Opinión

La trampa del pragmatismo

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Enrique Peña Nieto

México inicia 2016 con problemas muy similares a los que hacíamos frente hace un año. Una economía que crece, pero a un ritmo muy por debajo del potencial; ausencia de una política creíble de combate a la corrupción; instituciones de seguridad que no merecen la confianza de la población y en las que sólo en casos extremos –como la evasión de Joaquín Guzmán Loera del penal del Altiplano– hay consecuencias por el mal desempeño. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde. Por una parte, la violencia ha dejado de disminuir (como se confirmará en las próximas semanas, en 2015 hubo más homicidios que en 2014). Hoy el gobierno de Enrique Peña Nieto hace frente a una situación fiscal menos favorable. Concluido el periodo de gracia que concedió en 2015 la cobertura a los precios de las exportaciones mexicanas de crudo, la caída del precio del petróleo, y el consiguiente recorte presupuestal, se sentirán con toda su fuerza en el año que inicia.

Paradójicamente, una de las claves para explicar la falta de resultados podría ser el excesivo pragmatismo del gobierno. Manuel Camacho Solís señaló sobre el pragmatismo, al que llamaba empirismo, que éste “busca la negociación que generalmente le permita al empirista posponer la solución de los problemas para un lapso o periodo posterior a su ejercicio político. El empirista trata ante todo de evitar riesgos”. Ésta ha sido precisamente la lógica que, con la excepción de algunas decisiones audaces que se tomaron al inicio del sexenio, ha dominado a lo largo del gobierno de Enrique Peña Nieto. Por no asumir el costo de tomar algunas decisiones difíciles el gobierno ha quedado sumido en la inercia y ha perdido credibilidad. Peña Nieto inicia la segunda mitad de su sexenio con niveles paupérrimos de aprobación. En un país donde los presidentes tradicionalmente gozan de apoyo público, Peña Nieto cuenta con una aprobación de alrededor de 40 por ciento (menos de lo que tuvieron Ernesto Zedillo, Vicente Fox o Felipe Calderón).

Son varios los rasgos en los que se observa el excesivo pragmatismo del gobierno. Uno muy importante es la práctica de privilegiar, en la asignación de posiciones clave, la lealtad y la cercanía sobre la capacidad. Lo anterior resulta particularmente grave en el caso de organismos autónomos (donde se ha impuesto la lógica de la asignación de cuotas entre fuerzas políticas); y de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, donde el Ejecutivo se empecinó en imponer como ministro a Eduardo Medina Mora, a pesar del rechazo categórico de la opinión pública. En el gabinete, Peña Nieto ha buscado recompensar aliados y mantener un equilibrio entre los grupos que apoyaron su llegada a Los Pinos más que formar un equipo cohesionado y comprometido con una visión de país.

El pragmatismo del gobierno también ha sido notorio en la ausencia de acciones contundentes para sancionar abusos graves a los derechos humanos, en la tibieza en el combate a la corrupción, y en la relación permisiva con los gobernadores. Poco o nada se ha hecho para forzar a los gobernadores a avanzar en la profesionalización de sus policías, y las asignaciones de la Federación en materia de seguridad pública han continuado fluyendo a pesar de su clara ineficacia y de las numerosas irregularidades documentadas por la Auditoría Superior de la Federación. Hoy en día parece imposible que el gobierno federal no contara desde 2013 con información sobre la penetración del crimen organizado de los gobiernos estatales y municipales en Guerrero y Michoacán. Sin embargo, no se quiso asumir el costo político de una intervención preventiva que hubiera podido contener la proliferación de grupos de autodefensa y evitar la tragedia de Iguala.

Hace algunos días la revista Rolling Stone publicó un artículo en el que destacaba que en 2015 el presidente Obama dejó a un lado el cálculo político, y cómo ello le permitió hacer movimientos más audaces (el artículo se titula 2015: the Year Obama Stopped Giving any F**ks). El propio Obama hizo notar hace un año que ya no tenía ninguna campaña política por delante. A lo largo de 2015 impulsó con mucho mayor soltura (causando gran escándalo entre los conservadores) temas como el control de armas, el combate al racismo y la liberación de presos de baja peligrosidad. Tal vez el único remedio para Peña Nieto, si quiere pasar a la historia como un buen presidente, sea tomar un giro similar. Como hizo Ernesto Zedillo al establecer una “sana distancia” respecto a su partido, Peña Nieto podría alejarse del PRI y de los intereses de su grupo político, y asumir el costo de decisiones indispensables para generar capacidades institucionales y, con ello, impulsar en serio el desarrollo político y económico del país.

Twitter: @laloguerrero

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