Opinión

La productividad
que nos falta

El valor que cada persona es capaz de generar, es decir, el PIB per cápita, es uno de los indicadores más útiles para medir el ritmo de crecimiento de un país.

No es suficiente, pues no nos dice nada en torno a la desigualdad que en un momento dado prevalece, pero sí nos revela algo más que el mero crecimiento de la economía.

Si vemos la historia económica de México en las últimas ocho décadas, desde esta perspectiva, se obtienen algunos resultados muy interesantes.

En la década de los 30, en el siglo pasado, cuando el país realizaba una construcción institucional (por cierto, análoga a la que en estos años está ocurriendo) hubo un crecimiento bajo de este indicador, que sólo avanzó a un promedio de 1.17 por ciento por año.

Esto quiere decir que al final del sexenio de Lázaro Cárdenas, el PIB per cápita apenas era superior en 12.3 por ciento al de una década atrás.

En la década de los 40, con el proceso de industrialización y urbanización, empezó una aceleración de esta variable, que en esos años alcanzó un ritmo anual de 3.0 por ciento, lo que implicó un robusto crecimiento de 34.4 por ciento en la década.

Durante los 50, ya comenzando la era del desarrollo estabilizador, el PIB creció más rápido, pero la población lo hizo más y alcanzó una tasa de 3.1 por ciento anual. Como resultado de ello, el ritmo del PIB per cápita se frenó ligeramente y su promedio quedó en 2.7 por ciento.

Sin embargo, en la década de los 60 otra vez el crecimiento se aceleró y la tasa llegó a 3.28 por ciento. En los 70, con todo y la era de inestabilidad económica que entonces se inició, el ritmo del PIB per cápita logró su máximo histórico al llegar a una media de 3.39 por ciento al año.

De esta manera, la capacidad de generación de valor de la población en México, entre 1940 y 1980, creció en 237 por ciento, un ritmo anual promedio de 3.0 por ciento.

Es decir, quienes hoy estamos entre los 52 y los 74 años alcanzamos nuestra mayoría de edad en un país que crecía de manera acelerada.

Pero para los más jóvenes, la suerte fue otra. En la década de los 80 del siglo pasado, el crecimiento del PIB per cápita fue negativo por primera vez en mucho tiempo y bajó a un ritmo anual medio de 0.09 por ciento. En los 90 empezó a reponerse un poco y alcanzó la tasa de 1.37 por ciento. Pero de nuevo, en la primera década de este siglo, descendió fuertemente y apenas alcanzó 0.29 por ciento anual en promedio.

Es decir, en los 30 años que antecedieron a 2010, el crecimiento del PIB per cápita fue de 15.7 por ciento en términos reales, por lo que tuvo una tasa media anual de 0.5 por ciento, es decir, hubo un virtual estancamiento.

Las últimas generaciones nacieron en una economía en donde la capacidad de generación de valor por persona ya casi no crecía.

Con el ritmo de aumento poblacional que hay ahora, si la economía creciera por una década a una tasa media de 4.0 por ciento, el PIB per cápita alcanzaría un ritmo de 2.8 por ciento, cercano al que se tuvo en el desarrollo estabilizador y que a la mayoría de los mexicanos ya no les tocó vivir.

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