Opinión

La sinceridad del Diablo
y un urgente debate

   
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FEMSA

¿Qué es México? ¿Un país? ¿O un botín?

En Estados Unidos el dúo Trump-Sanders ha provocado que lo usual
–que una nación que tendrá comicios presidenciales debata el rumbo a seguir– se convierta en algo extraordinario, en una profunda y acalorada revisión sobre el estatus, la identidad y los deseos de esa sociedad que trascenderá la elección.

En México diversas crisis, varios escándalos y el desprestigio de los gobiernos obligan a plantear, aun antes de 2018, la urgencia de un debate similar, sobre lo que somos y lo que queremos ser.

Hoy somos una nación donde diversos grupos, de la más variada índole, se aprovechan de que no hay un árbitro respetado y respetable, y medran con la cosa pública. La semana pasada nos ilustró de varios modos lo anterior.

Nuestro país, ya se sabe, está a mero arriba en el medallero mundial de la obesidad. Los males derivados de ese problema, ya se sabe, amenazan la viabilidad del sistema de salud de México. Los datos están por doquier. Y la comprobación también.

Para lidiar con parte de ese problema, el gobierno aceptó (originalmente no fue su idea, pero quién le dice no a una multimillonaria entrada de dinero) imponer un gravamen a los refrescos. José Antonio Fernández Carvajal, presidente de FEMSA, embotelladora líder, declaró el miércoles pasado que el impuesto no funcionó para disuadir a los mexicanos de meterse calorías en forma de gaseosa.

“Hemos logrado demostrar que no fue la solución, la solución es distinta. Somos una pequeña parte del problema y debemos buscar soluciones”, dijo Fernández Carvajal, a quien apodan El Diablo.

Es una discusión abierta si las refresqueras son o no “una pequeña parte” de nuestro problema de obesidad. Pero lo realmente interesante de las declaraciones del refresquero mayor es lo que enseguida agregó ese día sobre el impuesto a las gaseosas: “Aprendimos que los precios de nuestros productos estaban demasiado bajos, porque ponen ese impuesto y al año que sigue la demanda aumenta 16 por ciento, estábamos muy mal, estamos dejando dinero en la mesa”. (http://eluni.mx/2bPB4Ym)

Aprendieron que podían sacarle más dinero a los mexicanos y no lo estaban haciendo. ¿Que estábamos hablando de obesidad? No, estábamos hablando del negocio. De México como negocio, no de la nación que quebrará por la obesidad.

Otro caso. Javier Duarte vino a la Ciudad de México la semana pasada y comió en el Arturo’s, un restaurante eminentemente político-empresarial. El diario Reforma lo abordó al salir de ese local de la calle Cuernavaca. “A todo dar”, respondió el gobernador (es un decir) cuando le preguntaron cómo se sentía.

La respuesta podría ser honesta (no se rían). Si el SAT dice con todas sus letras que te investiga, y horas después tú respondes con un desplante, si te placeas en la capital, es probable que digas la verdad: te sientes a todo dar, como se sentiría alguien que sabe que sus amigos –acusados de ser tu tapadera– te endosan en su testamento caros inmuebles, como se sentiría quien no desentona con la clase política que quiebra a sus estados mientras colaboradores y familiares viven una bonanza inmobiliaria.

¿Otro ejemplo? La CNTE, que al igual que las refresqueras, o que Javier Duarte, lo único que busca es la mayor ganancia para los suyos, importando poco las consecuencias sociales.

¿Qué somos, un país o un botín? Un gobierno con legitimidad podría marcar la diferencia entre ambas cosas. Un gobierno muy distinto al que tenemos. Pero sin un gran debate, no necesariamente en 2018 tendremos un gobierno distinto al actual. ¿Qué queremos?

Twitter: @SalCamarena

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