Opinión

La salvaje otredad de los animales

   
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Hagen y yo

En las caricaturas gringas, los leones cantan, los venados lloran y los pingüinos surfean. En el cine hollywoodense las mascotas arquean las cejas, caminan en dos patas y se comportan como si César Millán las hubiera entrenado. Hagen y yo, película húngara dirigida por Kornél Mundruczó, tiene la virtud de devolverle animalidad al animal. Aunque su tramposa traducción pretenda despistarnos, aquí no hay nada similar a Marley y yo. Los perros de White God (Dios Blanco: su título original) orinan, muerden, desconocen, ladran y gruñen. Sufren como animales, no como personas.

Cuando su mamá se va a trabajar tres meses a Australia, Lili (Zsófia Psotta) se ve obligada a mudarse con su papá (Sándor Zsótér), un adusto inspector de mataderos que naturalmente ve al animal como mercancía. Lili viene acompañada de Hagen, una mascota que no tolera separarse de ella. El gobierno húngaro ha emitido un decreto que obligaría a Lili a pagar un impuesto por su perro mestizo, pero su padre se niega a obedecer y Hagen termina, inevitablemente, en la calle. A partir de ese momento, la trama de Mundruczó se bifurca: seguimos a Lili mientras va en busca de su perrito y, en la mitad más interesante de la cinta, vemos el intento de Hagen por sobrevivir en las calles de Budapest, donde poco a poco se convierte en un animal salvaje, corrompido por el maltrato de tipos siniestros. Hacia el último tercio, Mundruczó se toma la libertad de dar características antropomórficas al perro. Olvídense de Babe el puerquito valiente y el granjero Hoggett. En manos del hombre, Hagen se convierte en un asesino que trama, ataca de forma sistemática, y cobra venganza como sólo el ser humano sabe hacerlo.

Hagen y yo tiene mucho en común con Rise of the Planet of the Apes, dirigida por Rupert Wyatt y estrenada en el 2011, otra película que aborda nuestra relación con el mundo animal, así como nuestra capacidad para lastimar a quien no pretende hacernos daño (hasta que lo hacemos cambiar de conducta). El retrato del lado salvaje de Caesar –el mono hiperinteligente que más adelante será el líder de la rebelión– es tan honesto como el de Hagen. Ambas películas se atreven a asumir el punto de vista de estas criaturas tan distintas a nosotros. Mundruczó abandona el tripié y pone la cámara a la altura del perro (de sus ojos, más bien), forzándonos a ver el mundo como él, ya sea entrando a un cuadrilátero ensangrentado o una mugrosa perrera. La decisión funciona aunque a veces se antoje una cámara menos hiperactiva: Hagen y yo brilla cuando no sacude el encuadre, dejándonos absorber cada toma, como en la secuencia inicial (un prodigio de composición y montaje).

Hay otros tropiezos. El peor es un romance que culmina en el típico tugurio de mala muerte, un cliché de las películas sobre la pérdida de la inocencia o la degradación moral, como hemos visto en Shame, Abre los ojos o la ridícula Black Swan, donde los antros son el segundo círculo del infierno.

También hay cabos sueltos: hacia el final, por ejemplo, Lili puede deducir el destino de su perro a partir de un par de datos inconexos. Pero son detalles menores. La leamos como una parábola sobre las rebeliones de los oprimidos o un comentario sobre el vínculo (o el insondable abismo) entre el hombre y el reino animal, Hagen y yo es una película con los colmillos de fuera. Perro que ladra sí muerde.

Twitter: @dkrauze156