Opinión

'La tortuga roja' y la magia de Ghibli

  
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La tortuga roja

En Introduction to Poetry, Billy Collins aconseja que el lector evite atar el poema a una silla para torturarlo hasta que confiese su verdadero significado. Lo mismo pasa con cierto cine que evita la obviedad.

Si solo eso nos interesa, es fácil saber de qué tratan las mejores películas de Studio Ghibli, la ya legendaria casa de animación japonesa fundada por Hayao Miyazaki. La tumba de las luciérnagas aborda los horrores de la guerra; El viaje de Chihiro es quizás una alegoría sobre el fin de la infancia; La princesa Mononoke un alegato a favor de la naturaleza. La tortuga roja, primera entrega que Ghibli le comisiona a un director extranjero, es (supongo) una suerte de fábula sobre la vida y sus muchos puntos de inflexión –el hallazgo de la pareja indicada, el nacimiento del primer hijo, la vejez– narrada a través de un náufrago que no logra escapar de una isla desierta porque una misteriosa tortuga colorada se lo impide. ¿De dónde viene él? ¿Cómo explicar la eventual transformación que llevará a cabo el titular reptil? ¿Cómo leer los sueños que contrapuntean las peripecias diurnas? El cine de Ghibli cala más hondo cuando no intentamos exprimirlo; cuando nos deslizamos por su superficie, como Collins sugiere que hagamos con algunos poemas. Así es como nos conmueve, sin necesidad de desentrañar la secuencia, que Chihiro emprenda un largo viaje en tren junto a una criatura enmascarada. En el cine cursi la sensación es diametralmente opuesta: estamos tan conscientes de por qué lloramos que a menudo nos sentimos manipulados.

A pesar de que el protagonista jamás dice una palabra, y a pesar de que el director Michaël Dudok de Wit no explica los elementos fantásticos que están al centro de la historia, La tortuga roja engancha de principio a fin. No hace falta interpretarla para advertir, por ejemplo, su coherencia (que sea enigmática no significa que sea hermética o dispersa). Desde que el náufrago amanece en la playa y emprende una caminata a lo largo de la isla, Dudok de Wit establece sus dos preocupaciones centrales. La primera es la naturaleza y su relación con el ser humano. El mundo animal demuestra curiosidad por el hombre; desesperado, el náufrago busca señales de vida sin darse cuenta de que está rodeado de ellas (hasta que aprende a utilizar a las criaturas como fuente de sustento y vestimenta). Mientras tanto, el ciclo vital queda de manifiesto en los animalitos que vemos nacer y morir: renacuajos en estanques, focas inertes sobre la arena. No le hago justicia a La tortuga roja si esto da la impresión de que es una película plana. Aunque suave y paciente en su desarrollo, hay situaciones de riesgo cuya presencia recalca la precariedad de vivir.

Esta congruencia va más allá de inquietudes temáticas. Dudok de Wit no solo resiste la tentación del diálogo sino del close-up, optando por encuadres donde los personajes se mimetizan o parecen perderse en su entorno, ya sea un frondoso bosque de bambú, una noche platinada o el gris turbio de una tormenta en altamar. La isla en sí es una presencia temperamental e impredecible, por momentos acogedora y por otros salvaje. La magia de Ghibli está en darnos universos cuya fuerza audiovisual es suficiente para gozarlos o sufrirlos, sin necesidad de empaquetar una moraleja o filtrar ningún mensaje. Pixar ya quisiera.

Twitter: @dkrauze156

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