Opinión

La región que no regresará

    
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frontera

“Gerónimo cruzó la frontera por primera vez en 1969 junto con sus amigos Leobardo y Germán (…) Entonces se fueron de aventón a San Antonio, la ciudad más católica de Texas, mucho más poblada y a tan sólo dos horas de distancia. Empezaron a vender llaveros en el downtown. Semanas después se toparon con un grupo de sordos texanos a los que no les agradaba la idea de tener competencia de vendedores mexicanos. Los texanos les hicieron la vida imposible retándolos a golpes y amedrentándolos, hasta que lograron que la migra los deportara.

“Entre ese momento y 1971, los detuvieron y deportaron unas cuantas veces, sin que puedan precisarse con detalle las fechas exactas debido al paso del tiempo y los recuerdos encontrados de los tres. Tampoco hay un registro oficial en el que se pueda consultar esta información. Aunque en el primer cuarto del siglo XXI pueda parecer increíble, en aquel tiempo era común que un mexicano fuera y viniera al otro lado sin tanto problema. No se hablaba de instalar muros ni de rancheros armados para vigilar las rutas de los migrantes en busca de trabajo ni de hacer visas láser. La frontera entre México y Estados Unidos era un vasto y movedizo territorio de personas”.

Este es un fragmento de la más reciente novela de Diego Enrique Osorno, Un vaquero cruza la frontera en silencio, que cuenta la historia de su tío, Gerónimo González Garza, un sordomudo capaz de moldear la voz de una frontera a través del silencio. La novela es maravillosa por el retrato de una región, por sus rituales lejanos y por el perfil de un mexicano que añora sus inicios por encima de la adversidad; él quiere regresar a como dé lugar.

Y rescato esos dos párrafos porque, aunque nos parece lejano que en dos generaciones se haya construido el odio y la separación, hubo un tiempo en donde la tolvanera era la única pared que dividía a Estados Unidos y México. La frontera se diluía en sueños y pesadillas, la suerte era mucho más importante que la visa.

Con cinco décadas de diferencia, el muro no se ha construido físicamente, pero se ha fincado en la mente de muchas personas. Hoy, los migrantes mexicanos tienen una presencia que no debe reducirse a números, sino a la semilla de una cultura que implantaron en otro país.

Cincuenta años después, no sólo hay acceso restringido a personas, sino también a herramientas de trabajo. Esta semana se anunció una nueva medida para aquellos mexicanos que pretenden visitar Estados Unidos. De acuerdo con las disposiciones anunciadas tardíamente por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), los viajeros, antes de abordar, deberán cumplir un requisito: “para los vuelos directos hacia Estados Unidos desde México, las líneas aéreas aplicarán medidas extraordinarias de seguridad, que tienen que ver con la revisión de aparatos electrónicos portátiles más grandes que un teléfono celular o smartphone”, anunciaban los medios de comunicación. La paranoia se extiende más allá de lo humano.

Estas medidas que hoy pretenden poner una barrera más no han sido sólo para México. Hace unos meses, menos de dos después de que Donald Trump asumiera la presidencia, comenzaron a aplicarse para países del Medio Oriente y el norte de África, de los que Estados Unidos teme ataque su seguridad nacional. (Al menos esa ha sido una de las razones argumentadas para imponer la restricción).

Europa pretendía ser su siguiente objetivo, pero la medida se paralizó momentáneamente. Después volteó a México… y a Colombia y España, que junto a nuestro país entran en la lista negra de naciones de los que los estadounidenses –o uno en particular– cree que deben cuidarse.

A 50 años de distancia de esa migración casi idílica, México ha construido parte de la historia del país que ahora teme hasta de una computadora que pueda llevar en un avión. El 13 por ciento de la población norteamericana es migrante, sólo 25% está en una situación ilegal, pero las restricciones y los prejuicios que se siembran en la gente son parejos.

Qué lejos estamos de aquel vasto y movedizo territorio de personas. Nos costó cinco décadas construir la desconfianza y aquella región no regresará.

Twitter: @jrisco

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