Opinión

La separación

  
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La intimidad

Pocas cosas hay tan dolorosas como separarse de alguien con quien se ha compartido la vida por un tiempo, más cuando este tiempo se convierte en media vida. Es como arrancarse una extremidad del cuerpo, como mutilarse una parte del corazón a sabiendas de que nunca volverá a crecer, de que la tristeza y la sensación de ausencia estarán ahí por siempre. La única forma de entender que alguien pueda tomar una decisión así —que implica de algún modo matar a la persona a la que se ha amado durante mucho tiempo, con la que se han construido mundos mutuos, llenos de sueños e ilusiones— es adentrarse por completo en la mente de aquel para quien su relación de pareja se ha convertido en una fuente de sufrimiento, insatisfacción y locura.

Esto es precisamente lo que hace el británico Hanif Kureishi en Intimidad, que no es otra cosa sino el relato de una separación. Jay, el narrador, es un escritor y guionista de cine con la vida aparentemente resuelta: tiene una carrera exitosa, una esposa guapa, cariñosa, inteligente y trabajadora, dos hijos pequeños a los que adora y una casa acogedora y bien puesta en donde escribe todos los días. Pero no se siente bien. Desde hace tiempo ha pensado en dejar a su familia, y se considera ya listo para hacerlo, para poner en una maleta unas cuantas cosas y huir, así, sin avisar, a la casa de su amigo Víctor, también separado, donde sabe que habrá de pasar muchas incomodidades. No es una decisión fácil, desde luego. Implica dejar a sus hijos, abandonar su hogar, apartarse de su mujer. Pero Jay no puede más. Después de darle vueltas y vueltas a las cosas, no le encuentra sentido a su vida, no logra sentirse pleno a pesar de estar rodeado de sus seres queridos. Así que decide ponerle fin a esa situación. Y se marcha.

Impresionante es la forma en la que Kureishi logra retratar en pocas páginas el drama mental de una persona enfrentada a una encrucijada que, por un lado, lo mueve a conservar lo que tiene, ese mundo único construido con el otro a base de tanto amor y esfuerzo, y, por el otro, lo incita a transitar por una senda desconocida e incierta, producto de sus propias fantasías, que le promete una vida más plena, placentera e interesante. Su mente se mueve constantemente de un polo a otro, atravesada por la culpa, el miedo, el amor y el deseo —idealizados y encarnados a la vez—, circulando por sus venas, como si se tratase de potencias que se han apoderado por completo de su cabeza y de su cuerpo, y que al tirar hacia direcciones opuestas, terminan por desgarrarlo.

Es a ese desgarre lento, angustiante y mortal al que Jay intenta poner fin con su partida. Su lucha interna lo ha consumido tanto que sólo le queda la fuerza para salir de casa, sin poder siquiera mirar a la cara a su mujer y a sus hijos, y mucho menos explicarles su situación. Debe hacerlo, porque quedarse significa seguir muriendo. Aunque duela, aunque genere una tristeza tremenda en él y en los demás. Y es que si hay algo que admirarle a Jay —más allá de si uno pueda compartir o no las fantasías que lo llevan a tomar su decisión o la forma que le otorga a su proceso— es que está siendo completamente honesto consigo mismo. Se hace cargo de su malestar y de su deseo, en lugar de seguir dejando que el tiempo corra y arrastre consigo su vida, una vida infeliz e insatisfecha para él y para su familia. Es difícil saber si conseguirá lo que busca, porque ni siquiera sabe bien qué es, pero al menos logra reunir lo necesario para moverse de un lugar en el que a todas luces no se encuentra bien desde hace tiempo. Y eso es algo que no se logra fácilmente.

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