Opinión

La primavera del toro

  
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(Especial)

Llega la primavera y la fiesta de toros comienza un nuevo ciclo. El toro en el campo ha cumplido los cuatro años y espera con tranquilidad la oportunidad de dar sentido a su esencia en una plaza. Llega la primavera y la fiesta de toros comienza un nuevo ciclo. El toro en el campo ha cumplido los cuatro años y espera con tranquilidad la oportunidad de dar sentido a su esencia en una plaza. La paz y grandiosidad del campo bravo, los eternos silencios en los que el toro se cría, los atardeceres que van madurando la bravura, dan ese instinto que el toro siente dentro de su poderoso y glamuroso cuerpo, instinto que se cocina hora tras hora, día tras día.

Los jugueteos que de becerros tienen los animales entre sí van cambiando; la tensa calma de los toros adultos compartiendo praderas es delatante de que el tiempo ha llegado, y el orgullo de su raza, su hierro y su divisa serán puestos a prueba en alguna plaza ante un torero que busca la gloria y que trae una historia que contar.

Dos historias que se encuentran de frente, en el círculo de la vida y de la muerte, sin principio ni fin. El poder del toro, la fuerza bruta de un cuerpo estético, musculoso e intimidante, se topa por primera vez con la seducción de un capote y una muleta, presentados por un hombre vestido de seda y oro, dispuesto a morir, a derramar su sangre en una liturgia para muchos sagrada.

El toro encuentra por primera vez al torero; el capote comienza la erótica fascinación del toreo. Dos pasiones buscando un mismo ritmo, fuerzas encontradas, voluntades distintas, ataque y defensa que buscan el clímax del arte. La bravura bien entendida permite al toro contener todo su poder al ritmo casi imposible de un capote y una muleta; permite el sometimiento voluntario a los toques y velocidades del torero, la entrega total, el amor al toreo. Se da el milagro del arte efímero y eterno, la vibración generada por dos voluntades que se funden para crear magia, emoción, dolor y sentimiento.

En nuestro país, ferias tan importantes como Texcoco y Aguascalientes se desarrollan bajo el sol primaveral; los días duran más y la esperanza del sueño cumplido deja la nostalgia invernal para transformarse en ilusión llena de luz y calor.

En España el epicentro del toreo es Sevilla, que no puede iniciar de otra forma que no sea el Domingo de Resurrección, quizá la fecha con mayor categoría en todo el calendario taurino. De nazareno y oro, con olor a naranjos y azahares, la pasión de Cristo junto a su triunfo en la resurrección y la celebración de un pueblo que expresa con saetas llenas de dolor su alegría por vivir.

Como eje central de estas celebraciones: el toro. Esta raza única que muchos intentan extinguir en una despiadada cruzada llena de ignorancia se mantiene señorial en el campo, aguardando su hora, pastando en paz con la arrogancia de quien se sabe tocado por la mano de Dios; con la disposición a morir con orgullo y valentía, con honor.

Estos tres últimos valores son los que quizá más confunden a la plaga de atacantes que tiene la tauromaquia. Valores que no ejercen y que no entienden. Cualidades bajo las cuales la sociedad debería volver a regirse, como la educación, el respeto a las ideas ajenas, a los mayores, etc.

Hoy la sociedad está hundida en falsas vidas. Las personas son unas en realidad, y son otras —quienes quisieran ser— en redes sociales. La confusión ha provocado un caos social, una falsa moral que tiene a la humanidad hundida en una de sus peores crisis, la del desprecio por el prójimo.

La tauromaquia, por el contrario, se sigue rigiendo por los valores básicos: honor, respeto y verdad, para entender y aceptar que en este mundo la vida y muerte son realidades.

La sencillez con la que el toro bravo convive en el campo con sus semejantes y con cientos de especies distintas en las reservas ecológicas, que son las ganaderías, es el ejemplo perfecto.

Twitter: @rafaelcue

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