Opinión

La reforma

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil supo, un poco por azar y otro poco por imprudencia, que se iniciaba el periodo extraordinario de sesiones durante el cual se votará el paquete de leyes secundarias en materia energética. La lectora y el lector dirán: no somos nada, este señor Gamés interesado en un periodo de sesiones, quién lo diría. No es cualquier cosa, si Gil ha entendido bien, en este momento se vota un paquete de leyes como no se había votado nunca en México.

El PRD exigió que se retire el cerco policíaco de la Cámara de Diputados. Gran ocurrencia del perredismo, de gran profundidad política y gran sentido de la oportunidad. Es más: que se abran las puertas de San Lázaro y se les hagan llegar invitaciones impresas a algunos grupos anarcos, a las huestes de Morena, a los Panchosvillas. Ya adentro de San Lázaro que se les provea de unas bombas caseras y todos a sus puestos.

Alejandro Sánchez Camacho, secretario general del PRD, le exigió a González Morfín, presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados, el retiro inmediato del cerco policíaco: “lo único que demuestran es que tienen temor de la opinión del pueblo, además se viola la Constitución en sus preceptos de libertad de expresión y libertad de tránsito”. No se lo tomen a mal a Gamés, pero con la capacidad conceptual de estos políticos no vamos ni a la esquina. Es que… de veras.

Reformas

De no suceder algo gordo e imprevisto, una vez votadas las leyes secundarias del paquete energético, el gobierno de Peña Nieto habrá reformado en el papel la estructura del país. Afirman los que saben que desde el sexenio de Lázaro Cárdenas no se zarandeaba de esta forma la paz de los sepulcros nacionales (Gil ya escribe como periodista de El Heraldo de los años sesenta). Gamés escucha el murmullo: gacetillero neoliberal, infame al servicio de la mafia en el poder que nos robo la presidencia, reaccionario, hirsuto. Será el sereno, pero desde el primer día del gobierno de Peña, Gilga escuchó la orden de trabajo y así ha ocurrido. Lo que viene será un lío mayor, pero esa es otra historia.

Ahora mal: ¿será capaz el gobierno de Peña de vencerse a sí mismo? Tres enemigos: orgía de corrupción, trapacería electoral y gasto exorbitante para mantener posiciones. Se llama soberbia política. Permitan a Gil este melodramatismo: ninguna victoria lo es de verdad si no trae consigo el sello de la modestia. Malas noticias: difícilmente el priismo podrá vencerse, es como si se pudiera cambiar el ADN. Si la arisca no era burra, o como se diga.

Sindicato

La composición política de las reformas requerirá más operadores que las reformas mismas. Gil ha visto en Carlos Romero Deschamps a uno de los más nefastos sindicalistas; fiestones con dinero público, aviones con dinero público, ropa, joyas, casas, departamentos con dinero público. Anjá. ¿La reforma energética incluye la locura corrupta de su sindicato?

Ricardo Aldana, diputado del PRI, y de la bancada petrolera, ha dicho que cualquier cambio en el contrato colectivo de trabajo violentaría la Constitución y las leyes de gravedad, y el ciclo de la rotación y la traslación, y lo que usted quiera y mande. Poner en orden ese sindicato será más difícil que la reforma misma. ¿Y qué tal si se llamara a cuentas a Romero y a Aldana? Que pasen por aquí senador y diputado, adelante, y zaz: presos. Quizá la reforma adquiriría una credibilidad notable. ¿Si o no? ¿O nomás se puede reformar el modelo de papel, con sus dineros y su macroeconomía? Y mientras van y vienen los inversionistas, Romero Deschamps se compra un avión. Muy bonito.

La máxima de Mark Twain espetó dentro del ático de las frases célebres: “Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas”.

Gil s’en va.