Opinión

La ruta de la seda

 
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Xi Jinping. (Reuters)

Hace ya cuatro años que Xi Jinping anunció una iniciativa para construir una moderna 'ruta de la seda'. Como usted recuerda, con ese nombre se designaba a un conjunto de caminos que conectaban China con Europa, que han existido en diversos momentos de la historia. Los hubo en los tiempos de los dos grandes imperios (el Romano y el Han), y existieron bajo el control musulmán (a partir del siglo VIII) y mongol (especialmente entre el XIII y el XIV). La expansión europea, a partir del siglo XVI, hizo más fácil el comercio marítimo entre ambos extremos del continente, y además se dificultó mucho mantener las rutas sin la existencia de imperios fuertes en su trayecto.

En el siglo XIX, el 'gran juego' fue la disputa entre los imperios ruso y británico por el control de Asia Central, ya que, en ambos extremos, la ruta tenía imperios decadentes: el Otomano en occidente, el Ching en oriente. Aunque el Reino Unido logró controlar los mares del mundo hacia la tercera parte del siglo, permitiendo con ello la primera gran globalización, no tuvo el mismo éxito en la ruta de la seda. En el siglo XX, Estados Unidos heredó la hegemonía marítima, pero la terrena siguió en manos de Rusia, entonces llamada Unión Soviética, que ya no sólo controlaba indirectamente Asia Central, sino que había ya tomado posesión de los territorios.

Con el derrumbe de la Unión Soviética, el espacio quedó nuevamente en disputa, especialmente en la parte sur de las rutas: Afganistán, Irán, Siria y Turquía. Veinte años después, Rusia intenta reconstruir el imperio (aunque sin dinero), mientras que un nuevo competidor, con muchos recursos, ha decidido participar. Se imaginará que ese nuevo actor es China, que también tiene ahora una visión imperial bajo Xi.

Ayer domingo, China relanzó la iniciativa, aprovechando el evento One Belt, One Road, al que asistieron una gran cantidad de mandatarios (incluyendo al presidente de Argentina y a la presidenta de Chile, por ejemplo). Xi comprometió 124 mil millones de dólares de su parte, que no es una cifra grande, considerando el tamaño del proyecto, pero que sin duda es una señal que nadie más ha ofrecido. India no asistió, haciendo énfasis en la preocupación que le causa la voluntad expansionista china. Estados Unidos, que no hacía mucho caso de la región hasta la revolución iraní (1979) y sobre todo después de las Torres Gemelas (2001), no sólo no ha intervenido, sino que ha abandonado paulatinamente los diques que contenían a China.

Por un lado, el gran esfuerzo diplomático y económico que representaba el TPP fue tirado a la basura por el incompetente que ocupa la Oficina Oval. Es una desgracia que eso haya ocurrido, porque el anterior presidente, que tampoco era muy bueno para el tema internacional, había reducido toda su estrategia a ese acuerdo. Es decir, había permitido el crecimiento de China en la disputa por el control del mar, suponiendo que el TPP alcanzaría para mantener a China limitado. Ahora el gran país asiático tiene el control del mar del Sur de China, propone la iniciativa para controlar el centro del territorio euroasiático y, además, no tiene oposición diplomática en forma.

Como comentamos hace varios meses, el mayor riesgo que corría Estados Unidos con Donald Trump era perder su posición hegemónica internacional. Tanto Putin en Rusia como Xi en China lo han entendido perfectamente, y han actuado en consecuencia. El primero lleva 17 años en el poder, y seguirá ahí mientras viva. El segundo apenas está en su quinto año, pero todo indica que será difícil que se vaya. Estados Unidos no ha necesitado líderes eternos, porque sus instituciones cumplen esa función: permanecer. O eso creíamos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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