerdos con el presidente, y seguir avanzando en su proyecto. El presidente también. Están en puerta las leyes secundarias energética y de telecomunicaciones, que son cruciales para él, así como la de los transgénicos, que vendrá en el segundo semestre. Con el triunfo de Gustavo Madero los dos ganan. Querían en Los Pinos que él ganara y les dio más que eso: acabó con Cordero y la incertidumbre que significaba.