Opinión

¡La patria es dinero!

Doña Bertha, con su sabio analfabetismo, evaluaba, con prístina agudeza y precisión el discurso, pero sobre todo, el desempeño de sus gobernantes. Adivinaba la sinceridad y la falacia. Observadora y protagonista de las necesidades sociales y de las propias, era consciente de sus responsabilidades ciudadanas, tenía como principio cubrir, espontánea y puntualmente, sus contribuciones, sabedora que sin ellas, el gobierno carecería de los medios elementales para procurar el bienestar de la comunidad.

Huérfana a los cinco años, “víctima colateral” de la cristiada, esposa a los catorce, madre temprana, viuda a los treinta y cuatro, progenitora, guía y azote de diez nuevos hacedores de la patria, fue siempre ejemplar ciudadana hasta su fallecimiento. Jamás estuvo ausente el peso puntual cada semana (plata de alta calidad) para el desayuno que el INPI, a diario proporcionaba en la escuela pública a cada uno de sus hijos con costo de veinte valedores centavos, ni el generoso agradecimiento a Don Adolfo por tan humanitaria gestión.

Sin más elementos que la realidad objetiva, sentida en carne propia, con permanente confianza, acudía, en los tiempos pertinentes, responsable y participativa, a la urna electoral, para que no le ganara otro su cívica decisión, para impedir el arribo de los malos, que echarían por tierra el destino social manifiesto en los postulados de la revolución, ciertos y vívidos en su convencida realidad cotidiana, mostraba y expresaba confianza en el gobierno.

No mediaba en su conciencia otra cosa que el bienestar, aún mínimo pero patente de su familia, no le convencían de torpeza discursos elocuentes ni comentarios eruditos en los diarios, ni análisis profundos de renombrados expertos. No la engañaba ni seducía la propaganda, la foto memorable del amoroso candidato besando a una venerable anciana o acariciando al infante desvalido, ni las elocuentes promesas de artificiales paraísos. Se basaba en los hechos y nada más. Su ciencia era exacta ante lo evidente. Bienestar o miseria. Desayuno o ayuno. Lo que se siente y se palpa. Bocas alimentadas o hambrientas. Trabajo o desempleo. Dinero para comer o la deuda perpetua en la tienda de la esquina.

Lógica elemental, sin contaminación interpretativa, sin acepciones, sin juicios de valor. Lo bueno o lo malo, lo deseable o lo indeseable, valores o antivalores, éxito o fracaso, virtud o vicio. Sensación del bien y el mal en su más natural acepción, resumidos en la muy académica enseñanza de la vida percibida por la inteligencia innata de una analfabeta como hay millones y que muy difícilmente pueden aceptar incuestionables los argumentos en que se sustentan hoy en día las trascendentes e históricas decisiones del momento.

Las funestas experiencias mueven a la sociedad, analfabeta o educada, hacia la desconfianza, alimentan el escepticismo, y la sospecha de un nuevo engaño. Las discusiones técnicas en los círculos del poder suenan huecas y alejadas de la comprensión cabal del común ciudadano que, a fin de cuentas, habrá de seguir siendo víctima o beneficiario (siempre en futuro) de las decisiones de nobles o ambiciosos directores, según sea el caso.

La antigua confianza que la sociedad mexicana depositaba en sus dirigentes se va extinguiendo, se torna añoranza, quimera. El pragmatismo decisorio de las cúpulas políticas y económicas llevado al extremo no repara en medios, persigue fines, asfixia la inocencia ciudadana, destruye símbolos, trastoca valores y omite principios, los juzga prescindibles y en todo caso, subordinables al interés real de cada equipo. El discurso nacionalista resulta cursi, chauvinista y demodé.

A fin de cuentas y dolorosamente, para las tradicionalmente impunes élites mexicanas, “la patria es dinero”.