Opinión

La Reforma Energética fracasó, ¿y ahora?

    
1
       

        

Marcha por gasolinazo. (Cuartoscuro)

Para los indolentes y profesos de la nómina gubernamental, el incremento al precio de las gasolinas y el diésel es un gasolinazo más, sin embargo, es mucho más que eso, por diversos factores: el volumen del incremento; el enardecimiento social existente y lo que generará; sus impactos negativos en la economía, como lo es el aumento de la inflación; la disminución de la competitividad y el efecto acumulativo, ya que se suma a otras afectaciones al bolsillo de los mexicanos, como la devaluación del peso. El daño es mayor y de largo plazo, que significará un cambio sustantivo en la vida pública mexicana.

El impacto es más ofensivo, ya que no obedece a ninguna racionalidad económica, dado que el precio del galón de gasolina a nivel internacional se ha reducido en los últimos años. Tampoco es competitivo a nivel internacional; de acuerdo con Global Petrol Prices, el precio de la gasolina en México es más alto que en países como Líbano, Túnez, Panamá, Afganistán y Paquistán, que no son productores de petróleo.

Todos estos efectos son síntomas de una enfermedad mayor: la Reforma Energética fracasó. La evidencia es irrebatible y está a la vista: Petróleos Mexicanos (Pemex) es una empresa, en términos prácticos, “quebrada”; no ha mejorado la competitividad ni del país ni de la empresa; se han declarado vacías las licitaciones; no se ha capitalizado la industria, la han endeudado más; los intereses políticos en Pemex siguen intactos; las micro, pequeñas y medianas empresas relacionadas con este sector han sido devastadas; el robo de combustibles sigue en incremento. A ello se suman los impactos catastróficos en regiones como Salamanca, Ciudad del Carmen y Poza Rica, por mencionar algunas.

La Reforma se mostró tal cual es: la entrega de los recursos a las empresas internacionales, pero ni para eso sirvió; se ha limitado al negocio de la importación de gasolina, que hoy representa más del 50%, y la extracción, en condiciones favorables a los capitales, no a los mexicanos.

¿Dónde están las refinerías, dónde están las inversiones? Nada, no hay nada, la Reforma es hoy sólo el vil y suculento negocio de importación de gasolinas.

La realidad es que se abandonó la infraestructura para la refinación de gasolina, no se le dio mantenimiento, no se amplió o reconfiguró la existente y no se construyeron nuevas refinerías. Más allá de eso está el escándalo y el ridículo como lo es que se hayan gastado 620 millones de dólares para construir una refinería y sólo se haya construido un muro para cercar las 700 hectáreas donde se instalaría, nos referimos al complejo petroquímico anunciado en 2009, que se desarrollaría en Atitalaquia, Hidalgo.

La Reforma ha sido una impostura, y a confesión de parte, relevo de pruebas. En enero de 2015, Peña afirmaba que “no habría incrementos mensuales a los precios de la gasolina, diésel y gas LP”. Impostura que hoy no se sostiene.

Frente a esta realidad, el discurso oficial ha sido que el precio de las gasolinas bajaría una vez que se regularice el mercado, lo cual es altamente improbable, ya que difícilmente el precio de la gasolina descenderá 20%, además de que es recaudatorio. Se ha sostenido que se incrementará la competencia, lo cual es falso; la verdad es que la gasolina se le comprará a un mismo distribuidor: Pemex. Habría que reflexionar si existen condiciones para una libre competencia, cuando ni siquiera podemos hablar de garantizar un estado de derecho o de cómo se evitará la corrupción en este mercado. También se ha señalado que el incremento responde a un fin “ecológico”, porque no existen alternativas verdes competitivas. Los argumentos son absurdos, no hay un solo elemento que permita suponer que los beneficios serán mayores al daño ocasionado.

No hay pretextos, todos los elementos que dan forma a la crisis de la Reforma Energética fueron anunciados e ignorados desde su debate; las premisas sobre las cuales se aprobó eran falsas y erróneas, hoy se demuestra.

Vivimos el final de México como país petrolero, por lo menos para los ciudadanos de a pie.

El gasolinazo y el fracaso de la Reforma Energética son un duro golpe para el establishment. Alterará el ánimo social y el balance en el poder, en un momento de fragilidad del Estado mexicano y desprestigio de las instituciones. Frente a esto, un gobierno indolente, que esconde sus errores con una careta de optimismo absurdo, sin dirección, confundido, agobiado por la cortesanía y su incapacidad para entender el momento y el mundo, más preocupado por los pretextos que por reconocer la realidad y proponer una ruta.

Entendamos que ya estamos en la crisis, que la Reforma no funcionó y no existen elementos racionales que supongan que las cosas mejorarán. ¿En qué torcido concepto de progreso se puede decir que la reforma funciona para los mexicanos?

Necesitamos reabrir el debate sobre el futuro energético de México. Si el contexto internacional cambió, y no hay señales de que regrese a las condiciones iniciales de cuando se propusieron las reformas, lo único sensato es ver hacia adelante y construir un diseño funcional de política energética, basado en los intereses de los mexicanos.

El optimismo y la esperanza se basan en los hechos, en un camino, una ruta para salir de esta triste circunstancia, no en los errores, las mentiras y las imposturas. Sí pensemos en la globalización, pero primero pensemos en México y en los mexicanos.


*Senador del PRD

Opine usted: politica@ elfinanciero.com.mx